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Biografía de Lord Acton

"La libertad es la prevención del control por otros. Esto requiere auto-control y, por lo tanto, influencias religiosas y espirituales; educación, conocimiento, bienestar." --Lord Acton

John Emerich Edward Dalberg Acton -Primer Barón Acton de Aldenham- nació en Nápoles, Italia, el 10 de enero de 1834. Su padre, Sir Richard Acton, erea descendiente de una familia inglesa de sólida reputación, y su madre, la Condesa Marie Louise de Dalberg, provenía de una familia de Rhenish, que era considerada la segunda en status, después de la familia imperial alemana. Tres años después de que su padre muriera, su madre se casó con Lord George Leveson (luego conocido como Conde Granville, Canciller de William Gladstone), y se mudó con la familia a Gran Bretaña. Con su educación y origen cosmopolita, Acton se sentía cómodo tanto en Inglaterra como en el Continente, y creció hablando inglés, alemán, francés e italiano.

Impedido de estudiar en la Universidad de Cambridge por ser católico, John Acton estudió en la Universidad de Munich con el famoso historiador eclesiástico Ignaz von Döllinger. A través de las enseñanzas de Döllinger, Acton aprendió a considerarse a sí mismo como un historiador. Siendo joven cultivó una gran afición por políticos como Edmund Burke, perteneciente al partido de los Whig, pero pronto se convirtió en liberal. El tiempo que pasó con Döllinger también le permitió ampliar su aprecio y conocimiento de las teologías católica y reformada. A través de sus estudios y de su propia experiencia, Acton tomó aguda conciencia del peligro que cualquier persecución, política o religiosa, trae consigo para la conciencia individual.

A través de la influencia de su padrastro, Acton se dedicó a la política electoral y entró en la Cámara de los Comunes en 1859, como miembro del distrito electoral irlandés de Carlow. En 1869, Gladstone premió a Acton por sus esfuerzos en favor de las causas políticas liberales ofreciéndole el título de Lord.

Anteriormente Acton había adquirido el periódico Rambler, convirtiéndolo en un periódico católico liberal dedicado a la discusión de asuntos e ideas sociales, políticas y teológicas. A través de esta actividad y a través de su participación en el primer Concilio Vaticano, Lord Acton fue reconocido como uno de los más fervientes defensores de la libertad religiosa y política. Él sostenía que la Iglesia cumple fielmente su misión alentando la búsqueda de la verdad científica, histórica y filosófica y promoviendo la libertad individual en el mundo de la política.

Durante las décadas de 1870 y 1880 se vió continuar el desarrollo del pensamiento de Lord Acton acerca de la relación entre la historia, la religión y la libertad. Durante ese período Acton comenzó a delinear una historia universal que documentara el progreso de la relación entre la virtud religiosa y la libertad personal. Acton se refería a su trabajo como una "teodicea", una defensa de la bondad de Dios y de su provindencial cuidado del mundo.

En 1895 Lord Acton fue elegido Profesor Regio de Historia Moderna en la Universidad de Cambridge. Desde este puesto profundizó su visión de que la búsqueda de la verdad por parte de los historiadores conlleva la obligación de emitir juicios morales sobre la historia, aún cuando esos juicios desafíen la propia opinión. A pesar de que nunca concluyó su anticipada historia universal, Lord Acton delineó la Historia Moderna de Cambridge y dio conferencias sobre la Revolución Francesa, Historia Occidental desde el Renacimiento, y la historia de la libertad desde la Antigüedad hasta el siglo XIX.

Cuando murió en 1902, Lord Acton fue considerado una de las personas más sabias de su época, inigualado por la amplitud, profundidad y humanidad de su conocimiento. Se ha hecho famoso para las generaciones futuras por su observación -resultado de muchos años de estudio y experiencia personal- de que "el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe completamente".

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Cronología de la vida de Acton

1834

Acton nace en Nápoles.

1837

Muerte de su padre, Sir Richard Acton.

1840

Su madre se casa con Lord Leveson Gower, más tarde segundo Barón Granville.

1843-48

Acton alojado en Oscott bajo Wiseman.

1850 Viaje a Munich a estudiar con Ignaz von Döllinger.
1853 Viaje a los Estados Unidos.
1857 Viaje a Roma con Döllinger.
1858-62 Co-propietario y colaborador del periódico católico liberal Rambler.
1859-65 Miembro del Parlamento representando a Carlow.
1862 "Nacionalidad" y "La teoría protestante de la persecución".
1864 Encíclica de Pío IX Quanta Cura y Compendio de errores.
1864-68 Acton investiga exhaustivamente en archivos.
1865 Acton se casa con la Condesa Marie von Arco-Valley.
1865 Manning es nombrado Arzobispo de Westminster.
1865-66 Miembro del Parlamento representando a Bridgnorth (GH, 93).
1869 "La Masacre de San Bartolomé".
1869 Nombrado Barón Acton por Gladstone.
1869-70 El Concilio Vaticano.
1874-75 Gladstone publica tres artículos contra el Vaticano.
1874 Acton responde en cuatro cartas al periódico The Times.
1875 Acton teme la excomunión. Es perdonado.
1876 Gladstone lanza una cruzada contra las atrocidades búlgaras.
1877 "La Libertad en la Antigüedad" y "La Libertad en la Cristiandad".
1879-80 Campaña Midlothian de Gladstone.
1880-85 Asesor del segundo gobierno de Gladstone y defensor del auto-gobierno de los irlandeses.
1889 Revisión de American Commonwealth de James Bryce.
1892-95 Recibe el título de Lord in Waiting al servicio de la reina Victoria.
1895 Es nombrado Profesor Regio de Historia Moderna en Cambridge. Dicta conferencias sobre historia moderna y sobre la Revolución Francesa. Editor de la Historia Moderna de Cambridge.
1902 Muere en Tegernsee.
1904 Se publica la correspondencia entre Acton y Mary Gladstone.
1906 El Cardenal Gasquet edita la correspondencia entre Acton y Simpson.
1931 "Interpretación de la Historia según los Whig" de Herbert Butterfield.
1952 Gertrude Himmelfarb escribe "Lord Acton". Primer biografía completa.

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El Legado de una Educación

Introducción
Stephen J. Tonsor

Lord Acton fue contemporáneo de Kim, de Rudyard Kipling. Kipling había nacido en la India en 1865, Lord Acton en Nápoles en 1834. De todos modos, Kipling y Kim compartieron la segunda mitad del siglo diecinueve con Acton, por más improbable que eso parezca.

Las dos educaciones no podrían haber sido más distintas. Kim es una novela en la tradición de lo que los alemanes llaman la Bildungsroman, la educación de un héroe. La educación de Acton como la describe James C. Holland -el más importante estudioso estadounidense de Acton- en su conferencia "El legado de una educación", tenía tan poco de eso que se prestaría a los colores, las aventuras y los entusiasmos de una novela.

¿Hubo dos educaciones más distintas, en el mundo de habla inglesa del siglo diecinueve, que las de Kimball O'Hara y John Emerich Edward Dalberg Acton? La educación de Kim tuvo lugar, en su mayor parte, fuera de las escuelas: en Lahore, Lucknow, la autopista Grand Trunk, los bazares, la "te-rain," y en Saint Xaviers in partibus. A pesar de que Kim era, con mucho esfuerzo, católico de nombre, le podría haber enseñado al amigo de Acton, el Barón von Hügel, un par de cosas sobre la religión relativa.

Y aún, a pesar de estas diferencias, el objeto y las consecuencias de ambas educaciones era la libertad dentro de los límites de la vida moral. Para Kim -como para Kipling- la ley era omnipresente, ya fuera "la ley de la manada" o la ley más elevada tal como la preveía el Lama. Acton fue envuelto y ahogado por la ley moral como si uno fuera estrujado y metido en una armadura dos talles más chica. La moral de Acton era menos del Nuevo Testamento que lo que la de George Eliot era de Kant. Nadie nunca dijo de Acton que fuera un santo, a pesar de que era considerado, por consenso general y por admiración, un "buen" hombre. Pero la bondad está tan lejos de la santidad como la inteligencia lo está de la genialidad. Puede ser que Acton estuviera menos calificado que Kipling para hablar de la religión. La experiencia de Acton de lo Sagrado provenía de una relación con clérigos, con los sistemas de los teólogos y con las "evidencias" de la historia -ninguno de ellos necesariamente recomendados como caminos hacia la santidad. John Henry Newman, el conocido de Acton, cuya moral -según Acton- era defectuosa, era el más cercano de los dos a la santidad. La diferencia radica, quizás, en la falta de pasión en la vida y en la educación de Acton, una pasión que estaba presente tanto en la vida de Kimball O'Hara como en la de John Henry Newman.

Acton podría haber sido el padre de Kipling, pero incluso en el rápidamente cambiante siglo diecinueve, la educación no cambió tanto. No fue sino hasta el final de ese siglo que, después de mucho debate, se abrió el curriculum en Oxford y Cambridge. Más importante aún, la educación dependía, en el mejor de los casos, -igual que ahora- de una correcta elección de los maestros. Tal como lo afirma el profesor Holland, Acton fue muy afortunado en encontrar a los maestros de Munich, y ¿qué hubiera sido de Kim sin Mahbub Ali, el coronel Creighton, el Lama, Lurgan Sahib y Hurre Chundeer Mookerjee? El mundo puede haber cambiado desde entonces hasta nuestros días, pero sigue siendo verdad que no puede haber una educación genuina sin maestros generosos y dedicados.

El profesor Holland descuida un aspecto importante de la educación tanto de Acton como de la de Kim: las conversaciones. El habla es uno de los aspectos más importantes de la educación. Afilar nuestra mente con la mente de otro que representa la piedra de afilar es el camino más seguro hacia la excelencia intelectual. No tenemos un registro de las conversaciones de Acton, pero podemos adivinar su calidad a través de sus cartas. Seguramente no había otras más sociales e intelectuales que las del joven Johnny Acton, quien conocía a la mitad de la aristocracia europea y a muchos de los mejores intelectos del siglo diecinueve. De modo similar, Kim es la más grande novela de diálogos de la era edwardiana. En la novela de Kipling experimentamos directamente la importancia de la conversación en el desarrollo de la vida y los pensamientos, la acción y la experiencia.

La descripción que hace el profesor Holland, concisa y convincente, de la educación de Lord Acton es invalorable para nuestra comprensión de Acton y de su siglo. Tiene, además, un doble sentido para nosotros porque demuestra tanto la formación de una mente como los medios efectivos con que fue formada esa mente. Esos medios siguen siendo la base para una educación moral para la libertad en nuestro tiempo.

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El Legado de una Educación
James C. Holland

¿Cómo explicar el continuo interés en Lord Acton? Después de todo, él estuvo alejado de la cultura popular en su época: era un aristócrata (el único hijo de la Condesa de Dalberg), un intelectual, un profesor y un católico cuyos pensamientos a menudo molestaron a las autoridades de la Iglesia. Excepto las raras ocasiones de sus coletazos de brillantez en el medio social, él no era muy prominente en la mente popular. No, no es debido a su actuación pública que Acton vive en nuestra memoria, es más bien debido a sus ideas que su nombre sigue siendo honrado. Cada año, el nombre de Acton aparece cientos de veces en libros, panfletos, artículos y en charlas eruditas y no tan eruditas. La verdad es que debemos mirar a su educación muy excepcional para responder a la pregunta, porque fue su educación lo que lo dejó con un notable conjunto de creencias, fascinantes y provocativas para la posteridad.

Hubo media docena de influencias claras y formativas en la educación de Acton: (1) una gran familiaridad con el liderazgo y el funcionamiento del mundo eclesial; (2) una pasión por la historia, los libros y los manuscritos; (3) una exposición, detrás de la escena, a los cambios revolucionarios en las artes de los historiadores que se estaban produciendo en las universidades alemanas; (4) acceso personal a una vasta colección de archivos, recientemente habilitados, en el continente; (5) entrenamiento en una filosofía de la historia que lo llevó a su preocupación durante toda su vida por la historia de la libertad; y finalmente (6) la adopción de una devota fe cristiana no dogmática. Mi propósito aquí es sostener que estos elementos en la formación intelectual de Acton modelaron la expansión de su intelecto que, a cambio, estableció su lugar en la historia.

El primer rasgo distintivo en la educación de Acton, algo que siguió siendo una constante durante sus años de formación, fue una gran familiaridad con el mundo clerical. Su tío fue obispo, y después cardenal. En 1842, a la edad de ocho años, pasó algunos meses como estudiante en Saint Nicholas de Chardonnet, cerca de París, bajo la dirección de Félix Dupanloup, más tarde obispo. Los próximos cinco años (1842-1847) los pasó en el Saint Mary's College, en Oscott, cerca de Birmingham, bajo la dirección de Nicholas Wiseman, más tarde obispo y pronto primer Cardenal Arzobispo de Westminster. Finalmente, después de dos años de estudios en Escocia (bajo la dirección de otro clérigo), fue a Munich a la edad de dieciséis años a pasar casi cinco años de estudios universitarios guiado por el célebre sacerdote e historiador Ignaz von Dölinger. Acton nunca fue intimidado o inhibido por las casullas, mitras, sombreros rojos o incluso la tiara.

Fue durante su estancia en Oscott que Acton descubrió su pasión por la historia. Wiseman había convertido el lugar en un centro de intercambio de información para los católicos ingleses, especialmente clérigos -en particular los convertidos del Movimiento Oxford. Años más tarde Acton reflexionaría sobre Wiseman y la atmósfera del lugar: "Acostumbrábamos a verlo con Lord Shrewsbury, con O'Connell, con el padre Mathew, con un Patriarca de la Mesopotamia, con Newman, con Pugin, y sentíamos que Oscott, después de Pekín, era el centro del mundo."1

Desde Oscott este niño de ocho años escribió exuberantes cartas a su madre: "Voy a escribir una especie de compendio de los hechos más importantes, en la historia, para mi consulta ocasional." 2 Había firmado una carta anterior "César, Agamenón, John Dalberg Acton."3 Pronto se quejaba de que necesita una habitación privada. "Cuando tenga una habitación estudiaré mucho Historia. Quiero tener varios libro de Historia." 4 De inmediato comenzó a escribir sobre una pasión emparentada: "Como pretendo tener una biblioteca perfecta en mi habitación, te pediré que me traigas de París algunos libros de literatura francesa. Me gustaría particularmente una buena edición de las Histoires des Croisades, y la Historia de Francia. Como me lo has prometido, ahora me gustaría mucho el Biographical Dictionary [Diccionario Biográfico]..." 5 Sus cartas se convirtieron en una verdadera letanía de agradecimientos por los volúmenes recibidos como regalo, abarcando temas del mundo clásico, Santo Tomás Moro y la Francia contemporánea. Esta modesta compilación de libros en Oscott sería el núcleo de su vasta y magnífica biblioteca personal de setenta mil volúmenes, que se conserva como una colección especial en la bilbioteca de la Universidad de Cambridge.

Después de cinco años de estudios rigurosos de las lenguas clásicas, literatura, historia y religión, Johnny Acton estaba deseoso de mudarse de un lugar donde, según él, "se acusa demasiado a los recuerdos." También, el padrastro de Acton, Lord Granville, un eminente Whig que se había ganado el título de lord en 1846, estaba descontento con las limitaciones de Oscott. 6 Äl creía que el muchacho necesitaba mejorar en latín, griego, inglés, matemáticas e historia antes de presentarse en uno de los Colleges de Cambridge, donde habían estudiado el padre y el tío de Acton. Granville hizo los arreglos para que estudiara dos años bajo tutela privada en Edimburgo, en la casa y bajo la dirección del Dr. Henry John Charles Logan, un clérigo y ex vicepresidente de Oscott. Johnny Acton llamó a estos años su "exilio polar" pasados en "un pueblo que estaba construido para estudiar": el viento frío y los días cortos ofrecían muy pocas distracciones de las conversaciones, los libros y el lugar al lado de la chimenea.

Herbert Butterfield observa que Acton dejó Escocia como "un corriente escolar Whig...rebosante de petulancia y con una pincelada de ïMacaulayismo'." 7 De hecho se habían publicado por entonces dos de los cinco volúmenes de la Historia de Inglaterra (History of England) de Macaulay çy Acton admitía haberlos leído cuatro veces! 8 Sin duda este comienzo de educación política -allí también descubrió a Burke- complació a su padrastro Whig. Olvídense por un momento de los defectos en la teoría Whig de la historia; sólo recuerden la sobredimensionada historia de la libertad triunfando sobre la tiranía en la Inglaterra del siglo diecisiete, instituciones aristocráticas representativas frustrando los mejores esfuerzos de los reyes Estuardo de concentrar el poder. El simple drama de este cuento exitó la mente precoz de Johnny Acton, y permaneció con él mucho después de que hubiera descartado la exageración de los Whig.

En el mismo momento que Acton se presentó como candidato a tres "colleges" de Cambridge -otoño de 1850- había una agitación nacional por la restauración formal de la jeraquía católica, que había sido suprimida desde la Reforma. El rechazo por los tres "colleges" no fue, de hecho, algo personal, sino la consecuencia de un resugimiento del anticatolicismo cultural. Mirando retrospectivamente, este rechazo probó ser la mayor bendición de su vida. Forzada a buscar en otro sitio la educación de su hijo, Lady Granville se contactó con sus parientes en Munich, el Conde y la Condesa Arco-Valley, quienes eran amigos cercanos del famoso erudito Ignaz von Dölinger. De inmediato Dölinger aceptó dirigir los estudios universitarios de Acton y durante los siguientes cuatro años el estudiante y el "Profesor", como sería conocido desde entonces, se hicieron inseparables.

Estos fueron los años más felices en la vida de Acton, años de estudio y viajes, cuando cosas apasionantes estaban ocurriendo en las universidades alemanas, en las bibliotecas y archivos de Europa continental. A través de la influencia de sus dos profesores más importantes -Dölinger y Peter Ernst von Lasaulx- Acton formó el núcleo de su perspectiva intelectual que guió sus esfuerzos por el resto de su vida.

Fue en Munich donde encontró la paz emocional, tan desesperadamente ansiada, en el calor del hogar Arco-Valley, en su residencia de la ciudad, en su castillo cerca de Ried en la Alta Austria, y en su casa de campo en Tegernsee, donde el mismo Dölinger era un huésped frecuente. Acton desarrolló una relación inmediata, intensa y cariñosa con la condesa, a quien visitaba a menudo y con quien hacían largos paseos en carruaje por el campo. Ella se convirtió en su segunda madre, y escuchaba todas sus preocupaciones, llenando el vacío ocasionado por el casamiento de su madre natural con Lod Granville. Las grandes obligaciones de Lady Granville como una de las principales anfitrionas durante las temporadas inglesas sociales y políticas, le dejaba un tiempo muy inapropiado para ocuparse de su hijo. Quince años después, Johnny Acton se casó con su prima Marie, la hija de la condesa.

El mismo Dölinger era el heredero intelectual de una creciente instrucción católica en estudios históricos que comenzó con las reformas revolucionarias que Bonaparte impuso en las Alemanias. Después del Acta de Secularización de 1803, no hubo estados exclusivamente protestantes o católicos en el Sacro Imperio Romano. Como resultado, los estudiosos católicos y protestantes fueron forzados a desenvolverse por primera vez en ambas sociedades indistintamente, trabajando codo a codo en universidades, bibliotecas y archivos. La facultad de teología católica llegó a la universidad protestante de Tùbingen en 1817 procedente de Ellwagen. Äste fue un desarrollo de trascendental importancia para la vida intelectual en las Alemanias.

El terreno comenzó a cambiar en los círculos teológicos católicos. A través del trabajo de unos pocos teólogos eminentes, incluyendo a Johann Sebastian von Drey (1777-1853) y Johann Adam Möhler (1796-1838), el pensamiento católico alemán abrazó el concepto del desarrollo doctrinal sensible a la historia. La piedra de toque de la petición de Drey era la continuidad de la creencia dentro de un marco de definiciones teológicas perfeccionadas, mientras que Möhler alimentaba la idea de la Iglesia como Cristo viviendo en la historia. Ese concepto fue el logro principal de la escuela de TÙbingen. Möhler se mudó a la facultad de Munich en 1835 a través de los esfuerzos de Dölinger, y jugó un papel decisivo en que Dölinger se dedicara a los estudios históricos mientras se dedicaban a la teología. Esto fue fatal, como ha escrito Stephen Tonsor: "Fue la historia la que lo llevó a la idea del desarrollo de la doctrina cristiana y finalmente a una postura tildada de herética por sus oponentes." 9

Dölinger pronto se convirtió en el principal defensor de la nueva escuela de teología histórica, sosteniendo que los documentos históricos, objetivamente examinados y comprendidos, revelarían los engaños y las falsas ideas de muchos años y también explicaría el "desarrollo" de las doctrinas de la fe cristinas de los primeros tiempos. Él creía que un conocimiento de la interacción de la historia y la teología ofrecía el medio más seguro para sacar aquellos errores de larga tradición y para revindicar los reclamos esenciales del catolicismo histórico. Dölinger nunca dudó de la naturaleza providencial de la historia. Incluso, según él, la aparición del error en la historia, e incluso la aparición del mal, sólo servía para estimular un posterior "desarrollo" de la verdad doctrinal como corrección. Acton recordaba la atmósfera intelectual:

Como historiador, Dölinger consideraba a la cristiandad una fuerza más que una doctrina, y la exponía mientras se expandía y se convertía en el alma de la historia posterior. Fue la misión y ocupación de su vida descubrir y revelar cómo se cumplía esto, y comprender la historia de la Europa civilizada, religiosa y profana, mental y política, por medio de la ayuda de fuentes que, siendo originales y auténticas, daban paso a la certeza. 10

Acton asistió a las conferencias de Dölinger sobre la historia temprana de la Iglesia, la Edad Media, la Iglesia desde la Revolución Francesa y la filosofía de la religión. Significativamente, el Profesor también insistió en que Acton estudiara teología durante tres años completos.

Cuando Acton llegó a Munich, el Profesor estaba escribiendo su historia de la Iglesia, pero sus tres libros anteriores sobre la Reforma (1846-1848) y su biografía de Lutero (1850) ya reflejaban el nuevo espíritu. A pesar de que lamentaba la ruptura protestante con la continuidad y el desarrollo, Dölinger retrató a Lutero en términos heroicos, como una figura nacional alemana, algo nunca oído antes entre los estudiosos católicos.

Debe recordarse que tanto Dölinger como Acton estaban convencidos de que los nuevos métodos de estudio sustentarían al final las afirmaciones del catolicismo. Pero también creían que primero debía admitirse dolorosamente que las autoridades de la Iglesia, en el más alto nivel, habían obrado mal. A pesar de que las promesas del nuevo conocimiento eran excitantes y que los hombres que proponían este nuevo conocimiento eran muy estimados, la preocupación creció en sectores poderosos. Los líderes de la Iglesia temían que la revelación de algunos errores específicos engendrarían un amplio escándalo y mucha confusión entre las masas de fieles. Y el nuevo conocimiento, con sus demandas de un libre cuestionamiento intelectual, era percibido como una amenaza a los fundamentos mismos de la autoridad episcopal. Incluso más, el ambiente se exacerbó por el surgimiento de un nacionalismo italiano estridente e intensamente anticlerical que amenazó la existencia continua de los Estados Pontificios de once siglos de antigÙedad. Comprensiblemente, muchos líderes eclesiásticos no veían en los nuevos conocimientos más que otra amenaza en un mundo rápidamente secularizado.

Entre los que más influyeron en Acton en Munich, después de Dölinger estaba el profesor Peter Ernst Lasaulx, con quien estudió historia y literatura griega, estética, historia del arte y filosofía de la historia. Ya que fue Lasaulx quien introdujo a Acton en la historia de las ideas. Lasaulx veía a la historia como un relato continuo, un fluir continuo, y creía que la religión impulsó el núcleo del avance humano a través del surgimiento y la caída de las civilizaciones. Lo expresaba así:

Toda historia en su análisis final es la historia de la religión; así la cristiandad como religión universal del mundo ha absorbido todas las religiones nacionales anteriores, en tanto que contenían la verdad. Hay escasamente una verdad expresada en la cristiandad, que de acuerdo a su sustancia, no pudo ser encontrada en la era pre cristiana. 11

De nuevo vemos la focalización en la historia y el proceso histórico como la clave para comprender tanto el desarrollo histórico como las afirmaciones de la autoridad en la religión. Temerosa de las implicaciones de su trabajo, Roma colocó casi todos los escritos filosóficos de Lasaulx en el Index de Libros Prohibidos, incluso su Philosophie der Geschichte de 1856, de la que Acton escribió más tarde, "desde Schlegel, no ha aparecido un trabajo más brillante en el mismo campo." 12 Cuando Lasaulx murió en 1861 Acton compró casi la totalidad de su extensa biblioteca, valorando especialmente aquellos libro con anotaciones de su antiguo profesor.

Un tercer historiador que influyó significativamnete en el entrenamiento de Acton en Historia fue Leopold Ranke, quien estaba a la vanguardia de aquellos estudiosos que se habían beneficiado con la apertura de las colecciones de archivos. Äl creía que el acceso a los archivos y una severa metodología científica hizo posible evocar el pasado con precisión y certeza. A pesar de que Dölinger había realizado esfuerzos infructuosos por llevar a Ranke a Munich desde la Universidad de Berlín, fue él quien tenía pensamientos ambivalentes con respecto a la "escuela científica," porque veía en la secularización el peligro de un caballo de Troya. Acton, por otra parte, que cayó bajo la influencia de Ranke al final de su educación en Munich, abrazó el régimen "científico" con el fervor de un converso. 13

Éste fue el zeitgeist distintivo de la educación de Acton, y se sumergió completamente en ese mundo y con unas energías estupendas. Äl apreciaba que no hubiera nada comparable fuera del mundo de habla alemana. Más aún, a pesar de que no estaba bajo una educación formal, durante tres años después de 1854, Acton pasó largas temporadas con el Profesor, tanto en Munich como viajando y visitando archivos y estudiosos de renombre, profundizando su conocimiento y expandiendo su entusiasmo por el nuevo conocimiento.

Vayamos ahora a la pregunta: ¿Cómo dio forma la educación de Acton a sus pensamientos maduros? ¿Qué impronta dejó en los trabajos de su vida? Para este propósito, consideraremos cuatro ejemplos: (1) sus logros en periodismo, (2) su relación con las autoridades de la Iglesia, (3) su amistad con William Ewart Gladstone y (4) sus conclusiones de que los historiadores, al escribir la historia, deben ejercitar el juicio moral al corregir los crímenes de la historia.

Acton comenzó su carrera periodística tan pronto como regresó a Inglaterra a principios de 1858. Lleno del tesoro de los nuevos conocimientos, estaba ansioso por regresar a su país para elevar el nivel intelectual de sus co-religionarios. Para este fin adquirió el control de un modesto periódico católico, el Rambler, explicándole al profesor:

Me dará una posición y una influencia entre los católicos que espero utilizar bien ... También pensé que era una oportunidad de hacer un gran bien con los conocimientos personales que tuve la suerte de adquirir en el extranjero ... que sería un medio primordial para hacer valer mis estudios alemanes. 14

Desde febrero de 1858 hasta abril de 1864 Acton se convirtió en el propietario, administrador y escritor de dos periódicos sucesivos, el Rambler hasta mayo de 1862, y después el Home and Foreign Review hasta abril de 1864. Acompañados por otros, incluso John Henry Newman, Acton y su compañero literario, Richard Simpson, un converso de sacerdocio anglicano que, al contrario de Acton, tenía un maravilloso sentido del humor, se lanzaron a investigar y a estimular una gran cantidad de temas, que iban desde la educación y la literatura hasta la historia y la teología. Al mismo tiempo insistían en el libre cuestionamiento intelectual como el camino más seguro para llegar a la verdad, sin importar el tema.

Pronto surgieron los problemas desde dos sectores. En una época de una animosidad sectorial muy estrecha, las autoridades eclesiásticas no tomaron a bien las posiciones abiertas a las que recientemente habían llegado los laicos; el grupo del Rambler pronto se convirtió en persona non grata en los centros católicos de poder entre Londres y Roma. Más descorazonante fue la respuesta de la gran masa del laicado, que no parecía comprender el mensaje, y en la hora oscura de una controversia particular Acton le aconsejó a Simpson:

Me parece absurdo tomar la línea prudente, teniendo en cuanta mi mal disimulado enojo con cada método no científico en el tratamiento de temas literarios, políticos y eclesiales, pero he aprendido por experiencia la inutilidad de hablar a la gente en un tono que no comprenden, y de suponer un conocimiento que no existe. 15

Después de seis años llenos de conflictos, de malos entendidos, de una creciente tensión entre los periódicos y las autoridades de la iglesia, y enfrentando una inminente censura por parte de esas autoridades, Acton decidió abandonar el esfuerzo. Tanto su corazón como su mente se pusieron al descubierto al despedirse de sus lectores:

No fue sino la encarnación parcial y temporaria de una idea imperecedera -el tenue reflejo de una luz que sigue viviendo y ardiendo en los corazones de los silenciosos pensadores de la Iglesia. 16

Le quedó al astuto ecéptico protestante, Matthew Arnold, reconocer el logro profundo del círculo de Acton cuando escribió acerca del Home and Foreign "quizás en ningún otro órgano de crítica en este país hubo tanto conocimiento, tanto juego mental." 17 La génesis de ese conocimiento y de ese "juego mental," su tono preciso y su sustancia, se pueden rastrear hasta Munich.

Tanto el Rambler como el Home and Foreign Review a menudo estaban en oposición con las autoridades eclesiásticas en temas relativos a educación, historia, teología y el principio del libre cuestionamiento intelectual. Pero por lejos, lo que mejor ilustra las relaciones de Acton con la autoridad eclesial es su papel prominente en el Concilio Vaticano de 1869-1870, mejor recordado por su definición de la doctrina de la infalibilidad papal. Acton -y Dölinger con él- se oponían mucho a esa doctrina sobre bases históricas que aún deben ser refutadas. A través de sus estudios y de la influencia personal ellos trabajaron arduamente para prevenir que los obispos aprobaran el dogma. Armados con sus vastos conocimientos y su acceso a aquellos en posiciones importantes, tanto académicas como políticas, los dos hombres apoyaron con todo el peso de sus influencias a los obispos que se oponían a la doctrina.

Acton, recién elevado a la categoría de Lord por los esfuerzos de su amigo Gladstone, fue a Roma para ayudar los esfuerzos de los 140 prelados de la minoría, como se los llamaba. Ästa es una historia extraordinaria de la que poco se conoce hoy. Un joven laico de treinta y cinco años organizó a los obispos, los proveyó de argumentos históricos contra la definición, les levantó la moral y los alentó una y otra vez, e incluso en ocasiones los reprendió por haber cedido en sus convicciones. Mientras tanto desarrolló una correspondencia epistolar agresiva con altas autoridades políticas en Austria, Francia, Italia, Prusia y, por sobre todo, Inglaterra, en un esfuerzo por provocar la intervención de los gobiernos para evitar la promulgación del dogma. Pero todo terminó en nada cuando casi la totalidad de la oposición se derrumbó hacia el final del Concilio, y los gobiernos no intervinieron. A pesar de que fue más afortunado que el Profesor, que fue finalmente excomulgado, fue un golpe muy duro para Acton, revelándole la inutilidad de sus esperanzas de llevar la reforma intelectual a la Iglesia. Pero ésa es otra historia que está más allá de nuestro propósito aquí. Odo Russell, el observador británico en Roma, en su carta a Lord Clarendon, el Ministro de Exterior británico (Foreign Secretary), escribió lo siguiente sobre el papel de Acton en el Vaticano I:

Los fuertes lazos que ahora unen a los más importantes pensadores teológicos de Inglaterra, Francia, Alemania, Hungría y Austria se deben a las influencias personales, al profundo conocimiento, al gran talento y a las elevadas virtudes de Lord Acton. Sin su intervención personal, los obispos de la oposición apenas si se hubieran conocido entre ellos. Sin sus conocimientos sobre idiomas y teología, los teólogos de las diversas naciones representadas en el Concilio no se hubieran entendido; sin sus talentos como líder no podrían haber permanecido unidos entre ellos, y sin sus altas virtudes no podrían haber aceptado y seguido la guía de un laico mucho más joven que cualquiera de los Padres del Concilio. 18

Si Russell hubiera conocido mejor a Acton, podría haber agregado que fueron las enseñanzas alemanas las que permitieron que Acton tuviera ese desempeño en el Concilio.

La relación Acton-Gladston comenzó en 1861 cuando Gladstone leyó el artículo de Acton sobre las causas de la Gran Guerra Civil norteamericana. Gladstone se conmovió con lo que leyó, expresando su aprecio a Acton en una carta, quien era veinticinco años menor que él. Lo que siguió, durante treinta y siete años, fue uno de los más grandes compañerismos intelectuales de la era victoriana. Gladstone, el más reflexivo y duradero de los políticos, y Acton, el principal estudioso de la historia de las ideas, se encontraron en el terreno común de la curiosidad insaciable.

Acton era ahora el mentor, recibiendo inteminables preguntas del hombre más poderoso de la vida pública británica. Su diálogo viajó por el universo de la antigüedad, la literatura, la historia, la filosofía, la política, la teología y mucho más. De tiempo en tiempo Acton le enviaría cajas con libros de su enorme biblioteca o lo proveería de listas exhaustivas de autoridades a quien consultar. En ocasiones Gladstone tenía que excusarse de realizar sus tareas para poder dedicarse a conducir los asuntos de gobierno de Su Majestad. Pero nunca se cansó de expresar su gran gratitud por recibir los beneficios de los conocimientos asombrosos y aparentemente inextinguibles de Acton. Owen Chadwick resume la relación entre ellos de esta manera: "Ellos discutían todo. Para Gladstone, Acton era un sabio con los más altos ideales éticos en religión, en política o en la vida privada ..." Después, citando al niño preferido de Acton, Mamy, Chadwick sigue diciendo: "Gladstone le dijo una vez en la cara a Acton que confiaba en él ïmás completamente que en cualquier otro hombre'." 19. De todos los intereses que compartían y discutían, ninguno se parecía en magnitud al intercambio entre religión y política, que es precisamente donde Acton concentraría sus poderes.

La evaluación del compromiso de Acton hacia el juicio moral en la historia es más compleja. Desde sus días de estudiante en Oscott, nada lo atrajo tanto como el estudio de la historia. Se convirtió para él en el sendero esencial para la comprensión de la humanidad en todo su triunfo y tragedia. En Munich descubrió que la historia era una ciencia en la metodología, que si se la seguía adecuadamente podía revelar las verdades ocultas, seculares y divinas, de las eras. De a poco comenzó a apreciar que la amenaza universal al desarrollo de la verdad en la historia era la propensión corruptora del poder, de cualquier poder, de presentar de manera sesgada sus errores y de ocultar sus crímenes. En 1881 escribió a Mary, la hija de Gladstone:

Al ser rechazado de Cambridge, y ser forzado a universidades extranjeras, nunca tuve a nadie de mi edad, sino que pasé años buscando hombres lo suficientemente sabios como para resolver el problema que me acosaba, no tanto en política y religión, como a lo largo de la línea ondulante entre las dos. 20

Fue a lo largo de esa "línea ondulante" entre la religión y la política que Acton distinguió la historia de la libertad desarrollándose a lo largo del tiempo. Comprendió con una claridad absoluta que la libertad -ese "fruto delicado de una civilización madura"- no puede existir sin la restricción del poder, tanto en la iglesia como en el estado. Para él, el requisito supremo para la existencia de la libertad era la santidad de la conciencia individual.

El concepto de un "reino de la conciencia" emergente se convirtió en la pieza central del compromiso de Acton hacia el juicio moral en la historia. Aprendió de sus profesores de Munich y de otras personas que en la historia hay sentido y certeza. Su propia fe cristiana, poderosamene formada por sus años en Munich, era profunda, devota, e informada por la historia; lo sostuvo durante muchas crisis públicas y privadas de su vida. Dölinger había mostrado que la cristiandad es un cuerpo de pensamiento en el tiempo y el espacio, encarnado en una iglesia institucional cuyas enseñanzas y autoridad habían sido formadas por fuerzas históricas. Así la progresión del pensamiento de Acton era tan inevitable como incesante. La Revelación había sacado a la ambigüedad del campo moral; el crimen ya no podía refugiarse en la ignorancia; se sigue, por lo tanto, que todo comportamiento criminal debe ser llevado ante el juez que es la historia imparcial. Sólo así la tendencia incansable y corruptora del poder puede ser contenida y el reino de conciencia puede ser asegurado.

Acton llegó a la conclusión de que ningún individuo o institución puede ser eximido del escrutinio desapasionado del historiador, que nadie que ostente algún puesto puede ser santificado por el puesto que ostenta, y que a ningún ocultamiento o delito, sin importar lo sagrado de la causa a la que sirve, se le debe evitar la exposición y la censura. A pesar de haber reconocido que estaba aislado en su posición esencial, Acton nunca comprometió este mensaje. Lo forzó en su Conferencia Inaugural como Profesor Regio de Historia Moderna en Cambridge en junio de 1895:

Los historiadores de épocas pasadas, inasequibles para nosotros en su conocimiento y su talento, no pueden ser nuestro límite. Tenemos el poder para ser más rígidamente impersonales, desinteresados y justos que ellos; y para aprender de documentos genuinos no disfrazados y para mirar con remordimiento al pasado, y al futuro con una esperanza segura de cosas mejores; teniendo ésto en mente, es que si bajamos nuestros estándares en historia, no los podremos sostener en la Iglesia o el Estado. 21

Pero su posición fue expresada más elocuentemente en noviembre de ese año cuando dió una conferencia, en la privacidad de sus habitaciones en la Nevile's Court en Trinity, al Cambridge Eranus, una sociedad selecta de no más de doce personas. El profesor Lord Acton recordó su pródiga labor de años anteriores en bibliotecas y archivos, y habló de justicia y esperanza, y de los escritos de la historia:

No hay otro modo de forzar la aprobación o de aplastar el interés y el prejuicio.

Renunciar a los dolores y las penalidades de la investigación exhaustiva es permanecer víctima de escritores mal informados y maquinadores, de las autoridades que han trabajado por muchos años en construir la vasta tradición de la falsedad convencional.

Al ir del libro al manuscrito y de la biblioteca al archivo, cambiamos la duda por certeza, y nos convertimos en nuestros propios amos. Exploramos un nuevo cielo y una nueva tierra, y a cada paso que avanzamos, el mundo se mueve con nosotros. 22

Al final fue su visión esperanzada en la ascendencia de la verdad en la historia -una visión enraizada en su refinada educación- lo que aseguró el lugar de Acton en el panteón de los grandes intelectos.


Notas:

1. Acton, citado en The Life and Times of Cardinal Wiseman, por Wilfrid Ward, 2 tomos. (Londres, 1897) 1:348-349.

2. Acton a Lady Leveson, viernes sin fecha, citado en Selections from tne Correspondence of the First Lord Acton, editado por John Neville Figgis y Reginald Vere Laurence (Londres, 1917), 2.

3. Acton a Lady Leveson, 15 de febrero de 1844, ibid.

4. Acton a Lady Leveson, sin fecha, citado en "The Education of Lord Acton" por James C. Holland, disertación doctoral sin publicar (Catholic University of America, 1968), 26.

5. Acton a Lady Leveson, sin fecha, ibid., 26.

6. Granville pensó que estaba educando a un futuro líder político de la clase dirigente Whig, y estaba preocupado por que la educación de Acton lo preparara correctamente para esa finalidad. Él forzó la ida a Edimburgo, lo que se convirtió en una nueva complicación en su ya tirante relación. En su próxima biografía de Acton, Roland Hill sostiene persuasivamente que sus recurrentes combates contra la soledad provienen del segundo matrimonio de su madre, una unión que Hill cree despojó a Acton de la contención emocional que tanto ansió y raras veces recibió.

7. Herbert Buttefield, "Acton: His Training, Methods and Intellectual System," en A. O. Sarkissian (editor), Studies in Diplomatic History and Historiography (Londres, 1961), 170.

8. Acton a Lady Granville, 21 de mayo [1848], CUL add. 8121 (7)/494.

9. Stephen J. Tonsor, "Lord Acton on dölinger's Historical Theology," Journal of the History of Ideas, XX, No. 3 (junio-septiembre 1959), 331.

10. Acton, "Dölinger's Historical Work," English Historical Review, 5 (1890), reimpreso en Selected Writings of Lord Acton, 3 tomos, editado por J. Rufus Fears (Indianapolis, 1985-1988), II, 419.

11. Citado en Friedrich Engel-Janosi, "The Historical Thought of Ernst von Lasaulx," Theological Studies, XIV, No. 3 (septiembre 1953), 385.

12. Lord Acton, "Mr. Buckle's Philosophy of History," The Rambler (agosto 1858), reimpreso en Fears, op. cit., III, 449.

13. Butterfield, op. cit., 188.

14. Acton a Dölinger, 17 de febrero de 1858, en Ignaz von Dölinger, Briefwechsel mit Lord Acton 1850-1890, 3 tomos. Editado por Victor Conzemius (Munich, 1963-1971), I, 128.

15. Acton a Simpson, 5 de febrero de 1859, The Correspondence of Lord Acton and Richard Simpson, editado por Josef L. Altholz, Damian McElrath y James C. Holland. 3 tomos (Cambridge, 1971-1975), II, 42.

16. Acton, "Conflicts with Rome," The Home and Foreign Review (abril 1864), reimpreso en Fears, op. cit., III, 259.

17. Matthew Arnold, "The Function of Criticism at the Present Time," Essay in Criticism (Londres, 1928), 20, citado en Josef Altholz, The Liberal Catholic Movement in England (Londres, 1962). 206.

18. Russel al Conde de Clarendon, 18 de junio de 1870, Noel Blakiston (editor), The Roman Question. Extracts from the Despatche of Odo Russell from Rome 1858-1870 (Londres, 1962), 446.

19. Owen Chadwick, Acton and Gladstone. The Creighton Lecture in History 1975 (Londres, 1976), 29; Acton a Mamy, 23 de mayo de 1898, CUL Add MS, Acton, Box 22.

20. Acton a Mary Gladstone, 3 de junio de 1881, en Herbert Paul (editor), Letters of Lord Acton to Mary, Daughter of the Right Hon. W. E. Gladstone (Londres, 1904), 104.

21. "The Study of History," reimpreso en Fears, op. cit., II, 552.

22. "Notes on Archival Researches 1864-1868," editado por James C. Holland, en Damian McElrath, James C. Holland, W. Ward White y Sue Katzman, Lord Acton. The Decisive Decade: 1864-1974 (Louvain, 1970), 139-140.

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La Historia de la Libertad

- Introducción

- La Historia de la Libertad en la Antigüedad

- La Historia de la Libertad en la Cristiandad

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Lord Acton sobre los Historiadores

Introducción
Gregory M.A. Gronbacher

Mientras nos acercamos al centenario de la muerte de Lord Acton, está claro que continúa atrayendo a lectores ansiosos de obtener la sabiduría que se piensa que imparte el conocimiento histórico. En ésto Acton nos recuerda a Tocqueville y a Burckhard entre los grandes historiadores del siglo pasado, más que a Macaulay y a Nichelet. Su máxima "el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente" -muy posiblemente la más famosa frase escrita por un historiador- es un símbolo de lo que muchos buscan encontrar en el trabajo de Acton.

Pero hay otra fuente de la fascinación perdurable de Acton que le es más peculiar. En el ensayo que sigue, el distinguido historiador de Acton, Josef L. Altholz, de la Universidad de Minnesota, lo identifica cuando caracteriza a Acton como un "historiador y moralista," y como un moralista de características austeras y exigentes. Lo que seguramente ha ayudado a crear la figura de Acton como un héroe cultural es el hecho de que su fervor moral a menudo se volvió contra la Iglesia Católica, la que nunca abandonó a pesar de todas las dificultades en su relación con ella. Con una conciencia remarcable, el Dr. Altholz cuenta la historia del desarrollo de Acton como el tipo de historiador en que se convirtió en última instancia. Él narra cómo, primero bajo la guía de su mentor Ignaz von Dölinger en Munich, Acton aplicó los nuevos métodos principalmente de los historiógrafos alemanes para descubrir y exponer los delitos de su propia Iglesia. Hay que hacer notar que la erudición del Dr. Altholz sobre Lord Acton abarca treinta y cinco años y comienza con su insuperable estudio sobre la carrera de Acton en el periodismo católico inglés.

El Dr. Altholz hace hincapié en la consternación y el horror crecientes que sintió Acton mientras investigaba la participación de la Iglesia a lo largo de los siglos en crímenes atroces, incluyendo el asesinato de herejes, y aún peor, según Acton, en la elaboración de una teoría que justificara ese tipo de asesinatos. Evidentemente aquí estaba "el demonio tratando de pasar desapercibido detrás del Crucifijo." La aversión de Acton siguió profundizándose debido a su continuo amor y dedicación a la Iglesia Católica. No fue sólo que creyera que la Iglesia era la poseedora del magisterio y la guardiana de los sacramentos. Äl sostenía que históricamente había jugado un papel clave en la lucha épica a través de la cual la libertad había llegado al mundo moderno.

En sus importantes ensayos, "La historia de la libertad en la Antigüedad" y "La historia de la libertad en la cristiandad", Acton rastrea los orígenes de la libertad moderna hasta la advertencia de Jesús "Dad al César los que es del César y a Dios lo que es de Dios." Acton agregó "nuestro Señor no sólo dió el precepto sino que creó la fuerza para ejecutarlo"-la Iglesia Católica Romana, "la institución más enérgica y la asociación más universal del mundo." La Iglesia emergió como una fuerza compensatoria muy efectiva contra la expansión del poder del estado, comenzando más claramente y significativamente con la controversia de la investidura: "A ese conflicto de 400 años [entre la Iglesia y el gobierno temporal] le debemos el surgimiento de la libertad civil... Los pueblos de Italia y Alemania ganaron su franquicia, Francia obtuvo sus estados generales e Inglaterra su parlamento, de las fases cambiantes de la lucha; y mientras duró evitó el surgimiento del Derecho Divino."

En el análisis de Acton, la función de confrontación de una Iglesia Católica poderosa e internacional en la Edad Media fue crucial para prevenir el surgimiento de un Imperio pan-europeo; así la Iglesia ayudó muchísimo en producir una Europa radicalmente descentralizada dentro de la cual instituciones libres, ideas y valores pudieron desarrollarse. Esta es una interpretación que ha recibido un fuerte apoyo por parte del trabajo de estudiosos recientes, entre ellos Harold J. Berman y Brian Tierney. Para Acton el enredo de la Iglesia en la práctica y la teoría del asesinato fue una traición y no sólo a su origen divino y a su misión espiritual, sino también a su papel histórico-político.

El Dr. Altholz rastrea con gran cuidado los puntos de vista famosos -o notorios- de Acton sobre el deber del historiador de juzgar los crímenes de los grandes hombres de la historia. Äl asegura que "ésta fue la misión más noble que se haya asignado al historiador," agregando que "puede haber sido la más imposible." Ciertamente no es obvio que los estudiosos crecientemente profesionalizados que se han dedicado a la historia en las generaciones que siguieron hayan tenido una particular vocación para tratar con temas morales a cada paso. De todos modos puede haber un lugar para el moralismo actoniano, aunque no en los mismos términos en que fue originalmente presentado.

El Dr. Altholz hace notar que Acton era plenamente conciente que el Estado "se ha involucrado en persecuciones y asesinatos políticos con no menos vigor" que la Iglesia. En nuestro propio siglo, por supuesto, asesinatos en masa cometidos por estados poderosos han cubierto de sombra todo lo que haya hecho la Iglesia Católica o cualquier otra iglesia. En algunos casos los historiadores han estado admirablemente ansiosos por explorar y poner al descubierto estos crímenes. Pero en otros casos, el mismo poder que corrompe a su poseedor parece haber tenido una tendencia a seducir a los estudiosos que han escrito sobre ellos. Así, una conceptualización alternativa de la misión moral de los historiadores aparece como una posibilidad: evitar la tentación de disculpar a los grandes estadistas por esos crímenes y atenuar su culpabilidad, y en cambio descubrir activamente y exhibir esos actos criminales.

Esa tarea neo-actoniana ha sido recogida, por ejemplo, por Robert Conquest, en "The Great Terror" y otros de sus trabajos sobre el comunismo soviético. Se puede sugerir que la identificación del profesor Conquest como un historiador actoniano no depende de los juicios morales implícitos y explícitos que emite sobre los criminales soviéticos, que son el objeto de sus excelentes libros. Es, más bien, el mismo compromiso de examinar, con una erudición meticulosa durante años de esfuerzo dedicado, los crímenes de Lenin, Trotsky, Stalin y los otros -la firme resolución de que no se salgan con la suya- lo que señala al profesor Conquest como un investigador con el espíritu de Acton. Los historiadores cumplirán, tanto como les sea posible, con una vocación actoniana, en la medida en que se resistan a la tentación maquiavélica de justificar con la "razón de Estado" la esclavitud de los hombres, e intrépidamente persigan los delitos de los hombres de estado a través del laberinto de la evidencia histórica.

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Lord Acton sobre los Historiadores
Russell Kirk

Lord Acton es justamente recordado como el historiador de la libertad en el contexto de la religión y la conciencia, principalmente aplicado a la política y el pensamiento político. La visión política de Acton estuvo formada por su trabajo y experiencia como historiador, su descubrimiento de la necesidad de libertad intelectual en el historiador, lo que llevó a su gran preocupación por la libertad en todos los campos en los que se involucre la conciencia. Acton pensó mucho y escribió bastante sobre los derechos y las obligaciones de los historiadores. Esta monografía tratará sobre sus pensamientos sobre los historiadores. Digo "sobre los historiadores" y no "sobre la historia" deliberadamente: sostendré que Acton fue un moralista, y pensaba sobre su materia en términos de los deberes morales de aquellos que la estudiaban. Sus pensamientos sobre su profesión son importantes en el estudio de la religión y la libertad porque, para Acton, la libertad del pensamiento y los escritos históricos estaban fundados en principios religiosos, la obligación moral de la sinceridad, y de la santidad de la verdad.

En el Dictionary of National Biography (Diccionario Nacional de Biografía) donde cada ítem tiene un término que describe la ocupación o el área de ocupación del sujeto, Acton es definido como "historiador y moralista." Äste es el único lugar donde se conjugan esos términos. Y es exactamente cierto: incluso los aforismos que dan a Acton su significado actual en el pensamiento político son esencialmente moralistas en el contexto de la historia. Al redefinir esta entrada para el New Dictionary of National Biography (Nuevo Diccionario Nacional de Biografía), nuevamente describí a Acton como "historiador y moralista." Esta conjunción especial no puede ser más evidente que en su pensamiento sobre los historiadores.

Acton era típicamente victoriano en su devoción al ideal de la Verdad (que a menudo escribía con V mayúscula). Le enseñaría a sus hijos que la virtud más importante era decir la verdad. Acton también era típicamente victoriano en su falla al reconocer las dos cosas distintas que se funden en la palabra Verdad. Está la verdad objetiva, lo que es en verdad, y está la sinceridad, la condición moral, o el estado mental, que busca describir los hechos honestamente. Acton, el moralista, estaba principalemente preocupado con la calidad moral de la sinceridad. Äl suponía, quizás inocentemente, que si esto estaba ligado a los métodos de investigación apropiados llevaría a la verdad histórica. Äste era para él el atractivo de la disciplina Historia, que, cuando la descubrió a mediados del siglo diecinueve, había aprendido a descartar sus prejuicios y a trabajar objetivamente sobre fuentes válidas y originales de documentación histórica, por lo tanto convirtiéndose en una verdadera Wissenschaft, una palabra incorrectamente traducida por "ciencia." Así, resistirse a las conclusiones de la ciencia histórica era un pecado contra la verdad. Se requería que se permitiera a los historiadores buscar la verdad en beneficio de ella, operar libremente de acuerdo a sus propios métodos, independientes de autoridades externas y sin preocuparse por el efecto que pudieran causar sus trabajos. La verdadera búsqueda de la verdad requería una completa libertad de investigación. De modo que la moralidad guió hacia la libertad, primero en la historia.

El pensamiento de Acton sobre estos temas se formó a principios de la década de 1850 por su aprendizaje, en Munich, con Ignaz von Dölinger, el principal historiador católico en Alemania. Era una época emocionante para los estudiantes de la historia científica, una disciplina desarrollada en las universidades alemanas. Se había descubierto a la objetividad como una virtud tan necesaria como útil, liberando al historiador de las cadenas del partidismo y para mostrar, en frase de Ranke, el principal historiador, "lo que realmente pasó" (wie es eigentlich gewesen). El método crítico de examinar las fuentes produjo nuevas y sólidas interpretaciones de las autoridades históricas, y Ranke fue pionero en el estudio de fuentes básicas originales justo en el momento en que muchos de los archivos de Europa se abrían a los estudiosos. Acton se encontró siendo el compañero de estudios de Dölinger en esta nueva historia de archivos. Dölinger, educado en la más antigua escuela crítica participó en la libre competencia de estudiosos católicos y protestantes, tenía un motivo apologético detrás de su objetividad, buscando probar que los católicos podían ser tan sólidos y objetivos como los protestantes y así desmentir rumores contra su Iglesia. Pero la historia científica le ganó al historiador, y el historiador triunfó sobre el sacerdote: Dölinger, seguido por Acton, descubrió y expuso las fallas de su Iglesia. Hacia fines de la década de 1850 y a principios de la de 1860 Acton, como periodista católico en Inglaterra, y Dölinger, como historiador católico en Alemania, fueron criticados por una libertad y objetividad excesivas en sus críticas a la Iglesia. Así, el tema de la libertad intelectual se convirtió en personal para los dos hombres, en la forma de libertad de erudición histórica contra las autoridades de la Iglesia. Fue un ataque papal a la libertad de erudición reafirmado por Dölinger en 1863 lo que llevó a Acton a finalizar su carrera periodística en 1864. Así, su primera lucha por la libertad fue en el terreno religioso, una lucha por la libertad, dentro de la religión, de la conciencia docta contra la autoridad eclesial.

La primera libertad por la que Acton luchó fue por la libertad intelectual. Puede parecer raro que el historiador de la libertad política haya tenido que enfrentar a la Iglesia más que al Estado, pero al final del siglo diecinueve Acton no tuvo que defender la libertad intelectual contra el Estado. La Alemania de Wilhelm puede haber sido autoritaria, pero respetaba escrupulosamente la libertad académica; el pesado conservatismo de Austria escudó las brillantes universidades de Viena y de Praga; otros países, con Inglaterra a la cabeza, permitieron, e incluso impulsaron la libertad de pensamiento y de prensa. Sólo las autoridades de la Iglesia Católica Romana buscaron imponer control, y por lo tanto fue contra esas autoridades contra las que Acton tuvo que luchar primero. En su teoría general sobre la libertad, Acton valoró la Iglesia como institución, como también valoró otros cuerpos corporativos, como un atenuador entre el Estado y los individuos, pero su experiencia temprana mostró la necesidad de un atenuador entre el individuo y la Iglesia institucional, e incluso estuvo dispuesto a invitar al Estado menos autocrático a cumplir ese papel. En 1870 urgió a Gladstone a que se uniera a la protesta general de los grandes poderes para prevenir la definición del dogma de la infalibilidad papal. En 1871 vio a Dölinger excomulgado por la Iglesia, pero protegido en su puesto en Munich por el hecho de ser una universidad estatal. Acton estaba dispuesto a defender la libertad por todos los medios contra todas las amenazas.

Esta generalización de lo que había comenzado como una defensa de la libertad intelectual dentro de la Iglesia, tomó forma cuando Acton realizó su gran gira por los archivos europeos a finales de la década de 1860. Lo que estas fuentes mostraron fue la "falsedad convencional" de los historiadores católicos, su práctica de la falsedad y la supresión de la verdad para favorecer los intereses o la reputación de la Iglesia. Para quien su compromiso con la verdad era parte integral de su religión, esta perversión de la obligación moral de los historiadores, por parte de la religión, estaba fundamentalmente mal. Lo que especilamente horrorizó a Acton fue que los hechos particulares suprimidos por los historiadores falaces tenían que ver con crímenes cometidos por líderes de la Iglesia, incluyendo papas y santos, particularmente el consentimiento del asesinato de acuerdo a los intereses de la Iglesia y la práctica de la persecución a muerte. La moralidad de Acton en estos temas era simple, simplista quizás, como su moralidad acerca de la verdad: matar es simplemente asesinato, el peor de los crímenes. Y las autoridades de la Iglesia habían practicado la persecución; papas y santos habían autorizado la muerte de herejes; los teólogos habían justificado esas cosas como doctrina; y los historiadores simplemente habían suprimido o justificado esos hechos. La persecución se convertiría en la piedra de toque de la moralidad histórica de Acton, elevando las críticas a su Iglesia del plano eclesiástico al plano ético. No fue sólo una crítica a la Iglesia. El Estado, en particular las monarquías absolutas, había estado envuelto en la persecución y el asesinato político con no menos vigor. De modo que el odio creciente de Acton hacia la persecución se unió a su antiguo odio al absolutismo, inicialmente formado bajo la influencia de Burke pero ahora tomando forma en el contexto de una preocupación particular como historiador.

Ästa era una preocupación que diferenciaba a Acton de Dölinger en sus mentalidades históricas. Era una diferencia que Isaiah Berlin ilustraría con la analogía del erizo y el zorro: el zorro sabe muchas cositas pequeñas, mientras que el erizo sabe una cosa grande. Dölinger, el veterano historiador, conocía todo tipo de mentiras de los historiadores y todo tipo de crímenes eclesiásticos, pero las conocía por separado. Acton pudo generalizarlas como un sistema invadiendo la historia en general, porque las conoció de golpe y cuando era relativamente joven. En 1867 Pío IX canonizó al famoso inquisidor Pedro Arbués. Para Dölinger esto significó que la Iglesia había santificado el principio de la persecución, y se encontró en una oposición ética contra Roma. Para Acton, quien ya estaba en oposición, Arbués era sólo una parte más del sistema, una mera ilustración de un sistema de mentiras y asesinatos.

El juicio de Acton sobre la Iglesia a través de la historia fue tan severo que hizo que su oposición a un evento, la definición de la infalibilidad papal en el Concilio Vaticano I de 1870, fuera menos fundamental que para Dölinger. Acton concordaba con Dölinger en que la posición de la infalibilidad era tan peligrosa como el absolutismo, y que se basaba en un pasado deficiente. Dölinger se opuso al dogma como esencialmente falso y prefirió la excomunión antes que someterse a él. Acton sentía que la Iglesia de antes de 1870 tenía tantos crímenes en su haber que la suma de un dogma no podía inclinar más la balanza. Si Roma era la verdadera comunión, lo seguía siendo a pesar de sus fallas. En su respuesta en 1874 al ataque de Gladstone a la infalibilidad papal en relación con la lealtad civil de los católicos, Acton señaló numerosos casos en los que las autoridades de la Iglesia habían sido culpables de crímenes políticos sin invocar la infalibilidad papal; los católicos ingleses habían ignorado los mandatos del papa en el pasado y un dogma recientemente definido no cambiaría su lealtad civil. Así justificaba a los católicos de entonces, revelando los errores de la Iglesia histórica. Acton utilizó la ocasión para hacer una última demanda por la libertad de la historia de la Iglesia: "Estaría bien si los hombres nunca hubieran caído en el error de suprimir la verdad y alentar el error para una mejor seguridad de la religión que yo deshonrara y traicionara a la Iglesia si abrigara una sospecha de que las evidencias de la religión pudieran ser debilitadas o las autoridades del Concilio socavadas por el conocimiento de los hechos con los que he estado tratando." La fe de Acton trascendió a la historia. La Iglesia enseñaba una verdad divina que no podía ser comprometida por las acciones de hombres, incluso papas y santos. Mientras más exponía Acton los crímenes de hombres de la iglesia, más se aseguraba en su fe. Era muy exigente con la Iglesia que amaba.

Después de que la crisis vaticana hubo terminado, a fines de la década de 1870, Acton formuló su plan para lo que hubiera sido su opera magna, la Historia de la Libertad, que ha sido llamada el libro más importante que nunca fue escrito. No es exactamente cierto que no haya sido escrito nunca. Sus conferencias sobre la Historia de la Libertad, dictadas en 1877 y recientemente publicadas por el Acton Institute, proveen un prospecto de setenta páginas del trabajo mayor, una vista panorámica brillante del magnífico tema. Sus conferencias en Cambridge sobre Historia Moderna están animadas por su madura teoría de la historia de la libertad, casi como si hubiera retomado el tema y lo hubiera completado bajo otro aspecto. Pero el proyecto como Acton lo había formulado a fines de la década de 1870 fue, en efecto, abortado a principio de los 80, como lo explicaré en breve. Ese proyecto, de todas maneras, era bastante estrecho y cubría cerca de 150 años, desde la década de 1680 hasta 1830, con una temática Whig, no la amplitud casi universal de las conferencias sobre la Historia de la Libertad, ni siquiera las conferencias sobre historia Moderna de Cambridge. Las notas a éstas, publicadas en 1994 por George Watson, contienen aforismos brillantes, pero sugieren que la conexión narrativa pudo haber sido desilusionante. El más grande libro que nunca fue escrito puede deber su grandeza al hecho de que nunca fue escrito.

Lo que puso fin al proyecto de la Historia de la Libertad fue la crisis moral que trajo consigo la ruptura de Acton con Dölinger. Esto se originó en la idea de Acton sobre la función moral de los historiadores. El tema aquí era la persecución, la que Acton había considerado simplemente como asesinato, según el consenso común el más atroz de los crímenes. La persecución religiosa, asesinato para el beneficio de la Iglesia, fue la peor de todas. Precisamente porque el crimen de la persecución tenía su origen en lo que debe ser la fuente de la moralidad, debía ser vigorosamente condenado. Más aún, no era un crimen privado: era ejercido por la autoridad pública para un fin público, y así corrompía toda la sociedad. Peor aún, la persecución era justificada por teóricos, de modo que se perpetuaba como una doctrina para el futuro. El mal había llegado al corazón de la Iglesia; era con palabras de Acton "el demonio tratando de pasar desapercibido detrás del Crucifijo." Aquí Acton funde su moralidad y su historia. Äl pensaba que la moralidad y la historia compartían el mismo terreno "científico:" el asesinato podía servir como un objetivo estándar del mal en ambas. En este punto básico la moralidad debe ser mantenida por el historiador. Como un historiador de las ideas, Acton estaba muy preocupado por la idea de la persecución. Peor que el mismo asesino era el teórico que justifica el asesinato, y el historiador que los defiende o incluso falla al condenarlos a ambos no es mejor que ellos. El historiador no puede ser moralmente indiferente ("objetivo" en nuestro lenguaje actual): debe ser un juez, aplicando los estándares morales como canon de juicio, sin admitir excepciones. Por supuesto debe juzgar más duramente a los mejores hombres, a aquellos que deberían saber más. De modo que Acton criticaba más a los católicos que a los protestantes, a los clérigos más que a los laicos, a los papas y santos más que a todos.

El rigor ético aplicado a la historia es lo que provocó la ruptura de Acton con Dölinger. El incidente que causó esta ruptura parece insignificante comparado con la absoluta diferencia de principios que Acton vio en esto. En 1879 Dölinger escribió el prefacio de una carta a un artículo obituario, para nada crítico, sobre el obispo francés Dupanloup. Acton consideraba a Dupanloup dispuesto a justificar los peores abusos del papado de modo que no era mejor que aquellos que cometieron crímenes en nombre de la Iglesia. Se sorprendió al descubrir que Dölinger no estaba de acuerdo con él. Dölinger se rehusó a condenar a los hombres sólo por su debilidad, prefiriendo explicar más que juzgar; Acton juzgaba a los hombres inmediatamente, sin dar lugar a la moralidad de épocas pasadas. Lo que siguió a este hecho fue la revelación para Acton de que ni siquiera su amigo y mentor compartía su rigor ético, que estaba absolutamente aislado en su posición fundamental. El impacto de esta revelación paralizó las facultades creativas de Acton por varios años.

A mediados de la década de 1880 Acton regresó a su trabajo histórico, como parte de un movimiento destinado a crear la profesión histórica en Inglaterra, convirtiéndose en uno de los fundadores del English Historical Review. Cuando el editor, Mandel Creighton, un clérigo anglicano, invitó a Acton a revisar su propia History of the Papacy (Historia del Papado), Acton produjo una revisión severa criticando la falla de Creighton para condenar a los papas de la época de la Reforma. En la correspondencia subsiguiente, en la que Creighton tenía el mejor argumento, Acton pronunció su famosa frase sobre el poder que tiende a corromper y el poder absoluto a corromper completamente. Esto es más comúnmente citado en un contexto político, como una condenación del absolutismo del Estado, que Acton odiaba profundamente. Pero en este caso, su dicho pretendía ser una norma de la crítica histórica, una advertencia acerca de la mitigación del juicio. "No puedo aceptar su regla de que debemos juzgar al papa y al rey distinto a otros hombres, con la presunción favorable de que no hicieron ningún mal. Si hubiera alguna presunción sería en contra de los que ostentan el poder, y aumentaría [la presunción] a medida que el poder aumentara. La responsabilidad histórica debe compensar el deseo de responsabilidad legal. El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe completamente. No hay peor herejía que la oficialidad santifique a quien posee el poder. La integridad inflexible del código moral es, para mí, el secreto de la autoridad, la dignidad, la utilidad de la historia. Si debiéramos alterar el consenso general en beneficio del genio, o éxito, o rango, o reputación, deberíamos alterarlo en benficio de la influencia de alguien, de su religión, de su partido, de la buena causa que se beneficia con su reputación y se resiente con su desgracia. Entonces la historia deja de ser una ciencia, un árbitro de controversia, una guía para el extraviado, una defensora de los valores morales que los poderes de la tierra y la religión constantemente tienden a degradar."

Ästa fue la misión más noble que se haya asignado a los historiadores, pero puede haber sido la más imposible. Por empezar, no había un consenso de cómo debía aplicarse el código moral. Más importante aún, la historia profesional es el estudio del contexto, y no del texto. Los historiadores están entrenados para ubicar las acciones y eventos en el contexto del tiempo y el lugar, consideraciones estas que son fatales para una moralidad absoluta que es atemporal y universal. Como lo explica Owen Chadwick, hay una tensión entre "la comprensión histórica y la convicción moral": "el juicio moral," que es "la esencia del hombre," "corrompe al historiador." La profesionalización de la disciplina histórica significó que los historiadores no pudieron aceptar la función moral que Acton proponía para ellos. Fueron reducidos de las historias universales a monografías, y de árbitros morales a una objetividad necesaria pero sin valores. Aún así Acton, aislado pero admirado, siguió involucrado con la historia y los historiadores. Recibió su premio cuando en 1895 fue designado Profesor Regio de Historia Moderna en la Universidad de Cambridge, potencialmente la posición más influyente que puede ostentar un historiador.

Es costumbre para los profesores de Cambridge que inicien su cátedra con una conferencia inaugural, y Acton aprovechó la ocasión para profesar su credo histórico. Concisamente reexpuso su tema de la historia de la libertad definiendo "la Unidad de la Historia Moderna" (el período desde el Renacimiento) como un constante "progreso en la dirección de una libertad organizada y asegurada," lo que él consideraba como la tarea de la Providencia a través de la historia y percibida por los historiadores. Luego Acton se dedicó al desarrollo de la historia científica en el siglo diecinueve -bajo la influencia de Ranke, a quien describió como su "maestro"- investigadora de archivos, crítica de las fuentes, y sobre todo imparcial. Sugirió la necesidad y también las limitaciones de la historia científica, "una disciplina a la que todos hacemos bien en someternos, y a la que quizás también hacemos bien en renunciar." Esto llevó a su sección final, preguntándose si él tenía " alguna propuesta esencial, que pudiera servir como su epígrafe selecto, como una última señal, quizás incluso como un objetivo." Su respuesta fue reasegurar su doctrina de los historiadores como jueces morales: "los exhorto a que nunca alteren la norma moral o que bajen los estándares de rectitud, sino a que prueben a otros por el precepto que gobierna nuestras propias vidas, y a no tolerar a ningún hombre o a ninguna causa para escapar a la condena inmortal que la historia tiene el poder de otorgarle al mal," ya que "si bajamos nuestros estándares en la historia, no podremos defenderlos en la Iglesia o el Estado."

Äste era un ideal noble y grandioso; expresado con una elocuencia inusual en Acton; pero también era imposible. Acton fundó una escuela de Historia en Cambridge, pero no fue una escuela de historia actoniana, la que él fue el primero y único en practicar. Los historiadores se han dedicado desde entonces a una mera objetividad, como lo mejor que pueden obtener. Acton debe haber sabido que estaba lanzando una protesta desesperada contra la tendencia inexorable de la profesión histórica que estaba ayudando a fundar. Había sugerido que era "una última señal, quizás incluso como un objetivo"; y su gran exhortación comenzó con un reconocimiento de que "el peso de la opinión está en mi contra." Habiendo lanzado su protesta, Acton dedicó el resto de su carrera en Cambridge a trabajar con los historiadores en sus propios términos, aceptando las limitaciones de éstos. Sus propias conferencias seguían avanzando sobre sus temas, pero el último gran proyecto de su vida, la Historia Moderna de Cambridge, lo forzó a admitir que la objetividad (él prefería decir "imparcialidad") era lo más que podía pedir a sus colegas.

El prospecto de Acton de 1896 para la Historia Moderna de Cambridge preveía la oportunida de "documentar la plenitud del conocimiento que el siglo diecinueve está a punto de dejar como legado," basada en una investigación crítica en archivos, y que sería producida por una "división de tareas" en la que cada capítulo sería escrito por el erudito de habla inglesa más competente en el tema. ¿Pero cómo esa cantidad de hombres conseguirían una consistencia en la aproximación a los temas? o ¿cómo podría atarse a escritores eminentes a un tema común? La única respuesta era insistir en la absoluta imparcialidad, en evitar cualquier punto de vista. "Evitaremos la inútil presentación de opiniones, y el servicio a una causa. Los que contribuyan comprenderán que estamos ubicados no bajo el meridiano de Greenwich, sino a 30 grados de longitud oeste" -o sea, no en un país determinado, sino en medio del Océano Atlántico. Sin duda Acton esperaba que el trabajo terminado (que planeó pero no vivió para publicar) manfestaría su tema de la unidad de la historia moderna como un progresar hacia la libertad, pero ésto debía lograrse por la organización de los volúmenes y los capítulos, y no por la afirmación de una postura.

Este énfasis en la neutralidad era el tema principal en las cartas que Acton envió en 1898 a los que contribuirían en esta Historia. "Nuestro esquema requiere que nada pueda revelar el país, la religión o el partido al que pertenecen los escritores. Esto es esencial no solamente porque la imparcialidad es la característica de la historia legítima, sino porque el trabajo se lleva a cabo por hombres que actúan juntos con el único objetivo de aumentar el conocimiento preciso. La presentación de opiniones personales llevará a tal confusión que desaparecerá toda la unidad diseñada para el trabajo." En efecto, Acton reconoció que estaba guiando un equipo que sólo podría mantenerse junto por la imparcialidad, incluso no podía arreglar un diseño distinto al que surgiría naturalmente de la estructura como un todo. Ya que para alguien de tan amplia visión de la historia y tan alto concepto de la función moral de los historiadores, la mera objetividad puede haber parecido un bajar los estándares, pero la objetividad era meramente práctica, y representaba el único estándar que podrían lograr los historiadores.

El ideal de Acton de los historiadores como jueces, como defensores de los estándares morales, es el ideal más noble propuesto para los historiadores; y es un ideal que ha sido rechazado, quizás con un respeto mezquino, por todos los historiadores, incluso yo mismo. Nosotros, los historiadores de jornada laboral, no podemos buscar más que lograr un alto grado de mediocridad, y no podemos tener un ideal más alto que la segunda opción de Acton, la imparcialidad u objetividad. En este sentido, y también por su relativa falta de publicaciones, Acton fue, de algún modo, un historiador fallido. Aún así sigue siendo relevante para los historiadores, no como un modelo sino como un desafío. Si Acton está ubicado a la extrema derecha de los historiadores, demandando algo más que objetividad, hay una extrema izquierda significativa que eliminará la objetividad, y muchos otros que modificarán profundamente ese estándar, que ya es moderado. Su crítica se basa en la observación de que es difícil o incluso imposible para el historiador alcanzar el estándar de objetividad, que siempre estará afectado por su tiempo, su lugar, su credo e incluso quizás su género. Ästo puede ser aplicado constructivamente como un llamado a los historiadores a reconocer sus limitaciones y a hacer lo mejor posible. Pero también se ha usado como una justificación para abandonar cualquier estándar, para colocar al historiador por encima de los documentos históricos, negando que hay una objetividad de los hechos, y permitiendo a un historiador individual crear su propio pasado -el equivalente histórico del deconstruccionismo y otras tendencias postmodernas en los estudios literarios. Para esto, Acton en su aislamiento, sirve como una contraparte, una fuerza compensatoria que le permite al centro resistir. Acton sirve no como un ejemplo sino como un contra-ejemplo para los historiadores de hoy, proveyendo un estándar que no seguimos, pero que nos permite, por lo menos, rechazar el directamente opuesto.

Hay muchos fracasos en la carrera de Acton, ya sea como católico liberal, como político o como historiador. En la década de 1970 hubo una crítica a los estudios continuos sobre semejante fracaso, y Sir Geoffrey Elton incluso propuso una moratoria sobre los estudios de Acton. Aún así, en estos años del centenario, los estudios sobre Acton son una pequeña industria próspera, que sugiere que hay algunos fracasos que son más interesantes, e incluso más valiosos, que lo que puede ser el mero éxito. Si Acton hubiera sido un éxito de acuerdo a sus estándares o incluso a los nuestros, hubiera sido un objeto menos instructivo para nuestro estudio. El espectáculo de semejante hombre condenado al fracaso no por la limitación de su pensamiento sino por sus propios estándares demasiado rigurosos es inmediatamente una fuente de humildad y de inspiración. El fracaso vale especialmente la pena estudiarlo cuando revela la fortísima integridad de la devoción de Acton por la conciencia, por la verdad y por la libertad.

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