Considero
un honroso privilegio haber sido elegido para pronunciar la
lección magistral en el acto de la solemne apertura
del curso 1999-2000 de la sección española del
Pontificio Instituto Juan Pablo II para el estudio del matrimonio
y la familia. Agradezco muy sinceramente esta distinción
al Excmo. y Rvdmo. Sr. Arzobispo D. Agustín García
Gasco, Vice Gran Canciller del Instituto y al Excmo. y Rvdmo.
Sr. Obispo D. Juan Antonio Reig, Vicepresidente Decano del
mismo, así como agradezco al Vicedecano D. Juan Andrés
Talens todas las atenciones que ha tenido conmigo en la preparación
de este acto.
*
* *
El
título de mi lección -Economía y Familia-
se presta a muy variadas interpretaciones. Lejos de mi intención
explicar el comportamiento de las familias y de sus miembros
mediante las leyes económicas. Esto es lo que ha pretendido
hacer el profesor Gary Becker, de la Universidad de Chicago:
fundamentar una "teoría de la familia" en
la teoría neoclásica de los procesos de asignación
de recursos, mediante la elaboración de modelos matemáticos,
muy simplificados, de los que presuntamente deduce conclusiones
sobre la "división del trabajo en la familia";
sobre la "monogamia" y la "poligamia";
y sobre lo que, entre otras llamativas expresiones, llama
"mercados matrimoniales" y "demanda de hijos".
Estos
trabajos del profesor Becker han dado lugar a una aplia polémica,
en pro y en contra de los mismos. Entre nosotros, el profesor
Rafael Rubio de Urquía, de la Universidad Complutense,
ha puesto en duda la validez de los modelos de Gary Becker
para captar los muy complejos procesos de asignación
ínsitos en la dinámica familiar, señalando
los elementos éticos, culturales, religiosos, políticos
-personales, en suma- que intervienen en la acción
humana en general y, por lo tanto, también en la de
los miembros de la familia. Por ello, a juicio del profesor
Rubio de Urquía, necesitaríamos de un paradigma,
basado en la teoría general de la acción humana,
mucho más completo que el neoclásico, para que
nuestros intentos de explicar la dinámica familiar,
incluidas sus decisiones económicas, pudieran ser llevados
a cabo con éxito.
LA
FAMILIA, CÉLULA PRIMERA DE LA SOCIEDAD
Sin
embargo, no es este el tema del que voy a ocuparme ahora.
Mi propósito es más modesto y, al mismo tiempo,
pienso que más acorde con la finalidad de este Pontificio
Instituto, cuyo curso para el presente año escolar
inauguramos. Parto de la convicción, recordada por
Juan Pablo II en su Encíclica "Familiaris consortio",
de que la familia, fundada en el matrimonio tal como fue establecido
por el Creador en el principio, es la célula primera
de la sociedad. Por ello, el Papa, hacia el final de su Encíclica,
proclama que el "futuro de la humanidad se fragua en
la familia".
Pero
la familia posee vínculos vitales y orgánicos
con la sociedad, interaccionando con ella, de forma que, al
tiempo que la familia influye sobre la sociedad, de la que
constituye fundamento y alimento continuo, la sociedad incide,
para bien y para mal, en la familia. A la luz de esta recíproca
relación entre familia y sociedad, se entiende claramente
el contenido profundo y ambivalente de la frase del Sumo Pontífice
que acabo de citar. En efecto, el futuro de la humanidad será
lo que sea la familia, pero, a su vez, que la familia sea
lo que, según el designio del Creador tiene que ser,
dependerá de lo que, en el futuro, sea la sociedad.
Cierto que la familia, toda verdadera familia, disfruta de
una especial providencia de Dios y que la familia fundada
sobre el matrimonio cristiano, cuenta con la gracia específica
del sacramento. Sin embargo, esto, a los cristianos y, sobre
todo, a los laicos a quienes especialmente incumbe la misión
de construir las estructuras terrenas según el querer
de Dios, no nos exime del deber de esforzarnos para que los
valores que imperen en la sociedad y las actuaciones de los
que la componemos, incluido el Estado en el ejercicio de su
función subsidiaria, sean congruentes con los fines
propios de la familia, contribuyan a su logro o, por lo menos,
no lo obstaculicen.
Ahora
bien, la sociedad actúa en múltiples campos,
entre los cuales son especialmente relevantes el cultural,
el político y el económico. Dejando sentado
el importante papel que en relación con la familia
tienen el sistema axiológico, es decir, el ético-cultural,
y el sistema institucional, es decir, el político-jurisdiccional,
mi cometido de hoy me obliga a centrarme en la relación
de lo económico con la familia. Y a este tema dedicaré
las siguientes reflexiones.
LA
ACTIVIDAD ECONÓMICA
Tras
diversas formulaciones, debidas a distintas escuelas de pensamiento,
parece que hoy, apoyándose en la definición
que en 1932 diera Lionel C. Robbins, existe consenso en que
la economía, no tanto como ciencia sino como actividad,
consiste en la que realiza el sujeto, sea individual sea colectivo,
al asignar recursos escasos a fines alternativos; con independencia
de que la asignación se haga en forma espontánea,
dando lugar a la economía de mercado o liberal, o se
haga en forma coactiva, dando paso a la economía intervenida
o socialista. Si bien, también al día de hoy,
la opinión tiende a inclinarse en favor de la primera,
por considerar que es el modelo que, respetando la libertad,
resulta más eficiente para el logro del bienestar.
Sin
embargo, tanto si ha de vivir en uno u otro de los dos modelos,
como si ha de hacerlo, que será lo más frecuente,
en un sistema mixto, la familia, cuando se constituye, sabe
que las necesidades del matrimonio, en un primer momento,
y, después, las de los hijos que sucesivamente vaya
engendrando, serán satisfechas por las rentas del trabajo
del marido y, tal vez, de la mujer, añadidas, eventualmente,
a las rentas de los capitales que los cónyuges hayan
podido aportar al matrimonio. Estas necesidades, en términos
generales, son, en primer lugar, las de consumo, en la amplia
gama que va desde la subsistencia hasta la formación
de los hijos, en los distintos estadios educativos, pasando
por el laudable deseo de sostener y mejorar una determinada
calidad de vida. Pero la familia sabe que, además de
las necesidades de consumo, tiene las de inversión
no sólo para disponer de la vivienda en propiedad,
si este es su deseo, sino también para constituir o
incrementar, con forzosa detracción del consumo presente,
el ahorro adecuado para hacer frente a las necesidades del
futuro, sean previsibles, como son singularmente las derivadas
del cese de la actividad laboral, por el simple paso del tiempo,
sean las imprevisibles u originables en causas fortuitas.
Y
aquí es donde, en el campo económico, aparecen,
por un lado, las relaciones de la familia con las empresas,
ya que, salvo los casos de trabajo por cuenta propia, es de
la empresa de donde proceden las rentas del trabajo para las
familias; y, por otro lado, las relaciones de las familias
con el Estado o, más exactamente, con la faceta fiscal
del Estado, ya que las políticas impositivas sobre
las rentas del trabajo y sobre las rentas del capital incidirán
en la cuantía de la renta disponible, para la realización
de los proyectos de consumo e inversión de las familias,
en la línea que queda dicha.
LAS
RELACIONES FAMILIA - EMPRESA
Empecemos
por la empresa. Muchas son las relaciones que existen entre
la vida en la empresa y la vida en la familia que afectan
a la buena marcha de la una y a la feliz realización
de la otra. Si la familia es verdaderamente un lugar de encuentro,
de acogida cordial y desinteresado diálogo, los directivos
y empleados de la empresa tendrán en la familia el
mejor modo de descansar, reponer fuerzas y desarrollarse humanamente,
todo lo cual redundará en el mejor ejercicio de sus
cometidos dentro de la empresa. De aquí que, en propio
interés de la entidad, una característica básica,
entre otras, de lo que se llama la cultura propia de cada
empresa, debería ser el destierro de las jornadas excesivamente
prolongadas, -vicio que con demasiada frecuencia afecta a
los altos ejecutivos- dada la conveniencia de regresar antes
al hogar, para dedicar más tiempo a la vida familiar.
No se olvide que, en frase de Juan Pablo II, "la familia
posee y comunica todavía hoy energías formidables,
capaces de sacar al hombre del anonimato, de mantenerlo consciente
de su dignidad personal, de enriquecerlo con profunda humanidad
y de injertarlo activamente, en su unicidad e irrepetibilidad,
en el tejido de la sociedad".
En
la familia, en efecto, la comunión interpersonal y
la entrega a los demás desarrolla en las personas lo
que Juan Antonio Pérez López, profesor del IESE,
llamaba la motivación trascendente, que es aquella
que impulsa a las personas a obrar por lo que su acción
aporta a otras personas. Y esta motivación trascendente,
este afán de servir, es la que produce la unidad dentro
de la empresa, es decir, la identificación de empleados
y directivos con el objetivo de la empresa que, amén
de generar beneficios, como condición de subsistencia,
es prestar a la sociedad el servicio propio de su actividad.
La unicidad de la persona humana, induce a pensar, y la experiencia
mayoritaria lo atestigua, que los empleados y directivos empresariales
que tienen una vida familiar lograda, a partir de una felicidad
conyugal, son los que más eficientemente desarrollan
su cargo profesional.
LAS
TENSIONES ENTRE EMRPESA Y FAMILIA
Sin
embargo, no siempre se da este cuadro armónico entre
empresa y vida familiar y, en la sociedad contemporánea,
no sólo no son raros, sino más bien frecuentes,
los casos de tensiones y conflictos entre la empresa y la
familia. Son de muy diversa naturaleza, pero declarándome,
en lo que sigue, deudor del profesor Aquilino Polaino, intentaré
abordar tan sólo unas pocas situaciones concretas que
pienso bastarán para ilustrar esta materia. Una primera
tensión se produce cuando el marido, o la mujer, si
ella también trabaja, exceden los límites de
su legítimo afán de autorrealizarse en el trabajo
y caen víctimas del síndrome del éxito
que no es un valor, como lo es la eficacia, sino un espejismo;
el de aparecer mas que ser, la imagen en lugar de la realidad.
Y cuando la neurosis del éxito surge, sea en el marido
sea en la mujer, lo probable es que estalle el conflicto entre
ellos, ya que, en este caso, ya no juega la cariñosa
admiración por el otro, sino la búsqueda de
la exaltación personal, la admiración hacia
uno mismo. Y esto naturalmente destroza la vida familiar.
Otra
situación conflictiva tiene lugar cuando los cambios
de trabajo en la empresa, los proyectos de ascenso con aumento
de la carga de trabajo, los traslados, o cualquier otra variación
en el cometido profesional, no son tratados a la luz de la
sola meta que el varón y la mujer han de compartir:
ser felices. Lo cual requiere una estabilidad conyugal y familiar
suficientemente fuerte para que no se rompa ni ante los cambios
que en su seno introduce la empresa, la cual tampoco puede
ser indiferente a la adaptación familiar de sus empleados,
ni contra los cambios que por razones naturales o accidentales,
ajenos a la empresa, se producen en la familia.
Una
tercera causa de conflictos, que merece una especial atención,
es la tensión entre la disponibilidad profesional y
la dedicación a la educación de los hijos. Aunque
puede originarse en cualquiera de los dos cónyuges,
esta tensión ha sido tradicionalmente causada por el
varón. Hubo un tiempo en el que la mujer no trabajaba,
si se excluye del concepto trabajo la dedicación de
la mujer a la casa, lo cual, dicho sea de paso, es tremendamente
injusto, no sólo por la carga, en tiempo y esfuerzo,
que significa, sino porque sin el trabajo del ama de casa,
la familia difícilmente puede funcionar. Por esto,
en vez de decir que "la mujer no trabajaba", es
más correcto decir que no trabajaba fuera de casa.
Pero, de hecho, la situación de entonces significaba
un tácito acuerdo en que el cuidado y la educación
en casa de los hijos pertenecía a la mujer. Hoy las
cosas han cambiado y son muchas, aunque no tantas como en
los países que tenemos al Norte, las mujeres que trabajan
en ocupaciones remuneradas fuera del hogar.
EL
TRABAJO DE LA MUJER FUERA DEL HOGAR
En
este supuesto, las cosas cambian. Si el marido, porque trabaja,
está ausente de la casa la mayor parte del día,
y cuando llega, estando tal vez los hijos ya acostados, "no
quiere saber nada", porque "viene agotado de la
oficina", la mujer, que también trabaja fuera
de casa, aunque también esté cansada, tiene
que preparar la cena, bañar a los niños, darles
de comer y acostarlos. El primer efecto de esta situación
es lo que el Profesor Polaino llama el "síndrome
del padre ausente" y los "hijos apátridas",
cuyas indeseables consecuencias, por evidentes, no voy a comentar.
Pero, qué duda cabe que, por otra parte, esta situación
puede derivar en una tensión que produzca enfrentamientos
y recriminaciones mutuas entre los cónyuges y acabe
en un conflicto, más o menos grave, que habrá
que resolver. Tal vez, la solución pase por reconocer
que los papeles masculino y femenino en el ámbito del
matrimonio están hoy en crisis y probablemente algunos
aspectos de estos papeles deberán cambiar, sin que
por ello cambie la sustancia del compromiso conyugal. Lo que,
sin duda, no resuelve el problema es el peregrino invento
de asignar "puntos" a las tareas domésticas,
al objeto de comprobar, al fin de la semana, que ambos cónyuges
han cosechado el mismo número de puntos. La experiencia
dice que estas matemáticas no conducen a nada bueno.
Que
el fenómeno de la mujer trabajando fuera de casa no
es tan acusado en España como en otras partes, lo prueba
el hecho de que la tasa de actividad española, medida
por la relación entre las personas que trabajan o desean
trabajar y las personas en edad de trabajar, es muy inferior
a la media europea, precisamente a causa de la escasa presencia
de la mujer en el mercado del trabajo; pero además,
de las mujeres que desean trabajar, el 27% no lo logran. Esta
tasa de paro femenino es superior al doble de la que existe
en la Unión Europea. En cualquier caso, el fenómeno
de la mujer que trabaja fuera de casa existe y las perspectivas
son que irá a más, lo cual, en principio, no
tiene por qué ser malo, ya que si el trabajo es una
actividad mediante la cual el hombre alcanza su desarrollo,
al tiempo que contribuye a la construcción de la sociedad
en que vive, no parece que tengamos derecho a negar a la mujer
la posibilidad de autorrealizarse en un trabajo profesional
externo. El problema se plantea cuando esta forma de autorrealización
entra en conflicto con aquella otra forma de autorrealizarse
que es específica de la mujer: ser madre, entendido
este concepto no sólo en el sentido biológico,
sino en su más amplia expresión.
La
noruega Janne Haaland Matlary, a quien conozco bien, por haber
venido al IESE para comunicarnos sus experiencias, tiene los
papeles en regla para hablar de esta materia: además
de ser escandinava, es catedrática de Relaciones Internacionales,
es secretaria de Estado de Asuntos Exteriores en el gobierno
de su país y tiene cuatro hijos. En su último
libro, que viene a ser un manifiesto para un nuevo feminismo,
publicado recientemente en Italia bajo el título "Il
tempo de la fioritura", dice: "yo, mujer, no tengo
por qué parecerme a los hombres para conseguir un trabajo,
ni debería verme obligada nunca a esconder que soy
madre. Las cualidades femeninas me hacen fuerte, mientras
que imitar a los hombres me debilita porque entonces no soy
realmente yo misma". El feminismo de los setenta, al
negar a la maternidad respeto y prestigio, deja de lado la
necesidad de conciliar familia y carrera profesional. Es un
tema que no les interesa. Pero a nosotros, a la luz de la
doctrina sobre los fines del matrimonio, "sacramentum
magnum", sí nos interesa.
Las
maneras de hacerlo son varias y los testimonios de las personas
que toman en serio la necesidad de llevarlo a cabo no faltan.
Iba yo un día andando por el monte con dos matrimonios
de mediana edad. Las dos mujeres tenían un historial
profesional que podía compararse ventajosamente con
el de los respectivos maridos. Eran de esta clase de gente
que, siendo responsables en orden a la procreación,
no querían cegar las fuentes de la vida en aras de
la carrera profesional. Cuando ambos matrimonios habían
llegado a tener cuatro hijos, conscientes de que el papel
de los padres en relación con sus hijos va más
allá de alimentarlos y pagar la escuela, cada una de
las dos parejas, sin mediar conversación entre ellas,
llegaron a la misma conclusión. El marido, o la mujer,
dijo al otro cónyuge: o lo dejas tú o lo dejo
yo. En los dos casos, fue la mujer quien dejó el puesto
de trabajo en la empresa, aunque una de ellas, gracias a los
avances tecnológicos, pudo continuar su propia actividad,
de manera distinta, y desde casa, sin merma de la atención
a los hijos.
Esta anécdota nos dice, de paso, algo que hay que tener
muy en cuenta; y es que el trabajo a tiempo parcial y a distancia
por ordenador, ya ahora y más en el futuro, contribuyen
y contribuirán a hacer compatible la carrera profesional
de la mujer y la dedicación a la familia. De hecho,
en la prensa española, ya aparecen anuncios dirigidos
a las mujeres que, además de trabajar en casa, les
gustaría desarrollarse profesionalmente fuera de ella.
En estos anuncios se dice que, si la mujer dispone de cuatro
horas diarias, puede trabajar con contrato laboral y alta
en la Seguridad Social, con un salario interesante, compuesto
de fijo más variable, y oferta de formación
que garantice el éxito de su cometido.
Pero, el abandono, total o parcial, no es la única
fórmula, como hemos visto en el caso Matlary, que tiene
también sus equivalentes en España. Un botón
de muestra, entre muchos otros, lo aporta una española,
master por el IESE, madre de siete hijos y directora empresarial
con un cargo importante, quien defiende con vigor la incorporación
de la mujer al mundo de la empresa, desde el ámbito
personal, empresarial y social. Contra esta postura, dice,
puede argumentarse que una de las causas de la baja natalidad
que impera en las sociedades desarrolladas es la incorporación
de la mujer al trabajo remunerado. Pero, añade, se
trata de un problema complejo en el que, sin duda, influye
la huida de la mujer al mercado de trabajo; pero esto no lo
explica todo. En España, donde la presencia de la mujer
en el trabajo es bastante inferior a la de otros países
europeos, como Francia y Reino Unido, la tasa de natalidad
no sólo es inferior a la de estos países, sino
que es la más baja de Europa. Por lo tanto, parece
que el descenso de la tasa de natalidad, no se puede achacar
exclusivamente al trabajo de la mujer. Hay otras actitudes
sociológicas, que tienen mucho que ver con el hedonismo,
que, sin duda, explican mejor el fenómeno.
En
cualquier caso, nuestra "empresaria" española
opina que para lograr compatibilizar maternidad y trabajo,
el planteamiento adecuado no es aquel que busca llegar al
máximo nivel profesional, sino el que pretende encontrar
un punto de equilibrio en el que ambas funciones sean plenamente
compatibles. Y con ello, se reducen notablemente las situaciones
de conflicto. Sobre todo si la mujer parte de unas condiciones
mínimas de organización personal, distinguiendo,
dice, entre las funciones de madre, de ama de casa y de responsable
del hogar. Son papeles, declara, radicalmente distintos. Ser
madre no significa ser ama de casa. Ser madre no significa
ser la ejecutora de los trabajos domésticos. Ser madre
significa ser la persona responsable, ante los hijos y ante
la familia, del funcionamiento del hogar y desempeñar
personalmente las funciones de madre. A mí me parece
evidente que, para que este sistema funcione es necesario
que esté bien engrasado, lo cual supone que el marido
se implique en el proyecto, asumiendo, en el seno del hogar,
un papel distinto del huésped o del que está
de visita.
Lo que acabamos de decir, no significa que compatibilizar
vida de empresa y vida familiar sea algo fácil para
la madre trabajadora, pero, según nuestra amiga española,
es algo realizable, si se tiene competencia y prestigio profesional;
si se cumple el cometido asignado sin escudarse en falsas
excusas familiares; si se termina eficientemente el trabajo
dentro de la jornada oficial, sin necesidad de prolongarla.
Si, a pesar de ello, se presentan situaciones incompatibles,
como pueden ser desplazamientos excesivos, horarios desordenados,
etc., que, por cierto, no pueden considerarse como consustanciales
a la incorporación de la mujer al trabajo, habrá
que determinar prioridades, como le sucedió a ella
que, para mantener la compatibilidad, decidió cambiar
de empresa, aunque en la que estaba no le faltaba futuro.
LA
EMPRESA ANTE LA MUJER TRABAJADORA
La
incorporación de la mujer al trabajo remunerado, además
de plantear problemas de compatibilidad empresa-familia, que
ella ha de resolver, desde luego que interpela a la empresa,
que ha de ser sensible a la especificidad de la mujer. No
cabe duda que, hoy por hoy, esto no está logrado, ni
mucho menos. Sin embargo, es posible que suceda cuando descubra
que es a ella, a la empresa, a la que interesa contar, en
su plantilla y en los altos niveles de dirección, con
los valores laborales que encierran el matrimonio y la familia
vivida con normalidad. Así opina la noruega Matlary,
a cuyo testimonio vuelvo para escucharle decir. ¿"Qué
directivo del futuro desea empleados sin otra experiencia
de relaciones humanas que la de un matrimonio fracasado? La
madurez que deben adquirir los padres es una riqueza increíblemente
importante para un hombre de negocios consciente de sus acciones.
En el lugar de trabajo, el llamado "capital humano"
sigue siendo la principal riqueza. Los jóvenes agresivos,
cazadores monomaníacos de beneficios, no son desde
luego el capital humano que una buena empresa desea".
"Es preciso mostrar, y que se valore, que "el trabajo
de la maternidad garantiza a la mujer competencias que se
muestran útiles en diversas situaciones profesionales:
saber gestionar muchas cosas simultáneamente, ser práctica
y versátil, constante, paciente y determinada: la familia
es como una pequeña "empresa": hay que gestionarla
y dirigirla".
Estas
afirmaciones pueden parecer ingenuas, pero Janne Matlary,
aporta un revelador dato de su propia experiencia, en relación
con la oposición a la cátedra que ostenta. Su
contrincante era un hombre y el tribunal que debía
decidir sobre los méritos de ambos opositores, declaró
que estaban empatados. Me sorprendió mucho, dice Janne,
porque él era 6 años más joven que yo.
Pero el tribunal resolvió el empate, teniendo en cuenta
que los embarazos, lactancia y cuidados infantiles de los
cuatro hijos de la opositora sumaban ocho años; y le
dio la cátedra a ella, no por ser mujer, sino porque
en menos tiempo había producido más. Por primera
vez en la historia, termina, los miembros del tribunal tuvieron
en cuenta estas consideraciones. No estaban obligados a hacerlo
por ninguna ley, sólo por la del sentido común.
Como
ha podido comprobarse, el problema de la inserción
de la mujer en el mundo de la empresa y las exigencias de
la vida familiar y, en especial, de la maternidad, no tiene
una solución única, pero la experiencia dice
que puede resolverse satisfactoriamente. A ello contribuyen,
desde luego, las disposiciones legales relativas a los permisos
de natalidad con reserva de plaza, cuya última actualización
viene dada por la "ley para promover la conciliación
de la vida familiar y laboral de las personas trabajadoras",
promulgada hace sólo tres días, el 5 del presente
mes de noviembre. Con independencia de los aciertos y errores
que esta ley pueda tener, mi opinión es que la regulación
legal de este tema tendrá tanto más éxito
cuanto más vaya acompañada de disposiciones,
en especial fiscales, que atemperen la reluctancia de las
empresas a contratar mujeres a causa precisamente de los permisos
de maternidad. En cualquier caso, no parece obligado propugnar,
en términos generales, la vuelta inexorable de la mujer
al hogar. Desde luego, las propuestas, para estimular este
retorno, de asignar a las amas de casa un sueldo por parte
del Estado, como remuneración del trabajo que realiza,
suscita, a mi juicio, muchas reservas. Hablando del presunto
"salario del ama de casa", Francisco Cabrillo, Catedrático
de la Universidad Complutense, en su libro "Matrimonio,
familia y economía", dice que con ello se intentaría
remunerar el trabajo doméstico mediante transferencias
financiadas por el sistema impositivo. Para que estas transferencias
estuvieran justificadas desde el punto de vista de la eficiencia
sería preciso que los contribuyentes netos, es decir,
los hombres -casados y solteros- y las mujeres no amas de
casa obtuvieran algún beneficio de la actividad de
quienes cobren tal salario. Estos beneficios externos pueden
surgir en el caso de tener hijos y en la generación
de capital humano que implica su educación. Por esto
las madres que tienen y educan hijos merecen transferencias
públicas, en la forma que veremos. Pero la actividad
de ama de casa en cuanto tal sólo produce beneficios
para ella misma y su propio cónyuge. No parece haber
justificación, por tanto, para que el resto de la sociedad
pague lo que sólo al marido beneficia.
LOS
MUTUOS BENEFICIOS DE LA RELACIÓN EMPRESA - FAMILIA
Es
evidente que las relaciones empresa-familia no se agotan con
las tensiones y eventuales conflictos que hemos analizado.
Afortunadamente, el tema tiene también su cara claramente
positiva. Hay muchos aspectos que acreditan los beneficios
que las empresas aportan a las familias y que se deducen de
la propia definición del fin de la empresa, que en
palabras de Juan Pablo II, "es la existencia misma de
la empresa como comunidad de hombres que, de diversas maneras,
buscan la satisfacción de sus necesidades fundamentales
y constituyen un grupo particular al servicio de la sociedad
entera". Como proyecto humano, dice Antonio Argandoña,
profesor del IESE, glosando la doctrina de la Gaudium et Spes
del Vaticano II, la empresa tiene su propio fin, que es una
faceta del bien de los hombres que la forman, y que éstos
deben procurar, también, para la consecución
de su fin como personas. La empresa es, en definitiva, una
institución que cumple una función específica
en la sociedad. Por ello, cuando el hombre entra a formar
parte de una empresa como propietario, directivo, trabajador,
etc., se integra en un programa de desarrollo personal y social,
con el que contribuye también al bien común
de la sociedad en su conjunto.
La
empresa tiene sus reglas de funcionamiento, su autonomía
propia, que, siendo cierto que no puede ser escamoteada en
nombre de la superioridad de la familia, tampoco puede contradecir
la verdad y el bien del hombre y de la sociedad. En esta línea,
la empresa, produciendo bienes y servicios, satisface las
necesidades de la familia, aunque es exigencia ética
que tal producción, por la naturaleza moral de la misma,
no se convierta en un contraservicio. La empresa utiliza recursos
que en gran parte proceden de la familia y de ello se deriva
la obligación por parte de las empresas de gestionar
eficazmente estos recursos para la creación de verdadero
valor económico que redunde en beneficio del sostenimiento
de las familias. La empresa es la mayor ofertante de puestos
de trabajo. Aunque ciertamente no puede incluirse entre sus
obligaciones la de asegurar el pleno empleo, sí cabe
exigir a los directivos empresariales la imaginación
necesaria para, en la medida que las disposiciones estatales
sobre fiscalidad y cargas sociales no lo impidan, crear puestos
de trabajo estables y productivos, en provecho de las familias
ya que, según la "Laborem excersens" el trabajo
es el fundamento sobre el que se forma la vida familiar.
*
* *
Estas prestaciones de la empresa a las familias, unidas a
los beneficios que las familias, como formadores de hombres,
aportan a las empresas, según quedó dicho antes,
espero que habrán sido suficientes para subrayar la
interacción empresa-familia y las exigencias para que
la misma sea benéfica para ambas. Dejando a las empresas,
pasemos ahora a las relaciones económicas de la familia
con la sociedad en general y con el Estado, que no debería
ser otra cosa que la institución creada por la sociedad
para servirle en el mejor logro de los fines que la propia
sociedad se propone.
LA
SOCIEDAD ANTE EL PROBLEMA DE LA BAJA NATALIDAD
Al
hilo de las anteriores reflexiones, ha aparecido, aunque de
forma tangencial, el problema de la muy baja tasa de natalidad
que afecta a España. Es una cuestión que sale
a relucir con frecuencia, cuando se trata el tema de las pensiones,
en el sentido de que la baja natalidad, unida a la mayor esperanza
de vida, provoca el envejecimiento de la población
española y, por ende, disminuye la proporción
entre personas activas y personas jubiladas, con lo cual aumenta
el riesgo del fallo del sistema de pensiones. Se trata, a
mi juicio, de un planteamiento falso del problema. La causa
del previsible desequilibrio del sistema español de
pensiones no es la baja natalidad, sino el propio modelo de
pensiones, público y de reparto, que los sucesivos
gobiernos, desde mediados de los años cincuenta, han
establecido y mantenido. Si el sistema en vez de ser de reparto
-modalidad en la que, efectivamente, las pensiones de los
jubilados se sufragan con las contribuciones corrientes de
los trabajadores activos- fuera un modelo de capitalización,
en el que la futura pensión de jubilación de
cada uno se obtiene mediante la capitalización de sus
propias aportaciones a lo largo de su vida laboral, se vería
que el tema de la baja tasa de natalidad, substancialmente,
no tiene nada que ver con la eficiente constitución
de la pensión de jubilación.
Lo
cual, naturalmente, no quiere decir que el hecho de la baja
natalidad no sea un problema. No por el asunto de las pensiones
que se puede, y debería, resolver cambiando el modelo
público y de reparto por un sistema privado y de capitalización,
sino por la disminución de la población y el
progresivo envejecimiento de la misma que la baja natalidad
provoca. Los partidarios de las ideas malthusianas, sin duda,
pensarán que cuantos menos seamos, más ricos
seremos, per cápita. Pero, afortunadamente, las teorías
antinatalistas, basadas en el mito de la superpoblación
y la insuficiencia de alimentos y recursos naturales para
abastecerla, están cada vez más desacreditadas.
Los intentos de asustar al mundo, esgrimiendo, desde instituciones
teóricamente dedicadas a la población y desarrollo,
la cifra de seis mil millones de habitantes que actualmente
somos y su extrapolación a los diez mil millones para
el año 2050, al objeto de frenar el crecimiento demográfico
de los países del Tercer Mundo implantando en ellos
políticas de control de la natalidad, incluido el fomento
del aborto, han sido desenmascarados por los estudios críticos
de los especialistas en la materia.
EL
ERROR CIENTÍFICO DE LAS POLÍTCAS ANTINATALISTAS
Cada
vez son más los que ponen en cuestión tanto
el planteamiento comúnmente aceptado, según
el cual, el rápido crecimiento de la población
impide el desarrollo económico, sobre todo en los países
menos desarrollados (PMD), como las intenciones de los que
promueven las acciones antinatalistas. Así lo pone
de manifiesto un trabajo de Seamus Grimes, profesor de geografía
en la Universidad Nacional de Irlanda (Galway), que ha revisado
la literatura científica reciente sobre las políticas
de población. De hecho, según las investigaciones
de F. Furedi, en los últimos quince años apenas
se ha publicado un estudio serio que justifique el control
de la natalidad basándose en que el aumento de población
es un obstáculo al crecimiento económico. Incluso
un partidario del control de la natalidad, M. Perlam, reconoce
encontrar grandes dificultades para "persuadir a otros
-y a mí mismo- de que el argumento a favor de frenar
el crecimiento demográfico no adolece de un fallo fatal".
Así pues, las convicciones de los controlistas se explican
por otros motivos relacionados con intereses menos confesables.
El premio Nobel de Economía Amartya Sen, a quien también
tuve el honor de conocer con ocasión de unos Encuentros
Interdisciplinares organizados por el IESE en Madrid, es uno
de los que, a este propósito, señalan la preocupación
del mundo rico por su pérdida de peso específico
ante el crecimiento demográfico de los PMD. En particular,
afirma Sen, preocupa la perspectiva de una "invasión"
de inmigrantes procedentes del Sur. Este miedo, que Sen considera
infundado, ha motivado que en la ayuda al desarrollo se dé
prioridad a la reducción de la natalidad, por delante
de otras necesidades más básicas. Por eso, añade
Sen, los controlistas rehúsan entender el problema
de la población como un problema de subdesarrollo,
y se resisten a procurar el bienestar de los PMD mediante
el crecimiento y la modernización.
Así
se explica que según Paul Demeney, ex-vicepresidente
del Population Council (PC) -importante organización
antinatalista de Estados Unidos- los demógrafos han
cedido a las presiones de las instituciones donantes de fondos
y se han plegado a los criterios impuestos por ellas, en detrimento
de las exigencias del trabajo científico. Desde finales
de los años 60 -concluye Demeney-, cuando USAID, el
organismo oficial estadounidense de ayuda al desarrollo, se
convirtió en la principal fuente de financiación
de los estudios demográficos, esta ciencia acabó
convirtiéndose en "sirvienta" de los programas
de control de la natalidad. Lo mismo afirma S. Greenhalgh,
que también trabajó en el PC y hoy es profesora
de antropología en la Universidad de California. Greenhalgh
señala que hacia 1950, varios destacados demógrafos
norteamericanos dejaron de lado su propia teoría de
la transición demográfica, para crear una nueva
teoría que justificaba el intervencionismo. Se basaba
en que, si bien los campesinos de los PMD son agentes racionales,
no limitarán la natalidad por sí solos, porque
carecen de los métodos anticonceptivos necesarios para
planificar sus familias. Así empezó a difundirse
la idea de que en los PMD existe una "demanda insatisfecha"
de anticonceptivos, idea tras la cual no es inverosímil
suponer que se escudan intereses mercantilistas. Pero, la
tesis de la "demanda insatisfecha" de anticonceptivos
es una tesis falsa, ya que, según afirma Lant Pritchett,
economista del Banco Mundial, las encuestas realizadas para
medir la presunta demanda están mal hechas: no "descubren"
más que lo que van buscando, pues la misma forma de
preguntar induce a los encuestados a decir que quieren lo
que el encuestador supone que necesitan.
EL
CRECIMIENTO DE LA POBLACIÓN, FACTOR DE DESARROLLO
Todo
esto sirve, a mi juicio, para confirmar que las pesimistas
teorías malthusianas deben definitivamente dar paso
a los optimistas principios basados en la creatividad humana
para hacer frente a los problemas de todo orden. Por cierto
que Malthus, en las sucesivas ediciones de su "Ensayo
sobre el principio de población", atemperó
su notorio pesimismo, para en la sexta, aparecida en 1826,
treinta y ocho años después de la primera, acabar
diciendo que debía señalar que "los males
derivados del principio de población más bien
han disminuido que aumentado".
Un
firme adalid, en tiempos recientes, de la defensa del crecimiento
de la población, como garantía para el avance
económico, fue el profesor Julian Simon, de la Universidad
de Maryland, fallecido, inesperadamente, en 1998, a las pocas
semanas de haber recibido el Doctorado Honoris Causa, en Ciencias
Económicas y Empresariales, por la Universidad de Navarra.
El profesor Simon, infatigable trabajador y hombre comprometido
con la verdad, además de desmontar con elocuentes cifras
la tesis sobre la necesidad de reducir el crecimiento de la
población, si no queremos vernos envueltos en un apocalíptico
panorama de pobreza y vulnerabilidad, afirma rotundamente
que el instrumento por excelencia para el desarrollo no es
la reducción arbitraria de la población, sino
la población misma.
En
su discurso de investidura, Simon insiste, aportando numerosos
hechos comprobados por la ciencia, que el actual pesimismo
sobre la "crisis" de nuestro planeta es falso. A
corto plazo, dice, todos los recursos son limitados. Y con
su habitual buen humor, apostilla que "un ejemplo de
ello es la cantidad de atención que yo puedo recibir
ahora de ustedes". Pero, a largo plazo, la situación
es diferente. Desde el comienzo de la edad moderna, el nivel
de vida ha aumentado al mismo tiempo que las dimensiones de
la población mundial. No existe una razón económica
convincente por la cual esta tendencia hacia una vida mejor
no pueda continuar indefinidamente. El problema del mundo,
añade, no es el exceso de población sino la
falta de libertad política y económica. El aumento
de la población, de momento, puede causar problemas
de escasez. Pero, en ausencia de regulaciones erróneas
de la actividad económica, la gente resuelve los problemas
y al final se da una situación mejor que si no se hubiera
producido la escasez. El último recurso es la gente,
especialmente la gente joven cualificada y esperanzada cuando
puede obrar con libertad.
Las
ideas de Julian Simon coinciden con la teoría de la
población de Hayek, planteada en su último libro
"La fatal arrogancia", donde afirma que "el
aumento demográfico no puede sino resultar favorable
a la evolución económica, iniciando procesos
de ininterrumpida aceleración hasta constituirse en
el factor que fundamentalmente condicione cualquier ulterior
avance de la civilización, en sus aspectos materiales
o espirituales".
LOS
INCENTIVOS ECONÓMICOS A LA NATALIDAD
De
estas afirmaciones se deduce, centrándome en Europa,
la deseabilidad de aumentar la tasa de natalidad desde los
bajos niveles actuales, para que aumente el número
de jóvenes en la sociedad. De hecho, la gente se da
cuenta de que es mejor vivir en un país en el que se
observa abundancia de niños, aunque individualmente
no quieran tenerlos. Pero, los que responsablemente analizan
la situación, tienen que reconocer que si la fecundidad,
medida por el número de hijo por mujer, sigue descendiendo,
el futuro desarrollo de nuestros países, salvo el recurso
masivo a la inmigración, resultará comprometido
en extremo. Este es singularmente el caso español,
cuya evolución ha sido dramática. Desde un nivel,
en 1980, superior a 2,1 hijos por mujer, que es el nivel de
reemplazo generacional, en la actualidad nos hemos sumado
al comportamiento general de los países de la Unión
Europea, ninguno de los cuales alcanza ese requerido 2,1 hijos
por mujer, con el agravante de que España, junto tal
vez con Italia, se sitúa en el nivel de 1,1 hijos por
mujer que es el más bajo de toda la Unión.
Ante
este hecho, al margen de la reacción que se pueda producir
espontáneamente en las familias, a consecuencia de
un cambio en los valores personales y, tal vez, a consecuencia
también de un cambio en la actitud de la sociedad frente
a las familias numerosas, objeto hoy de crítica burlona,
para pasar a ser, como antes fuera, objeto de admiración
y respeto, es forzoso pensar que, en la medida que se considere
que el aumento del número de hijos generará
efectos externos positivos, la sociedad debería incentivar
de algún modo el aumento de la natalidad.
Aceptado
pues que, si bien la disminución y el aumento de la
natalidad responde fundamentalmente, como queda dicho, a factores
que no son de orden económico, es bueno que desde la
sociedad y, en su representación, desde el Estado,
se intente contribuir al crecimiento de la natalidad con estímulos
económicos. Descartados, por su práctica inaplicabilidad,
como hace el profesor Cabrillo, en su citado libro, las políticas
basadas en una correcta definición de los derechos
de propiedad de los padres sobre sus hijos y de los rendimientos
de su inversión en ellos, como capital humano, parece
claro que, en este campo, el estímulo a la fecundidad
ha de dirigirse a compensar los gastos que el nacimiento,
la crianza y la educación de los hijos, suponen para
las familias.
Llegados
a esta conclusión, la primera cuestión que se
plantea es si todas las familias han de recibir esta ayuda,
con independencia de su nivel de renta. La opinión
de los economistas a este respecto no es unánime. Unos
opinan que si los efectos externos de tener hijos benefician
a la sociedad en general, la compensación por la diferencia
entre el beneficio social y su propio beneficio privado, debe
alcanzar a todos los que tienen hijos, tanto más cuanto
más hijos tengan, con independencia de su renta. Pero
otros pueden opinar que, siendo la estructura familiar y el
número de hijos decisiones individuales, en la que
por otra parte, como vengo insistiendo, el factor económico
no es el más importante, sólo deberían
ser ayudadas aquellas familias en las que el nivel de renta
pudiera convertirse en el factor decisivo para no tener hijos.
Esta postura, que no parece carezca de fundamento, es la que
sostiene las políticas de ayuda familiar difundidas
en muchos países y basadas tanto en el nivel de renta
para tener derecho a ella, como en el número de hijos
para recibirla en menor o mayor grado.
España
no es, desde luego, uno de los que, dentro de Europa, se distinga
por su especial ayuda a las familias. En primer lugar, los
impuestos indirectos, singularmente el IVA, y los directos
sobre renta y patrimonio, así como las cotizaciones
sociales, con datos del Banco de España para 1998,
se llevan un 30% de las rentas brutas de las familias, antes
del pago de los impuestos. En lo que se refiere a ayudas en
forma de subsidios familiares, tanto si se calculan como porcentaje
del salario neto de los perceptores, con uno, dos o más
hijos, como si se calculan en forma de porcentaje del gasto
en familia-maternidad sobre el gasto total de protección
social o sobre el PIB, España ocupa, claramente, el
último lugar de la Unión Europea. Aunque no
es menos cierto que, en estos países donde la ayuda
a las familias es mayor que en España, los resultados,
en cuanto al nivel de fecundidad, tampoco han sido especialmente
brillantes.
Todo
lo cual no obsta para que, sin pensar que el problema de la
baja natalidad se resolverá simplemente con ayudas
económicas, sigamos reflexionando sobre las distintas
maneras de compensar a las familias por los gastos de crianza
y educación de los hijos. De nuevo nos enfrentamos
con una alternativa; a saber, si la ayuda ha de adoptar la
forma de subvención o es mejor que se materialice en
forma de desgravación fiscal. A mi juicio, es mejor
la segunda opción, ya que con ella es más fácil
atenerse al criterio de ligar la cuantía de la ayuda
al nivel de renta y, por otra parte, limitarla a un determinado
nivel, por debajo del cual empieza el derecho a percibir la
ayuda. De esta forma se descarga el presupuesto de aquellos
gastos sociales innecesarios, reduciendo así el nivel
de impuestos, con la consiguiente mejora de la renta disponible
para el conjunto de las familias. El gran error del sistema
europeo de Seguridad Social ha sido, precisamente, la universalización
y burocratización de la ayuda social.
No
ignoro que la protección a la familia mediante la desgravación
fiscal, aplicada sin matizaciones, tiene el inconveniente
de dejar fuera de la ayuda a los que no declaran para la exacción
del impuesto. Por ello, aunque la desgravación fiscal
por razones familiares exige, como primer efecto, elevar el
nivel por debajo del cual no se pagan impuestos o se tiene
derecho a devolución de las retenciones a cuenta realizadas,
hay que resolver el caso de aquellos que quedan fuera del
mecanismo fiscal mediante el cual se materializa la ayuda
familiar.
Con
independencia de la alternativa entre subvención o
desgravación fiscal, cabe pensar en otra que se definiría
por la elección entre el subsidio, sea por entrega
monetaria sea por desgravación fiscal, y la provisión
de servicios gratuitos. La defensa en favor de la segunda
opción se basa en que mediante los servicios gratuitos
o subvencionados se logra que la ayuda vaya a los fines de
alimentación, sanidad o educación para los que
ha sido concebida, evitando el riesgo de que los beneficiarios
de la ayuda la empleen en consumos que no se pretendía
estimular. Los que objetan la bondad de esta opción
lo hacen porque estiman, de acuerdo con los principios liberales,
que es el ciudadano y no el Estado, quien mejor conoce sus
propias necesidades.
La
solución que, a mi juicio, resuelve el dilema, tomando
la mejor de cada alternativa, es el sistema de bonos o cheques,
sean educativos, sanitarios o de cualquier otra naturaleza.
El bono vincula la ayuda al bien o servicio que se pretende
subvencionar, pero deja al beneficiario la libertad de elegir
entre los suministradores del bien o servicios de qué
se trate. En aplicación de este principio, no se deben
subvencionar ni guarderías infantiles, ni escuelas,
ni centros de educación media o superior, ni centros
sanitarios. Lo que hay que subvencionar, mediante el adecuado
cheque, según el nivel de renta, son los usuarios,
los cuales destinarían el cheque al pago total o parcial
de la guardería, escuela, universidad o clínica
que les parezca mejor. De esta forma se evitaría, por
ejemplo, el hecho, para mí escandaloso, de que con
los impuestos, especialmente de la clase media, se pague el
90% de la matrícula, en la Universidad Pública,
de los hijos de los más ricos del país. El segundo
bien que se derivaría de la utilización de los
bonos, sería la competencia entre los centros educativos
y sanitarios, los cuales batallarían, en términos
de calidad y precio, para atraer a sus clientes, con la consiguiente
mejora de la eficiencia. Este modelo deja a salvo la función
subsidiaria del Estado, en méritos de la cual se atienden
las necesidades educativas y sanitarias de aquellos que tienen
necesidad de ser, total o parcialmente, ayudados.
*
* *
Como
se ha podido comprobar, el asunto de las relaciones entre
economía y familia es prácticamente inagotable
y, si no fuera porque me temo que hace tiempo que debía
haber terminado, podría seguir reflexionando sobre
él. Quiero simplemente señalar la inmensidad
del tema, para poner de relieve el acierto que tuvo Su Santidad
el Papa Juan Pablo II cuando en el año 1982, cuarto
de su Pontificado, mediante la Constitución Apostólica
"Magnum Matrimonii Sacramentum" decidió conceder
reconocimiento jurídico al "Pontificio Instituto
para estudios sobre el matrimonio y la familia", a fin
de que la verdad natural y revelada sobre el matrimonio y
la familia sea investigada con métodos científicos.
Auguro para esta Institución un cúmulo creciente
de materias a insertar en los planes de estudios de los diplomas,
licenciaturas y doctorados que imparte, con el rigor que exige
una entidad de esta naturaleza. De manera especial, deseo
que esta sección española del Instituto tenga
todo el éxito que merece, tanto en el curso que ahora
comienza, como en los que le han de suceder, al tiempo que
agradezco la atención que se me ha dispensado.
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