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Economía y Familia
por Rafael Termes

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Considero un honroso privilegio haber sido elegido para pronunciar la lección magistral en el acto de la solemne apertura del curso 1999-2000 de la sección española del Pontificio Instituto Juan Pablo II para el estudio del matrimonio y la familia. Agradezco muy sinceramente esta distinción al Excmo. y Rvdmo. Sr. Arzobispo D. Agustín García Gasco, Vice Gran Canciller del Instituto y al Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo D. Juan Antonio Reig, Vicepresidente Decano del mismo, así como agradezco al Vicedecano D. Juan Andrés Talens todas las atenciones que ha tenido conmigo en la preparación de este acto.

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El título de mi lección -Economía y Familia- se presta a muy variadas interpretaciones. Lejos de mi intención explicar el comportamiento de las familias y de sus miembros mediante las leyes económicas. Esto es lo que ha pretendido hacer el profesor Gary Becker, de la Universidad de Chicago: fundamentar una "teoría de la familia" en la teoría neoclásica de los procesos de asignación de recursos, mediante la elaboración de modelos matemáticos, muy simplificados, de los que presuntamente deduce conclusiones sobre la "división del trabajo en la familia"; sobre la "monogamia" y la "poligamia"; y sobre lo que, entre otras llamativas expresiones, llama "mercados matrimoniales" y "demanda de hijos".

Estos trabajos del profesor Becker han dado lugar a una aplia polémica, en pro y en contra de los mismos. Entre nosotros, el profesor Rafael Rubio de Urquía, de la Universidad Complutense, ha puesto en duda la validez de los modelos de Gary Becker para captar los muy complejos procesos de asignación ínsitos en la dinámica familiar, señalando los elementos éticos, culturales, religiosos, políticos -personales, en suma- que intervienen en la acción humana en general y, por lo tanto, también en la de los miembros de la familia. Por ello, a juicio del profesor Rubio de Urquía, necesitaríamos de un paradigma, basado en la teoría general de la acción humana, mucho más completo que el neoclásico, para que nuestros intentos de explicar la dinámica familiar, incluidas sus decisiones económicas, pudieran ser llevados a cabo con éxito.

 

LA FAMILIA, CÉLULA PRIMERA DE LA SOCIEDAD

Sin embargo, no es este el tema del que voy a ocuparme ahora. Mi propósito es más modesto y, al mismo tiempo, pienso que más acorde con la finalidad de este Pontificio Instituto, cuyo curso para el presente año escolar inauguramos. Parto de la convicción, recordada por Juan Pablo II en su Encíclica "Familiaris consortio", de que la familia, fundada en el matrimonio tal como fue establecido por el Creador en el principio, es la célula primera de la sociedad. Por ello, el Papa, hacia el final de su Encíclica, proclama que el "futuro de la humanidad se fragua en la familia".

Pero la familia posee vínculos vitales y orgánicos con la sociedad, interaccionando con ella, de forma que, al tiempo que la familia influye sobre la sociedad, de la que constituye fundamento y alimento continuo, la sociedad incide, para bien y para mal, en la familia. A la luz de esta recíproca relación entre familia y sociedad, se entiende claramente el contenido profundo y ambivalente de la frase del Sumo Pontífice que acabo de citar. En efecto, el futuro de la humanidad será lo que sea la familia, pero, a su vez, que la familia sea lo que, según el designio del Creador tiene que ser, dependerá de lo que, en el futuro, sea la sociedad. Cierto que la familia, toda verdadera familia, disfruta de una especial providencia de Dios y que la familia fundada sobre el matrimonio cristiano, cuenta con la gracia específica del sacramento. Sin embargo, esto, a los cristianos y, sobre todo, a los laicos a quienes especialmente incumbe la misión de construir las estructuras terrenas según el querer de Dios, no nos exime del deber de esforzarnos para que los valores que imperen en la sociedad y las actuaciones de los que la componemos, incluido el Estado en el ejercicio de su función subsidiaria, sean congruentes con los fines propios de la familia, contribuyan a su logro o, por lo menos, no lo obstaculicen.

Ahora bien, la sociedad actúa en múltiples campos, entre los cuales son especialmente relevantes el cultural, el político y el económico. Dejando sentado el importante papel que en relación con la familia tienen el sistema axiológico, es decir, el ético-cultural, y el sistema institucional, es decir, el político-jurisdiccional, mi cometido de hoy me obliga a centrarme en la relación de lo económico con la familia. Y a este tema dedicaré las siguientes reflexiones.

 

LA ACTIVIDAD ECONÓMICA

Tras diversas formulaciones, debidas a distintas escuelas de pensamiento, parece que hoy, apoyándose en la definición que en 1932 diera Lionel C. Robbins, existe consenso en que la economía, no tanto como ciencia sino como actividad, consiste en la que realiza el sujeto, sea individual sea colectivo, al asignar recursos escasos a fines alternativos; con independencia de que la asignación se haga en forma espontánea, dando lugar a la economía de mercado o liberal, o se haga en forma coactiva, dando paso a la economía intervenida o socialista. Si bien, también al día de hoy, la opinión tiende a inclinarse en favor de la primera, por considerar que es el modelo que, respetando la libertad, resulta más eficiente para el logro del bienestar.

Sin embargo, tanto si ha de vivir en uno u otro de los dos modelos, como si ha de hacerlo, que será lo más frecuente, en un sistema mixto, la familia, cuando se constituye, sabe que las necesidades del matrimonio, en un primer momento, y, después, las de los hijos que sucesivamente vaya engendrando, serán satisfechas por las rentas del trabajo del marido y, tal vez, de la mujer, añadidas, eventualmente, a las rentas de los capitales que los cónyuges hayan podido aportar al matrimonio. Estas necesidades, en términos generales, son, en primer lugar, las de consumo, en la amplia gama que va desde la subsistencia hasta la formación de los hijos, en los distintos estadios educativos, pasando por el laudable deseo de sostener y mejorar una determinada calidad de vida. Pero la familia sabe que, además de las necesidades de consumo, tiene las de inversión no sólo para disponer de la vivienda en propiedad, si este es su deseo, sino también para constituir o incrementar, con forzosa detracción del consumo presente, el ahorro adecuado para hacer frente a las necesidades del futuro, sean previsibles, como son singularmente las derivadas del cese de la actividad laboral, por el simple paso del tiempo, sean las imprevisibles u originables en causas fortuitas.

Y aquí es donde, en el campo económico, aparecen, por un lado, las relaciones de la familia con las empresas, ya que, salvo los casos de trabajo por cuenta propia, es de la empresa de donde proceden las rentas del trabajo para las familias; y, por otro lado, las relaciones de las familias con el Estado o, más exactamente, con la faceta fiscal del Estado, ya que las políticas impositivas sobre las rentas del trabajo y sobre las rentas del capital incidirán en la cuantía de la renta disponible, para la realización de los proyectos de consumo e inversión de las familias, en la línea que queda dicha.

 

LAS RELACIONES FAMILIA - EMPRESA

Empecemos por la empresa. Muchas son las relaciones que existen entre la vida en la empresa y la vida en la familia que afectan a la buena marcha de la una y a la feliz realización de la otra. Si la familia es verdaderamente un lugar de encuentro, de acogida cordial y desinteresado diálogo, los directivos y empleados de la empresa tendrán en la familia el mejor modo de descansar, reponer fuerzas y desarrollarse humanamente, todo lo cual redundará en el mejor ejercicio de sus cometidos dentro de la empresa. De aquí que, en propio interés de la entidad, una característica básica, entre otras, de lo que se llama la cultura propia de cada empresa, debería ser el destierro de las jornadas excesivamente prolongadas, -vicio que con demasiada frecuencia afecta a los altos ejecutivos- dada la conveniencia de regresar antes al hogar, para dedicar más tiempo a la vida familiar. No se olvide que, en frase de Juan Pablo II, "la familia posee y comunica todavía hoy energías formidables, capaces de sacar al hombre del anonimato, de mantenerlo consciente de su dignidad personal, de enriquecerlo con profunda humanidad y de injertarlo activamente, en su unicidad e irrepetibilidad, en el tejido de la sociedad".

En la familia, en efecto, la comunión interpersonal y la entrega a los demás desarrolla en las personas lo que Juan Antonio Pérez López, profesor del IESE, llamaba la motivación trascendente, que es aquella que impulsa a las personas a obrar por lo que su acción aporta a otras personas. Y esta motivación trascendente, este afán de servir, es la que produce la unidad dentro de la empresa, es decir, la identificación de empleados y directivos con el objetivo de la empresa que, amén de generar beneficios, como condición de subsistencia, es prestar a la sociedad el servicio propio de su actividad. La unicidad de la persona humana, induce a pensar, y la experiencia mayoritaria lo atestigua, que los empleados y directivos empresariales que tienen una vida familiar lograda, a partir de una felicidad conyugal, son los que más eficientemente desarrollan su cargo profesional.

 

LAS TENSIONES ENTRE EMRPESA Y FAMILIA

Sin embargo, no siempre se da este cuadro armónico entre empresa y vida familiar y, en la sociedad contemporánea, no sólo no son raros, sino más bien frecuentes, los casos de tensiones y conflictos entre la empresa y la familia. Son de muy diversa naturaleza, pero declarándome, en lo que sigue, deudor del profesor Aquilino Polaino, intentaré abordar tan sólo unas pocas situaciones concretas que pienso bastarán para ilustrar esta materia. Una primera tensión se produce cuando el marido, o la mujer, si ella también trabaja, exceden los límites de su legítimo afán de autorrealizarse en el trabajo y caen víctimas del síndrome del éxito que no es un valor, como lo es la eficacia, sino un espejismo; el de aparecer mas que ser, la imagen en lugar de la realidad. Y cuando la neurosis del éxito surge, sea en el marido sea en la mujer, lo probable es que estalle el conflicto entre ellos, ya que, en este caso, ya no juega la cariñosa admiración por el otro, sino la búsqueda de la exaltación personal, la admiración hacia uno mismo. Y esto naturalmente destroza la vida familiar.

Otra situación conflictiva tiene lugar cuando los cambios de trabajo en la empresa, los proyectos de ascenso con aumento de la carga de trabajo, los traslados, o cualquier otra variación en el cometido profesional, no son tratados a la luz de la sola meta que el varón y la mujer han de compartir: ser felices. Lo cual requiere una estabilidad conyugal y familiar suficientemente fuerte para que no se rompa ni ante los cambios que en su seno introduce la empresa, la cual tampoco puede ser indiferente a la adaptación familiar de sus empleados, ni contra los cambios que por razones naturales o accidentales, ajenos a la empresa, se producen en la familia.

Una tercera causa de conflictos, que merece una especial atención, es la tensión entre la disponibilidad profesional y la dedicación a la educación de los hijos. Aunque puede originarse en cualquiera de los dos cónyuges, esta tensión ha sido tradicionalmente causada por el varón. Hubo un tiempo en el que la mujer no trabajaba, si se excluye del concepto trabajo la dedicación de la mujer a la casa, lo cual, dicho sea de paso, es tremendamente injusto, no sólo por la carga, en tiempo y esfuerzo, que significa, sino porque sin el trabajo del ama de casa, la familia difícilmente puede funcionar. Por esto, en vez de decir que "la mujer no trabajaba", es más correcto decir que no trabajaba fuera de casa. Pero, de hecho, la situación de entonces significaba un tácito acuerdo en que el cuidado y la educación en casa de los hijos pertenecía a la mujer. Hoy las cosas han cambiado y son muchas, aunque no tantas como en los países que tenemos al Norte, las mujeres que trabajan en ocupaciones remuneradas fuera del hogar.

 

EL TRABAJO DE LA MUJER FUERA DEL HOGAR

En este supuesto, las cosas cambian. Si el marido, porque trabaja, está ausente de la casa la mayor parte del día, y cuando llega, estando tal vez los hijos ya acostados, "no quiere saber nada", porque "viene agotado de la oficina", la mujer, que también trabaja fuera de casa, aunque también esté cansada, tiene que preparar la cena, bañar a los niños, darles de comer y acostarlos. El primer efecto de esta situación es lo que el Profesor Polaino llama el "síndrome del padre ausente" y los "hijos apátridas", cuyas indeseables consecuencias, por evidentes, no voy a comentar. Pero, qué duda cabe que, por otra parte, esta situación puede derivar en una tensión que produzca enfrentamientos y recriminaciones mutuas entre los cónyuges y acabe en un conflicto, más o menos grave, que habrá que resolver. Tal vez, la solución pase por reconocer que los papeles masculino y femenino en el ámbito del matrimonio están hoy en crisis y probablemente algunos aspectos de estos papeles deberán cambiar, sin que por ello cambie la sustancia del compromiso conyugal. Lo que, sin duda, no resuelve el problema es el peregrino invento de asignar "puntos" a las tareas domésticas, al objeto de comprobar, al fin de la semana, que ambos cónyuges han cosechado el mismo número de puntos. La experiencia dice que estas matemáticas no conducen a nada bueno.

Que el fenómeno de la mujer trabajando fuera de casa no es tan acusado en España como en otras partes, lo prueba el hecho de que la tasa de actividad española, medida por la relación entre las personas que trabajan o desean trabajar y las personas en edad de trabajar, es muy inferior a la media europea, precisamente a causa de la escasa presencia de la mujer en el mercado del trabajo; pero además, de las mujeres que desean trabajar, el 27% no lo logran. Esta tasa de paro femenino es superior al doble de la que existe en la Unión Europea. En cualquier caso, el fenómeno de la mujer que trabaja fuera de casa existe y las perspectivas son que irá a más, lo cual, en principio, no tiene por qué ser malo, ya que si el trabajo es una actividad mediante la cual el hombre alcanza su desarrollo, al tiempo que contribuye a la construcción de la sociedad en que vive, no parece que tengamos derecho a negar a la mujer la posibilidad de autorrealizarse en un trabajo profesional externo. El problema se plantea cuando esta forma de autorrealización entra en conflicto con aquella otra forma de autorrealizarse que es específica de la mujer: ser madre, entendido este concepto no sólo en el sentido biológico, sino en su más amplia expresión.

La noruega Janne Haaland Matlary, a quien conozco bien, por haber venido al IESE para comunicarnos sus experiencias, tiene los papeles en regla para hablar de esta materia: además de ser escandinava, es catedrática de Relaciones Internacionales, es secretaria de Estado de Asuntos Exteriores en el gobierno de su país y tiene cuatro hijos. En su último libro, que viene a ser un manifiesto para un nuevo feminismo, publicado recientemente en Italia bajo el título "Il tempo de la fioritura", dice: "yo, mujer, no tengo por qué parecerme a los hombres para conseguir un trabajo, ni debería verme obligada nunca a esconder que soy madre. Las cualidades femeninas me hacen fuerte, mientras que imitar a los hombres me debilita porque entonces no soy realmente yo misma". El feminismo de los setenta, al negar a la maternidad respeto y prestigio, deja de lado la necesidad de conciliar familia y carrera profesional. Es un tema que no les interesa. Pero a nosotros, a la luz de la doctrina sobre los fines del matrimonio, "sacramentum magnum", sí nos interesa.

Las maneras de hacerlo son varias y los testimonios de las personas que toman en serio la necesidad de llevarlo a cabo no faltan. Iba yo un día andando por el monte con dos matrimonios de mediana edad. Las dos mujeres tenían un historial profesional que podía compararse ventajosamente con el de los respectivos maridos. Eran de esta clase de gente que, siendo responsables en orden a la procreación, no querían cegar las fuentes de la vida en aras de la carrera profesional. Cuando ambos matrimonios habían llegado a tener cuatro hijos, conscientes de que el papel de los padres en relación con sus hijos va más allá de alimentarlos y pagar la escuela, cada una de las dos parejas, sin mediar conversación entre ellas, llegaron a la misma conclusión. El marido, o la mujer, dijo al otro cónyuge: o lo dejas tú o lo dejo yo. En los dos casos, fue la mujer quien dejó el puesto de trabajo en la empresa, aunque una de ellas, gracias a los avances tecnológicos, pudo continuar su propia actividad, de manera distinta, y desde casa, sin merma de la atención a los hijos.

Esta anécdota nos dice, de paso, algo que hay que tener muy en cuenta; y es que el trabajo a tiempo parcial y a distancia por ordenador, ya ahora y más en el futuro, contribuyen y contribuirán a hacer compatible la carrera profesional de la mujer y la dedicación a la familia. De hecho, en la prensa española, ya aparecen anuncios dirigidos a las mujeres que, además de trabajar en casa, les gustaría desarrollarse profesionalmente fuera de ella. En estos anuncios se dice que, si la mujer dispone de cuatro horas diarias, puede trabajar con contrato laboral y alta en la Seguridad Social, con un salario interesante, compuesto de fijo más variable, y oferta de formación que garantice el éxito de su cometido.

Pero, el abandono, total o parcial, no es la única fórmula, como hemos visto en el caso Matlary, que tiene también sus equivalentes en España. Un botón de muestra, entre muchos otros, lo aporta una española, master por el IESE, madre de siete hijos y directora empresarial con un cargo importante, quien defiende con vigor la incorporación de la mujer al mundo de la empresa, desde el ámbito personal, empresarial y social. Contra esta postura, dice, puede argumentarse que una de las causas de la baja natalidad que impera en las sociedades desarrolladas es la incorporación de la mujer al trabajo remunerado. Pero, añade, se trata de un problema complejo en el que, sin duda, influye la huida de la mujer al mercado de trabajo; pero esto no lo explica todo. En España, donde la presencia de la mujer en el trabajo es bastante inferior a la de otros países europeos, como Francia y Reino Unido, la tasa de natalidad no sólo es inferior a la de estos países, sino que es la más baja de Europa. Por lo tanto, parece que el descenso de la tasa de natalidad, no se puede achacar exclusivamente al trabajo de la mujer. Hay otras actitudes sociológicas, que tienen mucho que ver con el hedonismo, que, sin duda, explican mejor el fenómeno.

En cualquier caso, nuestra "empresaria" española opina que para lograr compatibilizar maternidad y trabajo, el planteamiento adecuado no es aquel que busca llegar al máximo nivel profesional, sino el que pretende encontrar un punto de equilibrio en el que ambas funciones sean plenamente compatibles. Y con ello, se reducen notablemente las situaciones de conflicto. Sobre todo si la mujer parte de unas condiciones mínimas de organización personal, distinguiendo, dice, entre las funciones de madre, de ama de casa y de responsable del hogar. Son papeles, declara, radicalmente distintos. Ser madre no significa ser ama de casa. Ser madre no significa ser la ejecutora de los trabajos domésticos. Ser madre significa ser la persona responsable, ante los hijos y ante la familia, del funcionamiento del hogar y desempeñar personalmente las funciones de madre. A mí me parece evidente que, para que este sistema funcione es necesario que esté bien engrasado, lo cual supone que el marido se implique en el proyecto, asumiendo, en el seno del hogar, un papel distinto del huésped o del que está de visita.

Lo que acabamos de decir, no significa que compatibilizar vida de empresa y vida familiar sea algo fácil para la madre trabajadora, pero, según nuestra amiga española, es algo realizable, si se tiene competencia y prestigio profesional; si se cumple el cometido asignado sin escudarse en falsas excusas familiares; si se termina eficientemente el trabajo dentro de la jornada oficial, sin necesidad de prolongarla. Si, a pesar de ello, se presentan situaciones incompatibles, como pueden ser desplazamientos excesivos, horarios desordenados, etc., que, por cierto, no pueden considerarse como consustanciales a la incorporación de la mujer al trabajo, habrá que determinar prioridades, como le sucedió a ella que, para mantener la compatibilidad, decidió cambiar de empresa, aunque en la que estaba no le faltaba futuro.

 

LA EMPRESA ANTE LA MUJER TRABAJADORA

La incorporación de la mujer al trabajo remunerado, además de plantear problemas de compatibilidad empresa-familia, que ella ha de resolver, desde luego que interpela a la empresa, que ha de ser sensible a la especificidad de la mujer. No cabe duda que, hoy por hoy, esto no está logrado, ni mucho menos. Sin embargo, es posible que suceda cuando descubra que es a ella, a la empresa, a la que interesa contar, en su plantilla y en los altos niveles de dirección, con los valores laborales que encierran el matrimonio y la familia vivida con normalidad. Así opina la noruega Matlary, a cuyo testimonio vuelvo para escucharle decir. ¿"Qué directivo del futuro desea empleados sin otra experiencia de relaciones humanas que la de un matrimonio fracasado? La madurez que deben adquirir los padres es una riqueza increíblemente importante para un hombre de negocios consciente de sus acciones. En el lugar de trabajo, el llamado "capital humano" sigue siendo la principal riqueza. Los jóvenes agresivos, cazadores monomaníacos de beneficios, no son desde luego el capital humano que una buena empresa desea". "Es preciso mostrar, y que se valore, que "el trabajo de la maternidad garantiza a la mujer competencias que se muestran útiles en diversas situaciones profesionales: saber gestionar muchas cosas simultáneamente, ser práctica y versátil, constante, paciente y determinada: la familia es como una pequeña "empresa": hay que gestionarla y dirigirla".

Estas afirmaciones pueden parecer ingenuas, pero Janne Matlary, aporta un revelador dato de su propia experiencia, en relación con la oposición a la cátedra que ostenta. Su contrincante era un hombre y el tribunal que debía decidir sobre los méritos de ambos opositores, declaró que estaban empatados. Me sorprendió mucho, dice Janne, porque él era 6 años más joven que yo. Pero el tribunal resolvió el empate, teniendo en cuenta que los embarazos, lactancia y cuidados infantiles de los cuatro hijos de la opositora sumaban ocho años; y le dio la cátedra a ella, no por ser mujer, sino porque en menos tiempo había producido más. Por primera vez en la historia, termina, los miembros del tribunal tuvieron en cuenta estas consideraciones. No estaban obligados a hacerlo por ninguna ley, sólo por la del sentido común.

Como ha podido comprobarse, el problema de la inserción de la mujer en el mundo de la empresa y las exigencias de la vida familiar y, en especial, de la maternidad, no tiene una solución única, pero la experiencia dice que puede resolverse satisfactoriamente. A ello contribuyen, desde luego, las disposiciones legales relativas a los permisos de natalidad con reserva de plaza, cuya última actualización viene dada por la "ley para promover la conciliación de la vida familiar y laboral de las personas trabajadoras", promulgada hace sólo tres días, el 5 del presente mes de noviembre. Con independencia de los aciertos y errores que esta ley pueda tener, mi opinión es que la regulación legal de este tema tendrá tanto más éxito cuanto más vaya acompañada de disposiciones, en especial fiscales, que atemperen la reluctancia de las empresas a contratar mujeres a causa precisamente de los permisos de maternidad. En cualquier caso, no parece obligado propugnar, en términos generales, la vuelta inexorable de la mujer al hogar. Desde luego, las propuestas, para estimular este retorno, de asignar a las amas de casa un sueldo por parte del Estado, como remuneración del trabajo que realiza, suscita, a mi juicio, muchas reservas. Hablando del presunto "salario del ama de casa", Francisco Cabrillo, Catedrático de la Universidad Complutense, en su libro "Matrimonio, familia y economía", dice que con ello se intentaría remunerar el trabajo doméstico mediante transferencias financiadas por el sistema impositivo. Para que estas transferencias estuvieran justificadas desde el punto de vista de la eficiencia sería preciso que los contribuyentes netos, es decir, los hombres -casados y solteros- y las mujeres no amas de casa obtuvieran algún beneficio de la actividad de quienes cobren tal salario. Estos beneficios externos pueden surgir en el caso de tener hijos y en la generación de capital humano que implica su educación. Por esto las madres que tienen y educan hijos merecen transferencias públicas, en la forma que veremos. Pero la actividad de ama de casa en cuanto tal sólo produce beneficios para ella misma y su propio cónyuge. No parece haber justificación, por tanto, para que el resto de la sociedad pague lo que sólo al marido beneficia.

 

LOS MUTUOS BENEFICIOS DE LA RELACIÓN EMPRESA - FAMILIA

Es evidente que las relaciones empresa-familia no se agotan con las tensiones y eventuales conflictos que hemos analizado. Afortunadamente, el tema tiene también su cara claramente positiva. Hay muchos aspectos que acreditan los beneficios que las empresas aportan a las familias y que se deducen de la propia definición del fin de la empresa, que en palabras de Juan Pablo II, "es la existencia misma de la empresa como comunidad de hombres que, de diversas maneras, buscan la satisfacción de sus necesidades fundamentales y constituyen un grupo particular al servicio de la sociedad entera". Como proyecto humano, dice Antonio Argandoña, profesor del IESE, glosando la doctrina de la Gaudium et Spes del Vaticano II, la empresa tiene su propio fin, que es una faceta del bien de los hombres que la forman, y que éstos deben procurar, también, para la consecución de su fin como personas. La empresa es, en definitiva, una institución que cumple una función específica en la sociedad. Por ello, cuando el hombre entra a formar parte de una empresa como propietario, directivo, trabajador, etc., se integra en un programa de desarrollo personal y social, con el que contribuye también al bien común de la sociedad en su conjunto.

La empresa tiene sus reglas de funcionamiento, su autonomía propia, que, siendo cierto que no puede ser escamoteada en nombre de la superioridad de la familia, tampoco puede contradecir la verdad y el bien del hombre y de la sociedad. En esta línea, la empresa, produciendo bienes y servicios, satisface las necesidades de la familia, aunque es exigencia ética que tal producción, por la naturaleza moral de la misma, no se convierta en un contraservicio. La empresa utiliza recursos que en gran parte proceden de la familia y de ello se deriva la obligación por parte de las empresas de gestionar eficazmente estos recursos para la creación de verdadero valor económico que redunde en beneficio del sostenimiento de las familias. La empresa es la mayor ofertante de puestos de trabajo. Aunque ciertamente no puede incluirse entre sus obligaciones la de asegurar el pleno empleo, sí cabe exigir a los directivos empresariales la imaginación necesaria para, en la medida que las disposiciones estatales sobre fiscalidad y cargas sociales no lo impidan, crear puestos de trabajo estables y productivos, en provecho de las familias ya que, según la "Laborem excersens" el trabajo es el fundamento sobre el que se forma la vida familiar.

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Estas prestaciones de la empresa a las familias, unidas a los beneficios que las familias, como formadores de hombres, aportan a las empresas, según quedó dicho antes, espero que habrán sido suficientes para subrayar la interacción empresa-familia y las exigencias para que la misma sea benéfica para ambas. Dejando a las empresas, pasemos ahora a las relaciones económicas de la familia con la sociedad en general y con el Estado, que no debería ser otra cosa que la institución creada por la sociedad para servirle en el mejor logro de los fines que la propia sociedad se propone.

 

LA SOCIEDAD ANTE EL PROBLEMA DE LA BAJA NATALIDAD

Al hilo de las anteriores reflexiones, ha aparecido, aunque de forma tangencial, el problema de la muy baja tasa de natalidad que afecta a España. Es una cuestión que sale a relucir con frecuencia, cuando se trata el tema de las pensiones, en el sentido de que la baja natalidad, unida a la mayor esperanza de vida, provoca el envejecimiento de la población española y, por ende, disminuye la proporción entre personas activas y personas jubiladas, con lo cual aumenta el riesgo del fallo del sistema de pensiones. Se trata, a mi juicio, de un planteamiento falso del problema. La causa del previsible desequilibrio del sistema español de pensiones no es la baja natalidad, sino el propio modelo de pensiones, público y de reparto, que los sucesivos gobiernos, desde mediados de los años cincuenta, han establecido y mantenido. Si el sistema en vez de ser de reparto -modalidad en la que, efectivamente, las pensiones de los jubilados se sufragan con las contribuciones corrientes de los trabajadores activos- fuera un modelo de capitalización, en el que la futura pensión de jubilación de cada uno se obtiene mediante la capitalización de sus propias aportaciones a lo largo de su vida laboral, se vería que el tema de la baja tasa de natalidad, substancialmente, no tiene nada que ver con la eficiente constitución de la pensión de jubilación.

Lo cual, naturalmente, no quiere decir que el hecho de la baja natalidad no sea un problema. No por el asunto de las pensiones que se puede, y debería, resolver cambiando el modelo público y de reparto por un sistema privado y de capitalización, sino por la disminución de la población y el progresivo envejecimiento de la misma que la baja natalidad provoca. Los partidarios de las ideas malthusianas, sin duda, pensarán que cuantos menos seamos, más ricos seremos, per cápita. Pero, afortunadamente, las teorías antinatalistas, basadas en el mito de la superpoblación y la insuficiencia de alimentos y recursos naturales para abastecerla, están cada vez más desacreditadas. Los intentos de asustar al mundo, esgrimiendo, desde instituciones teóricamente dedicadas a la población y desarrollo, la cifra de seis mil millones de habitantes que actualmente somos y su extrapolación a los diez mil millones para el año 2050, al objeto de frenar el crecimiento demográfico de los países del Tercer Mundo implantando en ellos políticas de control de la natalidad, incluido el fomento del aborto, han sido desenmascarados por los estudios críticos de los especialistas en la materia.

 

EL ERROR CIENTÍFICO DE LAS POLÍTCAS ANTINATALISTAS

Cada vez son más los que ponen en cuestión tanto el planteamiento comúnmente aceptado, según el cual, el rápido crecimiento de la población impide el desarrollo económico, sobre todo en los países menos desarrollados (PMD), como las intenciones de los que promueven las acciones antinatalistas. Así lo pone de manifiesto un trabajo de Seamus Grimes, profesor de geografía en la Universidad Nacional de Irlanda (Galway), que ha revisado la literatura científica reciente sobre las políticas de población. De hecho, según las investigaciones de F. Furedi, en los últimos quince años apenas se ha publicado un estudio serio que justifique el control de la natalidad basándose en que el aumento de población es un obstáculo al crecimiento económico. Incluso un partidario del control de la natalidad, M. Perlam, reconoce encontrar grandes dificultades para "persuadir a otros -y a mí mismo- de que el argumento a favor de frenar el crecimiento demográfico no adolece de un fallo fatal". Así pues, las convicciones de los controlistas se explican por otros motivos relacionados con intereses menos confesables. El premio Nobel de Economía Amartya Sen, a quien también tuve el honor de conocer con ocasión de unos Encuentros Interdisciplinares organizados por el IESE en Madrid, es uno de los que, a este propósito, señalan la preocupación del mundo rico por su pérdida de peso específico ante el crecimiento demográfico de los PMD. En particular, afirma Sen, preocupa la perspectiva de una "invasión" de inmigrantes procedentes del Sur. Este miedo, que Sen considera infundado, ha motivado que en la ayuda al desarrollo se dé prioridad a la reducción de la natalidad, por delante de otras necesidades más básicas. Por eso, añade Sen, los controlistas rehúsan entender el problema de la población como un problema de subdesarrollo, y se resisten a procurar el bienestar de los PMD mediante el crecimiento y la modernización.

Así se explica que según Paul Demeney, ex-vicepresidente del Population Council (PC) -importante organización antinatalista de Estados Unidos- los demógrafos han cedido a las presiones de las instituciones donantes de fondos y se han plegado a los criterios impuestos por ellas, en detrimento de las exigencias del trabajo científico. Desde finales de los años 60 -concluye Demeney-, cuando USAID, el organismo oficial estadounidense de ayuda al desarrollo, se convirtió en la principal fuente de financiación de los estudios demográficos, esta ciencia acabó convirtiéndose en "sirvienta" de los programas de control de la natalidad. Lo mismo afirma S. Greenhalgh, que también trabajó en el PC y hoy es profesora de antropología en la Universidad de California. Greenhalgh señala que hacia 1950, varios destacados demógrafos norteamericanos dejaron de lado su propia teoría de la transición demográfica, para crear una nueva teoría que justificaba el intervencionismo. Se basaba en que, si bien los campesinos de los PMD son agentes racionales, no limitarán la natalidad por sí solos, porque carecen de los métodos anticonceptivos necesarios para planificar sus familias. Así empezó a difundirse la idea de que en los PMD existe una "demanda insatisfecha" de anticonceptivos, idea tras la cual no es inverosímil suponer que se escudan intereses mercantilistas. Pero, la tesis de la "demanda insatisfecha" de anticonceptivos es una tesis falsa, ya que, según afirma Lant Pritchett, economista del Banco Mundial, las encuestas realizadas para medir la presunta demanda están mal hechas: no "descubren" más que lo que van buscando, pues la misma forma de preguntar induce a los encuestados a decir que quieren lo que el encuestador supone que necesitan.

 

EL CRECIMIENTO DE LA POBLACIÓN, FACTOR DE DESARROLLO

Todo esto sirve, a mi juicio, para confirmar que las pesimistas teorías malthusianas deben definitivamente dar paso a los optimistas principios basados en la creatividad humana para hacer frente a los problemas de todo orden. Por cierto que Malthus, en las sucesivas ediciones de su "Ensayo sobre el principio de población", atemperó su notorio pesimismo, para en la sexta, aparecida en 1826, treinta y ocho años después de la primera, acabar diciendo que debía señalar que "los males derivados del principio de población más bien han disminuido que aumentado".

Un firme adalid, en tiempos recientes, de la defensa del crecimiento de la población, como garantía para el avance económico, fue el profesor Julian Simon, de la Universidad de Maryland, fallecido, inesperadamente, en 1998, a las pocas semanas de haber recibido el Doctorado Honoris Causa, en Ciencias Económicas y Empresariales, por la Universidad de Navarra. El profesor Simon, infatigable trabajador y hombre comprometido con la verdad, además de desmontar con elocuentes cifras la tesis sobre la necesidad de reducir el crecimiento de la población, si no queremos vernos envueltos en un apocalíptico panorama de pobreza y vulnerabilidad, afirma rotundamente que el instrumento por excelencia para el desarrollo no es la reducción arbitraria de la población, sino la población misma.

En su discurso de investidura, Simon insiste, aportando numerosos hechos comprobados por la ciencia, que el actual pesimismo sobre la "crisis" de nuestro planeta es falso. A corto plazo, dice, todos los recursos son limitados. Y con su habitual buen humor, apostilla que "un ejemplo de ello es la cantidad de atención que yo puedo recibir ahora de ustedes". Pero, a largo plazo, la situación es diferente. Desde el comienzo de la edad moderna, el nivel de vida ha aumentado al mismo tiempo que las dimensiones de la población mundial. No existe una razón económica convincente por la cual esta tendencia hacia una vida mejor no pueda continuar indefinidamente. El problema del mundo, añade, no es el exceso de población sino la falta de libertad política y económica. El aumento de la población, de momento, puede causar problemas de escasez. Pero, en ausencia de regulaciones erróneas de la actividad económica, la gente resuelve los problemas y al final se da una situación mejor que si no se hubiera producido la escasez. El último recurso es la gente, especialmente la gente joven cualificada y esperanzada cuando puede obrar con libertad.

Las ideas de Julian Simon coinciden con la teoría de la población de Hayek, planteada en su último libro "La fatal arrogancia", donde afirma que "el aumento demográfico no puede sino resultar favorable a la evolución económica, iniciando procesos de ininterrumpida aceleración hasta constituirse en el factor que fundamentalmente condicione cualquier ulterior avance de la civilización, en sus aspectos materiales o espirituales".

 

LOS INCENTIVOS ECONÓMICOS A LA NATALIDAD

De estas afirmaciones se deduce, centrándome en Europa, la deseabilidad de aumentar la tasa de natalidad desde los bajos niveles actuales, para que aumente el número de jóvenes en la sociedad. De hecho, la gente se da cuenta de que es mejor vivir en un país en el que se observa abundancia de niños, aunque individualmente no quieran tenerlos. Pero, los que responsablemente analizan la situación, tienen que reconocer que si la fecundidad, medida por el número de hijo por mujer, sigue descendiendo, el futuro desarrollo de nuestros países, salvo el recurso masivo a la inmigración, resultará comprometido en extremo. Este es singularmente el caso español, cuya evolución ha sido dramática. Desde un nivel, en 1980, superior a 2,1 hijos por mujer, que es el nivel de reemplazo generacional, en la actualidad nos hemos sumado al comportamiento general de los países de la Unión Europea, ninguno de los cuales alcanza ese requerido 2,1 hijos por mujer, con el agravante de que España, junto tal vez con Italia, se sitúa en el nivel de 1,1 hijos por mujer que es el más bajo de toda la Unión.

Ante este hecho, al margen de la reacción que se pueda producir espontáneamente en las familias, a consecuencia de un cambio en los valores personales y, tal vez, a consecuencia también de un cambio en la actitud de la sociedad frente a las familias numerosas, objeto hoy de crítica burlona, para pasar a ser, como antes fuera, objeto de admiración y respeto, es forzoso pensar que, en la medida que se considere que el aumento del número de hijos generará efectos externos positivos, la sociedad debería incentivar de algún modo el aumento de la natalidad.

Aceptado pues que, si bien la disminución y el aumento de la natalidad responde fundamentalmente, como queda dicho, a factores que no son de orden económico, es bueno que desde la sociedad y, en su representación, desde el Estado, se intente contribuir al crecimiento de la natalidad con estímulos económicos. Descartados, por su práctica inaplicabilidad, como hace el profesor Cabrillo, en su citado libro, las políticas basadas en una correcta definición de los derechos de propiedad de los padres sobre sus hijos y de los rendimientos de su inversión en ellos, como capital humano, parece claro que, en este campo, el estímulo a la fecundidad ha de dirigirse a compensar los gastos que el nacimiento, la crianza y la educación de los hijos, suponen para las familias.

Llegados a esta conclusión, la primera cuestión que se plantea es si todas las familias han de recibir esta ayuda, con independencia de su nivel de renta. La opinión de los economistas a este respecto no es unánime. Unos opinan que si los efectos externos de tener hijos benefician a la sociedad en general, la compensación por la diferencia entre el beneficio social y su propio beneficio privado, debe alcanzar a todos los que tienen hijos, tanto más cuanto más hijos tengan, con independencia de su renta. Pero otros pueden opinar que, siendo la estructura familiar y el número de hijos decisiones individuales, en la que por otra parte, como vengo insistiendo, el factor económico no es el más importante, sólo deberían ser ayudadas aquellas familias en las que el nivel de renta pudiera convertirse en el factor decisivo para no tener hijos. Esta postura, que no parece carezca de fundamento, es la que sostiene las políticas de ayuda familiar difundidas en muchos países y basadas tanto en el nivel de renta para tener derecho a ella, como en el número de hijos para recibirla en menor o mayor grado.

España no es, desde luego, uno de los que, dentro de Europa, se distinga por su especial ayuda a las familias. En primer lugar, los impuestos indirectos, singularmente el IVA, y los directos sobre renta y patrimonio, así como las cotizaciones sociales, con datos del Banco de España para 1998, se llevan un 30% de las rentas brutas de las familias, antes del pago de los impuestos. En lo que se refiere a ayudas en forma de subsidios familiares, tanto si se calculan como porcentaje del salario neto de los perceptores, con uno, dos o más hijos, como si se calculan en forma de porcentaje del gasto en familia-maternidad sobre el gasto total de protección social o sobre el PIB, España ocupa, claramente, el último lugar de la Unión Europea. Aunque no es menos cierto que, en estos países donde la ayuda a las familias es mayor que en España, los resultados, en cuanto al nivel de fecundidad, tampoco han sido especialmente brillantes.

Todo lo cual no obsta para que, sin pensar que el problema de la baja natalidad se resolverá simplemente con ayudas económicas, sigamos reflexionando sobre las distintas maneras de compensar a las familias por los gastos de crianza y educación de los hijos. De nuevo nos enfrentamos con una alternativa; a saber, si la ayuda ha de adoptar la forma de subvención o es mejor que se materialice en forma de desgravación fiscal. A mi juicio, es mejor la segunda opción, ya que con ella es más fácil atenerse al criterio de ligar la cuantía de la ayuda al nivel de renta y, por otra parte, limitarla a un determinado nivel, por debajo del cual empieza el derecho a percibir la ayuda. De esta forma se descarga el presupuesto de aquellos gastos sociales innecesarios, reduciendo así el nivel de impuestos, con la consiguiente mejora de la renta disponible para el conjunto de las familias. El gran error del sistema europeo de Seguridad Social ha sido, precisamente, la universalización y burocratización de la ayuda social.

No ignoro que la protección a la familia mediante la desgravación fiscal, aplicada sin matizaciones, tiene el inconveniente de dejar fuera de la ayuda a los que no declaran para la exacción del impuesto. Por ello, aunque la desgravación fiscal por razones familiares exige, como primer efecto, elevar el nivel por debajo del cual no se pagan impuestos o se tiene derecho a devolución de las retenciones a cuenta realizadas, hay que resolver el caso de aquellos que quedan fuera del mecanismo fiscal mediante el cual se materializa la ayuda familiar.

Con independencia de la alternativa entre subvención o desgravación fiscal, cabe pensar en otra que se definiría por la elección entre el subsidio, sea por entrega monetaria sea por desgravación fiscal, y la provisión de servicios gratuitos. La defensa en favor de la segunda opción se basa en que mediante los servicios gratuitos o subvencionados se logra que la ayuda vaya a los fines de alimentación, sanidad o educación para los que ha sido concebida, evitando el riesgo de que los beneficiarios de la ayuda la empleen en consumos que no se pretendía estimular. Los que objetan la bondad de esta opción lo hacen porque estiman, de acuerdo con los principios liberales, que es el ciudadano y no el Estado, quien mejor conoce sus propias necesidades.

La solución que, a mi juicio, resuelve el dilema, tomando la mejor de cada alternativa, es el sistema de bonos o cheques, sean educativos, sanitarios o de cualquier otra naturaleza. El bono vincula la ayuda al bien o servicio que se pretende subvencionar, pero deja al beneficiario la libertad de elegir entre los suministradores del bien o servicios de qué se trate. En aplicación de este principio, no se deben subvencionar ni guarderías infantiles, ni escuelas, ni centros de educación media o superior, ni centros sanitarios. Lo que hay que subvencionar, mediante el adecuado cheque, según el nivel de renta, son los usuarios, los cuales destinarían el cheque al pago total o parcial de la guardería, escuela, universidad o clínica que les parezca mejor. De esta forma se evitaría, por ejemplo, el hecho, para mí escandaloso, de que con los impuestos, especialmente de la clase media, se pague el 90% de la matrícula, en la Universidad Pública, de los hijos de los más ricos del país. El segundo bien que se derivaría de la utilización de los bonos, sería la competencia entre los centros educativos y sanitarios, los cuales batallarían, en términos de calidad y precio, para atraer a sus clientes, con la consiguiente mejora de la eficiencia. Este modelo deja a salvo la función subsidiaria del Estado, en méritos de la cual se atienden las necesidades educativas y sanitarias de aquellos que tienen necesidad de ser, total o parcialmente, ayudados.

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Como se ha podido comprobar, el asunto de las relaciones entre economía y familia es prácticamente inagotable y, si no fuera porque me temo que hace tiempo que debía haber terminado, podría seguir reflexionando sobre él. Quiero simplemente señalar la inmensidad del tema, para poner de relieve el acierto que tuvo Su Santidad el Papa Juan Pablo II cuando en el año 1982, cuarto de su Pontificado, mediante la Constitución Apostólica "Magnum Matrimonii Sacramentum" decidió conceder reconocimiento jurídico al "Pontificio Instituto para estudios sobre el matrimonio y la familia", a fin de que la verdad natural y revelada sobre el matrimonio y la familia sea investigada con métodos científicos. Auguro para esta Institución un cúmulo creciente de materias a insertar en los planes de estudios de los diplomas, licenciaturas y doctorados que imparte, con el rigor que exige una entidad de esta naturaleza. De manera especial, deseo que esta sección española del Instituto tenga todo el éxito que merece, tanto en el curso que ahora comienza, como en los que le han de suceder, al tiempo que agradezco la atención que se me ha dispensado.

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