Cuando
por primera vez llegó a mis manos, hacia 1988, este
libro del Doctor Alejandro A. Chafuen lo leí con avidez
e inmediatamente concluí que era un libro que debía
ser traducido y publicado lo antes posible en España.
La coincidencia de otras voluntades en el mismo propósito
y la buena disposición del Dr. Chafuen han hecho posible
que hoy veamos materializada la idea con un texto en castellano
debido al propio autor, lo cual garantiza, cosa que no sucede
en todas las traducciones, la fidelidad al pensamiento original
del escrito.
Pienso
que este libro, escrito con la intención que señalaba
el Dr. Chafuen en su Prefacio a la versión original
inglesa, ha de ser de gran utilidad en nuestro país,
y también en Hispanoamérica, ya que si las tesis
en él contenidas interesan a todo el mundo, son todavía
más interesantes, a mi entender, para los pueblos de
habla española. Diré el porqué. Economía
de libre mercado, liberalismo económico y capitalismo
son, entre otros, los sinónimos más corrientemente
empleados para expresar la misma cosa. Dada mi adscripción
al pensamiento liberal, debería preferir el segundo
de los tres términos citados, pero tampoco tengo inconveniente
en emplear, por su simplicidad, el nombre de capitalismo,
a pesar de las connotaciones peyorativas que para no pocos
tiene; siempre que quede claro que, hoy, por capitalismo entendemos
ni más ni menos que un sistema de organización
social basado en la propiedad privada, incluso de los bienes
de producción, que utiliza el mecanismo de los precios
para la eficiente asignación de recursos, y en el que
todas las personas, libremente responsables de su futuro,
pueden decidir las actividades que desean emprender, asumiendo
el riesgo del fracaso a cambio de la expectativa de poder
disfrutar del beneficio si éste se produce. Este sistema
tiene numerosos enemigos y detractores en todas partes, pero
en la actualidad, la mayoría de ellos, convencidos
de que es imposible negar su eficacia para producir más
riqueza y bienestar que cualquier otro, se dedican a hostigarle
en términos éticos, pretendiendo que es inmoral
un modelo de organización social que se basa en el
egoísmo, como sucede, según ellos, en el capitalismo.
Pero tal vez sea en el mundo hispano -aunque, desde luego,
hay también ejemplos en otros países de tradición
tanto latina como anglosajona- donde es mayor el número
de esos detractores del capitalismo que, a fin de sostener
su postura, se acogen a los valores evangélicos -interpretados,
desde luego, a su manera- para afirmar rotundamente que, a
la luz del pensamiento católico, la economía
de libre mercado no es moralmente aceptable, lo cual les conduce
a concluir que un cristiano no puede ser capitalista o, dando
un paso más, que todo buen cristiano debe necesariamente
ser socialista.
Alejandro
Chafuen en su libro no incurre, desde luego, en el error contrario,
que consistiría en decir que todo buen cristiano debe
forzosamente ser capitalista, ya que sabe muy bien que la
Iglesia no impone, ni puede imponer, soluciones técnicas
a los problemas socio-políticos o económicos,
porque no fue fundada y, por lo tanto, capacitada para ello.
Es a los laicos a quienes corresponde, a la luz de las enseñanzas
del Magisterio sobre la dignidad y el destino del hombre -que
en esto sí es experta la Iglesia- elegir las vías
más adecuadas, en su opinión, para hermanar
la eficacia económica con el respeto a la persona humana.
El libro que el lector tiene en sus manos sólo pretende,
pues, y no es poco, demostrar que no hay ninguna incompatibilidad
entre cristianismo y economía de libre mercado.
Y
digo que no es pequeño el objetivo que este libro se
propone -y, en mi opinión, logra plenamente- porque
la lectura del mismo -y de aquí mi satisfacción
por la edición española- ha de tranquilizar
a buen número de personas honradas que, en España
y en Hispanoamérica, entendiendo con su razón
que el liberalismo económico, a la luz de los frutos
que produce, es el mejor sistema de organización social,
tienen reservas en su corazón para aceptarlo plenamente
y, en el supuesto de que en la práctica se adhieran
al mismo, lo hacen con mala conciencia, ya que, erróneamente,
piensan que tal sistema está en contradicción
con la doctrina cristiana. Y el libro del Dr. Chafuen les
demostrará que no es así.
El
método utilizado por Alejandro Chafuen para su argumentación
es original y meritorio, ya que se basa en la investigación
de los escritos de los doctores escolásticos españoles
integrados en la Escuela de Salamanca, llamada así
porque en aquella Universidad -aunque también en Alcalá
de Henares y en Evora- enseñaron los discípulos
y continuadores del magisterio del gran jurista Francisco
de Vitoria, a quien hay que considerar como el fundador, a
partir de 1526, de esta Escuela. Los escolásticos salmantinos,
cuya enseñanza duró casi un siglo, hasta la
muerte de Francisco Suárez en 1617, constituyen el
enlace español con Tomás de Aquino -el mayor
escolástico de todos los tiempos, anteriores y posteriores
al siglo XIII en el que vivió- a través, fundamentalmente,
de Bernardino de Siena, siglo XIV, y de Tomás de Vio,
conocido como el Cardenal Cayetano y tenido por el más
auténtico intérprete, en el siglo XV, de la
Summa Theologica en la que el Aquinatense "cristianizó"
con el apoyo de San Agustín, la filosofía elaborada
en los siglos IV y V antes de Cristo por Aristóteles
y Platón. El trabajo de Alejandro Chafuen pone de relieve
la ilación conceptual, a lo largo de 21 siglos, desde
el pensamiento de los griegos hasta la escolástica
tardía española.
La
lectura de las páginas del ensayo de Chafuen, lleno
de citas de los escolásticos hispánicos, deja
el claro convencimiento de que las ideas liberales o capitalistas
de nuestros días, en lo que se refiere a la propiedad
privada, el papel del Gobierno y los impuestos, el comercio
nacional e internacional, la teoría cuantitativa del
dinero y la inflación, la teoría del valor y
el precio justo, el monopolio, los salarios, la actividad
bancaria y el interés, coinciden en lo fundamental
con el pensamiento de los doctores salmantinos, a los cuales
los economistas modernos deben más de lo que muchos
piensan. Esto es especialmente cierto en lo que toca a la
teoría cuantitativa del dinero, en la que nuestros
escolásticos fueron unos verdaderos precursores, sin
duda como resultado de la observación de las oscilaciones
que producía en el nivel general de precios las llegadas
de oro de América.
Sin
embargo, Chafuen tiene buen cuidado de advertir que él
no pretende probar la validez de los postulados de la economía
de mercado basándose en la autoridad de los autores
católicos que trae a colación en los diversos
capítulos de su libro, a pesar, añado yo, de
que la gran mayoría de estos autores, además
de filósofos y teólogos morales demostraron
ser buenos observadores y conocedores del mecanismo imperante
en la realidad económica a la que tenían que
aplicar las reglas de conducta derivadas de la norma moral
objetiva. El valor práctico de los textos y comentarios
aportados por Chafuen es que los mismos pueden oponerse a
los que, procedentes de autores cristianos de nuestros días,
algunos citan con la pretensión de demostrar que el
libre mercado es contrario a los valores evangélicos.
En mi opinión, el pensamiento "liberal de los
escolásticos salmantinos -que ciertamente no pasan
de ser doctores privados, pero que tan profunda y firmemente
se asientan sobre la segura doctrina de Santo Tomás
de Aquino- constituye una garantía para los que, siendo
sinceramente partidarios de que los valores cristianos informen
la ciudad terrena, entendemos al mismo tiempo que la economía
de libre mercado es el mejor de los sistemas económicos.
Máxime teniendo en cuenta que los doctores de Salamanca,
como no podía dejar de suceder y Chafuen oportunamente
advierte, señalan siempre que la moralidad de los actos
económicos viene determinada no sólo por la
naturaleza del negocio y la manera limpia o torcida de realizarlo,
sino también por la intencionalidad del negociante.
Al
lado del servicio que el libro de Alejandro Chafuen rinde,
a mi juicio, a la causa del esclarecimiento de las relaciones
entre economía y ética, la obra realiza también
una aportación valiosa a la polémica sobre la
participación del catolicismo y el protestantismo en
la génesis del capitalismo. Esto es lo que, ahora y
hasta el final del prólogo que se me ha hecho el honor
de encargarme, deseo glosar, empezando por recordar el planteamiento
de la cuestión. Es bien sabido que Max Weber y sus
seguidores pretenden que la ética protestante -más
concretamente la calvinista- fue el motor ideológico
que empujó el progreso de la organización económica
de corte liberal, mientras que el catolicismo, por su postura
negativa, dicen, en relación con los bienes terrenales,
ha constituido un obstáculo al desarrollo económico
de los pueblos en los que la Iglesia Católica ha tenido
más influencia. Esta tesis que parece confirmarse empíricamente
al comprobar que el capitalismo se desarrolló más
rápidamente en los países de mayoría
protestante, tendría su asentamiento teórico
en la pretendida postura católica frente a las riquezas,
basada, por ejemplo, en la hipérbole empleada por Jesucristo
cuando dijo que es más fácil que un camello
pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino
de los cielos.
La
verdad es que la sana exégesis deja claro que el rico
fustigado en el Evangelio no es el que posee bienes, sino
el que se apega desordenadamente a ellos. Y, sin embargo,
no es menos cierto que durante siglos, singularmente desde
la ruptura producida por la Revolución Francesa, han
estado vivos dentro del mundo católico dos hechos,
distintos en sí, pero no del todo sin relación.
El primero es resultado indirecto, y sin duda no deseado,
de la postura que el Magisterio se vio obligado a tomar frente
a la herejía modernista; a partir de esta postura se
desarrolló, en el terreno económico, una falta
de entendimiento y mutua suspicacia entre los "liberales"
y la autoridad eclesiástica, con el consiguiente, aunque
no justificado, alejamiento de la Iglesia de muchos economistas
a los que les parecía que los eclesiásticos
censuraban, como moralmente malos, precisamente aquellos principios
económicos en los que ellos veían que descansaban
las esperanzas de mayor bienestar para los pueblos. El segundo
hecho es que las personas católicas, laicos incluidos,
fueron adoptando una actitud ante las realidades terrenas
propia de una visión "espiritualista", derivada
del contemptus mundi, el desprecio del mundo, que
si puede ser adecuada para un modelo religioso, no secular,
de vivir la vocación cristiana, no lo es en absoluto
para los laicos que han sido llamados a santificarse en la
recta ordenación de los asuntos terrenos en los que
se hallan inmersos. El lamentable resultado de este segundo
hecho fue que los laicos que pretendían ser buenos
católicos abandonaban el campo de los negocios, en
los que se maneja dinero -mammona iniquitatis- para
dejarlo a agnósticos y otra gente sin estas preocupaciones
religiosas, o en manos de protestantes, para los cuales el
éxito temporal es señal de predestinación.
Aquellos católicos que, a pesar de querer seguir siéndolo,
se dedicaban a empresas con finalidad lucrativa, no era raro
que lo hicieran con mala conciencia ya que, en esta interpretación
deformada de la religiosidad, el éxito engendra sentimiento
de culpabilidad.
Pero
esta cosmovisión sesgada representa tan sólo
un paréntesis de dos siglos en la historia del catolicismo,
ya que no fue la que, como pone de manifiesto el trabajo del
Dr. Chafuen, imperaba hasta el final de la Edad Moderna ni
es la que, después del Concilio Vaticano II, ha tomado
carta de naturaleza en la Iglesia Católica. Las siguientes
frases extraídas de la Constitución Pastoral
Gaudium et Spes, promulgada el 7 de diciembre de
1965, entre otros textos que podrían aportarse, lo
dejan bien claro: "El Concilio exhorta a los cristianos,
ciudadanos de las dos ciudades, a que se propongan cumplir
con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por
el espíritu del Evangelio. Se equivocan quienes, pensando
que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos
la futura, creen que, en consecuencia, pueden descuidar sus
tareas temporales, sin darse cuenta de que esa misma fe les
obliga más a cumplirlas, de acuerdo con la vocación
con que cada uno ha sido llamado". "El cristiano
que descuida sus deberes temporales descuida sus deberes para
con el prójimo, e incluso para con Dios, y pone en
peligro su salvación eterna. Que los cristianos -siguiendo
el ejemplo de Cristo, que ejerció un trabajo de artesano-
sientan la alegría de poder ejercer todas sus actividades
terrestres, aunando los esfuerzos humanos, familiares, profesionales,
científicos o técnicos en una síntesis
vital con los bienes religiosos, bajo cuya suprema ordenación
todas las cosas se coordinan para la gloria de Dios".
"A los laicos les corresponde propiamente, aunque no
con exclusividad, los quehaceres y las actividades seculares.
Sobre su conciencia, previamente formada, pesa el que la ley
divina se grabe en la vida de la ciudad terrena. De los sacerdotes
los laicos deben esperar luz y fuerza espiritual. Pero no
crean que sus pastores han de estar siempre tan preparados
que puedan tener a mano una solución concreta en todas
las cuestiones que vayan surgiendo, incluso graves; ni crean
sea su misión; son más bien ellos mismos quienes
deben asumirla como tarea propia, iluminados por la sabiduría
cristiana y atentos fielmente a la enseñanza del Magisterio.
Con frecuencia, la misma visión cristiana de las cosas
los inclinará hacia una determinada solución,
según las circunstancias. Y habrá otros fieles
que, guiados por no menor sinceridad, como ocurre con frecuencia
y legítimamente, juzgarán de modo diferente
acerca de un mismo asunto. Y si las soluciones propuestas
por una y otra parte, aunque no sea ésta la intención
de sus partidarios, muchos las vinculan fácilmente
con el mensaje evangélico, conviene recordar que a
nadie le es lícito, en tales casos, reclamar para sí
en exclusiva a favor de su opinión la autoridad de
la Iglesia. Deben tener siempre la preocupación de
ilustrarse recíprocamente con un diálogo sincero,
guardando la caridad mutua y preocupándose del bien
común antes que nada".
Estos
son los principios a aplicar en materia de sistemas de organización
social. Unos pensarán que, en el orden del bien común,
la economía de mercado es mejor que la intervenida
por el Estado, y otros pensarán lo contrario, lo que
nadie puede hacer es apelar a la doctrina de la Iglesia Católica
para decir que la "solución cristiana" es
la suya y para descalificar la otra, afirmando, sin más,
que es incompatible con el cristianismo. Es cierto que la
Iglesia advierte que la autonomía de la economía
como ámbito cultural es una autonomía relativa,
ya que la economía ha de respetar, en sus acciones,
los principios éticos. Pero el respeto de los principios
éticos no impide, como el Magisterio reconoce, que
la acción social pueda implicar una pluralidad de vías
concretas.
Sentado
todo esto, la aportación de Chafuen a la investigación
sobre la participación del pensamiento católico
en el desarrollo del capitalismo a la que dije quería
referirme, consiste en señalar las vías por
las que las ideas de los escolásticos españoles
pasaron a los economistas franceses, holandeses, alemanes
e italianos, y la manera cómo estas ideas influyeron
en el siglo XVIII en la escuela escocesa de Ferguson y, sobre
todo, en Francis Hutcheson. Es bien sabido que Hutcheson,
autor de la famosa frase "la mayor felicidad del mayor
número", fue quien, en la Universidad de Glasgow
y en su condición de profesor de Filosofía Moral,
hacia 1737, más impronta dejó en el joven Adam
Smith, quien después de haber publicado en 1759 su
primer libro, La teoría de los sentimientos morales,
en 1776 dio a luz, tras larga gestación, la primera
edición de su Investigación sobre la naturaleza
y causas de la riqueza de las naciones, obra por la que
se le considera como el fundador del capitalismo, aunque la
verdad es que tal sistema no lo ha inventado nadie sino que
surge espontáneamente de la natural manera de ser del
hombre. Adam Smith lo que hizo fue describir y explicar racionalmente
el funcionamiento del sistema, con lo cual es más bien
acreedor al título de creador de la economía
como ciencia moderna. Por otra parte, en el último
capítulo de su obra, el Dr. Chafuen se dedica a comparar,
poniendo de relieve las coincidencias, las ideas de los últimos
escolásticos españoles con las tesis liberales
de la escuela austriaca, desarrollada a partir del pensamiento
de Menger, Böhm-Bawerk, Schumpeter y, sobre todo, en
tiempos más cercanos a nosotros, de von Mises y von
Hayek. Creo, pues, que se puede concluir que, mal que le pese
a Max Weber, los orígenes del liberalismo económico
o capitalismo son españoles y católicos.
Es
más -y aquí sugiero un tema para profundizar
en él- un compatriota de nuestro autor, el Dr. Joris
Steverlynck, Profesor de la Universidad Católica de
Buenos Aires, sostiene la tesis de que la primera constitución
democrática del pueblo norteamericano, la llamada Fundamental
Orders del Estado de Connecticut, promulgada en 1638,
no pudo ser debida al pensamiento de John Locke (1632-1704),
considerado como el primer inspirador de la democracia moderna,
ya que Locke, que efectivamente tuvo gran relación
en la década de 1670 con los Trece Estados coloniales,
no publicó sus primeras obras hasta 1687 y 1690. El
Padre de la Democracia política -Locke- recibió,
muy probablemente, sus inspiraciones del pensamiento liberal
que imperaba en las lejanas colonias americanas. Pero, ¿de
dónde surgió la genial inspiración que
llevó a unos cuantos colonos, alejados de los centros
de pensamiento de la vieja Europa, a desarrollar una teoría
política tan en contraste con la que imperaba en su
época? Steverlynck afirma que la fuente fue la Escuela
de Salamanca y que las cosas pudieron suceder de la siguiente
forma: Francisco Suárez publicó en 1613 su famosa
Defensio fidei catholicae que, por sus ideas políticas,
no religiosas, fue mandada quemar tanto por el anglicano rey
inglés -Jacobo I- como por el cristianísimo
rey francés -Luis XIII- pero fue favorablemente calificada
en España, a pesar de la insistencia del inglés
sobre el monarca reinante Felipe III, ya que, entonces, el
absolutismo no imperaba plenamente en España, mientras
que era la doctrina oficial en Inglaterra y Francia. La Defensio
fidei de Suárez -dice Steverlynck- pudo ser conocida
por Thomas Hooker, clérigo puritano que estudiaba en
Cambridge desde 1611. Hooker, por su oposición a las
teorías absolutistas de Jacobo I tuvo que huir a Holanda
y de allí, en 1633, emigró a Massachusetts,
donde acutó como uno de los líderes de los disidentes
que fundaron Connecticut en 1638 y en cuya constitución
vertió ideas que, por lo que se conoce de su escasa
producción, es difícil fueran suyas; la única
fuente doctrinaria de donde pudo haberlas extraído,
sigue diciendo el profesor argentino, es la de Francisco Suárez
de la Escuela de Salamanca.
De
esta forma se llegaría a la conclusión del papel
germinal del pensamiento católico español de
los siglos XVI y XVII, tanto en política como en economía.
La Universidad de Salamanca no sólo habría sido
la primera en defender, dos siglos antes de Adam Smith, el
liberalismo económico sino también la fuente
nutricia del liberalismo político, cien años
antes de Locke. Que, posteriormente, cambiaran las tornas
sólo sirve para confirmar que fue precisamente el agotamiento
del pensamiento liberal lo que explica la subsiguiente postración
y el retraso económico de España y, por ende,
de Hispanoamérica.
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