Gracias
a la amabilidad de la Facultad de Ciencias Económicas
de la Universidad Francisco Marroquín, que mucho agradezco,
he podido conocer el texto de la ponencia que el profesor
Gabriel Zanotti presentó en el foro "Cristianismo
y Liberalismo" que dicha Facultad organizó el
pasado mes de agosto, así como el contenido de la respuesta
a la presentación del profesor Zanotti, debida al Padre
Mario Molina.
El
Director de Laissez-Faire me ha pedido un comentario para
publicar en la Revista, junto con los dos trabajos citados.
Con mucho gusto acepto la invitación.
Conozco
la obra del profesor Zanotti, economista de profunda formación
tomista, a quien he tenido el gusto de escuchar en varias
ocasiones. Su ponencia, con cuyo contenido coincido plenamente,
es la que podía esperarse de un liberal inscrito en
la corriente iusnaturalista cristiana a la que nos sentimos
vinculados aquellos que pensamos que no hay antagonismo, sino
compatibilidad, y hasta complementariedad, entre la Doctrina
de la Iglesia Católica y el liberalismo, incluido el
económico, a veces designado con el siempre conflictivo
nombre de capitalismo.
EL
MALENTENDIDO Y SUS CAUSAS
La
respuesta del Padre Mario Molina, elaborada a partir del interrogante
"¿Malentendido o Antagonismo?" que se cierne
sobre las dos realidades -doctrina católica y liberalismo-,
descartando el malentendido, ya que, según dice, "los
impulsores de una y otra disciplina comprenden bien de qué
hablamos", parece inclinarse no tanto por el antagonismo
como por la incompatibilidad de principios. Dejando sentado
que la argumentación del doctor Molina me ha parecido
bien estructurada y expuesta en términos moderados,
desde un buen conocimiento de la materia económica,
que contrasta con las más que ligeras afirmaciones
a que, hablando de economía, nos tienen acostumbrados
no pocos eclesiásticos, mi opinión es la contraria:
puesto que, como más adelante veremos, el estudio sereno
demuestra que nada se opone entre la doctrina social de la
Iglesia y los principios en que se basa el liberalismo económico-político,
forzoso es admitir que la animadversión que muchos
cristianos de buena voluntad -clérigos y laicos- sienten
hacia, especialmente, el liberalimo económico, tiene
que ser debida a un malentendido.
¿Y
cuáles son las causas de este malentendido? A mi juicio,
las principales son dos. La primera es el resultado indirecto,
y sin duda no deseado, de la postura que el Magisterio se
vio obligado a tomar frente a la herejía modernista.
A partir de esta actitud se desarrolló, en el terreno
económico, una falta de entendimiento y mutua suspicacia
entre los "liberales" y la autoridad eclesiástica,
con el consiguiente, aunque no justificado, alejamiento de
la Iglesia de muchos economistas a los que les parecía
que los eclesiásticos censuraban, como moralmente malos,
precisamente aquellos principios económicos en los
que ellos veían que descansaban las esperanzas de mayor
bienestar para los pueblos.
Pero
a este respecto hay que advertir que las condenas de Gregorio
XVI en la Encíclica "Mirari vos" y, más
específicamente, de Pío IX en la "Quanta
cura" y Pío X en la "Pascendi", no son
contra el liberalismo económico, ni contra la defensa,
frente a toda opresión, de la libertad -valor fundamental
y constitutivo del hombre como ser racional así creado
por Dios- sino contra desviaciones y errores dogmáticos
y morales derivados del liberalismo filosófico, basado
en una supuesta autonomía del hombre ante Dios y ante
la ley moral objetiva como norma última de conducta.
Este liberalismo es el que de nuevo condena Pablo VI en la
"Octogesima adveniens" cuando dice que "en
su raíz misma el liberalismo filosófico es una
afirmación errónea de la autonomía del
individuo en su actividad, sus motivaciones, el ejercicio
de su libertad".
Pero
este liberalismo no tiene nada que ver con el liberalismo
de los escolásticos de Salamanca -Vitoria, Suárez
y sus discípulos- en los siglos XVI y XVII; ni con
el liberalismo político de Locke que, en las postrimerías
del mismo siglo XVII, se yergue como el precursor de la democracia
constitucional y a quien, a pesar de ciertas comprensibles
desviaciones en sus juicios sobre la Iglesia Católica,
hay que agradecer sus aportaciones, esencialmente correctas
desde el punto de vista doctrinal, en defensa de las libertades
individuales y del estado de derecho; ni, en fin, con el liberalismo
económico de Adam Smith, que además de economista
era moralista, aunque al estilo de los deístas escoceses
de su época, y quien, en sus dos grandes obras "Teoría
de los sentimientos morales" y "La riqueza de las
naciones", buscando la causa de esta riqueza, elaboró
la teoría del interés propio racional que excede
con creces la preocupación exclusiva por uno mismo,
el egoísmo, la avidez y la codicia.
Ninguno
de estos liberalismos ha sido condenado por la Iglesia y por
esto hay que recordar la distinción que, según
Juan XXIII y también Pablo VI, hay que hacer entre
teorías filosóficas falsas y corrientes o movimientos
históricos de carácter económico, social,
cultural o político, aunque los primeros defensores
de estas corrientes fueran liberales filosóficos.
Esto
es lo que parece no tener en cuenta el doctor Molina cuando,
en los primeros párrafos de su respuesta, comete, a
mi entender, dos errores: el primero suponer que -al igual
que hicieron los "cristianos por el socialismo"-
los liberales pretenden defender su modelo apoyándose
en la teología católica. Jamás los liberales,
de ninguna especie, han defendido su cosmovisión afirmando
que era la católica; lo único que los liberales
católicos decimos es que, nuestro modelo que, como
sistema de organización social es el que antes y mejor
concurre al bien común, en sí mismo, no contradice
ningún postulado de la doctrina católica. Y
que se trata de una de las opciones que, todo católico,
en el ejercicio de la libertad en lo temporal que la Iglesia
le otorga, puede elegir.
El
segundo error del doctor Molina, en este pasaje de su discurso,
es suponer que los aportes del sistema de economía
de mercado se basan en los principios del liberalismo filosófico
que un día fueron condenados. La economía de
mercado no necesita de estos desviados principios filosóficos
ni de ningunos otros; le basta con apoyarse en la libertad,
que es la característica esencial y distinta del hombre
y en cuyo responsable ejercicio radica su dignidad. Libertad
que, en cambio, resulta maltrecha en el modelo socialista
De
hecho, el Papa Juan Pablo II, en su Encíclica "Centesimus
annus", última expresión y puesta al día
de cien años de Doctrina Social de la Iglesia, dice
claramente que el error fundamental del socialismo es de carácter
antropológico. "Efectivamente -argumenta el Pontífice-
el socialismo considera a todo hombre como un simple elemento
y una molécula del organismo social, de manera que
el bien del individuo se subordina al funcionamiento del mecanismo
económico-social. Por otra parte, considera que este
mismo bien pueda ser alcanzado al margen de su opción
autónoma, de su responsabilidad asumida, única
y exclusiva, ante el bien o el mal. El hombre queda reducido
así a una serie de relaciones sociales, desapareciendo
el concepto de persona como sujeto autónomo de decisión
moral, que es quien edifica el orden social, mediante tal
decisión".
Este
concreto error antropológico no existe en el capitalismo,
si se me acepta que para simplificar designe con este nombre
al liberalismo económico o economía de libre
empresa. Para probarlo me bastará aducir los textos
relativos a este tema que aparecen en la misma Encíclica
papal, sin que de ello se pueda deducir que esté sosteniendo
que Juan Pablo II apruebe cualquier clase de capitalismo.
Si es así o no, ya lo veremos más adelante.
Pero en lo que se refiere al aspecto antropológico,
es innegable que el Papa dice que "la moderna economía
de empresa comporta aspectos positivos, cuya raíz es
la libertad de la persona, que se expresa en el campo económico
y en otros campos. En efecto, la economía es un sector
de la múltiple actividad humana y en ella, como en
todos los demás campos, es tan válido el derecho
a la libertad como el deber de hacer uso responsable del mismo".5
Es decir, se atribuye a la raíz del sistema capitalista
exactamente lo que sustancialmente se echa en falta en el
sistema socialista: el respeto a la libertad de la persona.
Esta
es la filosofía, la antropología, que late en
el liberalismo, por lo menos tal como se entiende y práctica
al día de hoy. Por ello, rechazar las recomendaciones
de los economistas liberales en nombre de la condena del liberalismo
filosófico, que en su día hizo la Iglesia, es
una equivocación, cuyas repercusiones pueden ser graves,
por lo menos en cuanto que contribuye al malentendido que,
recíprocamente, existe entre determinados economistas
liberales y la doctrina social de la Iglesia, y entre determinados
católicos y el liberalismo.
La
segunda causa del malentendido que, a mi juicio, existe entre
ciertos católicos y el liberalismo, es la confusión
en que incurren estas personas y a la que, con todos mis respetos
hacía él, me parece no escapa el doctor Molina,
al igual que bastantes de sus colegas, sobre todo en Iberoamérica,
cuando atribuyen al sistema de economía liberal, o
capitalismo, la situación de pobreza en que se hallan
grandes estratos de la población de los países
que integran esta zona. Me refiero a la confusión entre
"capitalismo" que, con escasas y temporales excepciones,
nunca ha regido en estos países, y "mercantilismo"
que era el modelo vigente en las metrópolis y que,
copiado por las colonias, en el momento de su independencia,
perdura hasta hoy. El mercantilismo, al que podría
llamarse capitalismo monopolístico de Estado, proclive
a la creación de privilegios contra apoyos al sistema,
es el que explica que la gente común de los países
de Iberoamérica, a la merced de criterios culturales
excluyentes de las verdaderas libertades políticas
y económicas, y dominados por oligarquías o
grupos de intereses, permanentemente o en forma rotativa asentados
en el poder, se hallen sumidos en la pobreza, de la que con
razón se quejan. Pero se equivocan al culpar de su
situación al sistema de economía liberal, que
nunca han tenido y que, gracias a una distinta concepción
política y económica, ha propiciado el desarrollo
de otras naciones y, entre ellas, especialmente, las asentadas
al norte del Río Bravo.
LA
DOCTRINA DE LA IGLESIA Y EL LIBERALISMO
La
única forma de deshacer el malentendido de que voy
hablando, es recordar, en primer lugar, en que consiste la
doctrina social de la Iglesia. Para ello, nada mejor que acudir
a la definición de Juan Pablo II en su "Sollicitudo
rei socialis", donde leemos: "La Iglesia no propone
sistemas o programas económicos y políticos,
ni manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal de
que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida,
y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio
en el mundo". Pero la Iglesia -sigue diciendo Juan Pablo
II- es experta en humanidad, y esto la mueve a extender necesariamente
su misión religiosa a los diversos campos en que los
hombres y mujeres desarrollan sus actividades, en busca de
la felicidad, aunque siempre relativa, que es posible en este
mundo, de acuerdo con su dignidad de personas. Por esto la
Iglesia tiene una palabra que decir (...) y a este fin utiliza
como instrumento su doctrina social...".
"La
doctrina social de la Iglesia -concluye el Pontífice-
no es, pues, una tercera vía entre el capitalismo liberal
y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa
a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino
que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología,
sino la cuidadosa formulación del resultado de una
atenta reflexión sobre las complejas realidades de
la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional,
a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo
principal es interpretar esas realidades, examinando su
conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña
acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez,
trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana.
Por tanto, no pertenece -la doctrina social- al ámbito
de la ideología, sino al de la teología, y especialmente
de la teología moral".
Sentado
lo que es -y lo que no es- la doctrina social de la Iglesia,
procede ahora, siguiendo el dictado del Papa, ver cómo
esta doctrina, expuesta en los documentos magisteriales que
jalonan los cien años transcurridos desde la "Rerum
novarun" (1891) hasta la "Centesimus annus"
(1991), interpreta y juzga, desde el punto de vista
moral, las realidades contenidas en el liberalismo
económico o capitalismo democrático. Pero, si
queremos hablar del capitalismo para relacionarlo con la doctrina
social de la Iglesia, antes hay que ponerse de acuerdo en
que hoy, y desde hace muchas décadas, capitalismo es
ni más ni menos que un modelo de organización
económica en el que la cooperación social para
el logro del bienestar común se supone que se produce
de forma espontánea, en contraste con el modelo socialista,
en el que la cooperación tiene lugar de forma coactiva.
El capitalismo, o "economía de mercado",
como algunos, y entre ellos el propio Juan Pablo II, prefieren
llamarlo, es un modelo basado en la propiedad privada, incluso
de los bienes de producción; que utiliza el mecanismo
de los precios como el instrumento óptimo para la eficiente
asignación de recursos; y en el que todas las personas
libremente responsables de su futuro, pueden decidir las actividades
que desean emprender, asumiendo el riesgo del fracaso a cambio
de la expectativa de poder disfrutar del beneficio si éste
se produce.
En
este modelo, el Estado no debe interferir en la mecánica
del mercado, ni intervenir, salvo para el ejercicio de un
reducido papel subsidiario, en aquellas actividades de los
ciudadanos que el propio mercado encauza. Lo cual no quiere
decir negar el papel del Estado, sino más bien afirmar
que, al lado de sus primigenias funciones como guardián
del orden y administrador de la justicia, compete al Estado,
como servidor que debe ser de la sociedad, velar por la pureza
del funcionamiento del mercado, creando y manteniendo un marco
legal para que la actividad económica encuentre sus
propios objetivos y solvente por ella misma los conflictos
que puedan existir.
Y
¿qué dice la doctrina social católica
en relación con los tres elementos que integran la
definición del capitalismo? Veamos:
La
propiedad privada. En cuanto a la propiedad privada
de los bienes, incluidos los de producción, pilar básico
de este sistema económico, las citas de la doctrina
que la legitiman son numerosísimas. Desde -salpicando
los textos- la "Rerum novarum", donde leemos que
"poseer bienes en privado es derecho natural del hombre";
pasando por la "Mater et magistra" en la que Juan
XXIII, declarando que se trata de un principio enseñado
y propugnado firmemente por sus predecesores, afirma que "el
derecho de propiedad privada, aun en lo tocante a bienes de
producción, tiene un valor permanente, ya que es un
derecho contenido en la misma naturaleza"; hasta la "Laborem
Exercens" y la propia "Centesimus annus", documentos
en los que Juan Pablo II recuerda que, desde la declaración
contundente de León XIII, en contra del socialismo
de su tiempo, "este derecho -a la propiedad privada-
fundamental en toda persona para su autonomía y su
desarrollo -son palabras del Papa- ha sido defendido siempre
por la Iglesia hasta nuestros días".
Ahora
bien, como correctamente recuerda el doctor Molina, es tradición
igualmente constante del magisterio que el derecho a la propiedad
privada, reconocido como de carácter natural, "no
es un derecho absoluto -en palabras de la "Centesimus
annus"- ya que en su naturaleza de derecho humano lleva
inscrita la propia limitación". Y es precisamente
Juan Pablo II quien en la "Sollicitudo rei socialis"
desarrolla de manera excelente -en mi opinión- la conexión
que existe entre, por un lado, el legado de carácter
abstracto que Dios, en el origen, otorgó en favor de
todos los hombres, al darles el dominio sobre todas las cosas
de la tierra y, por otro lado, el necesario régimen
de propiedad privada, para que el dominio natural de todos
los hombres sobre las cosas creadas pueda ser real y no teórico,
eficiente y no conflictivo, de acuerdo con la doctrina aristotélica,
magistralmente sintetizada en las tres razones dadas por Santo
Tomas.
Juan
Pablo II hace esta conexión cuando escribe: "Es
necesario recordar una vez más aquel principio peculiar
de la doctrina cristiana: los bienes de este mundo están
originariamente destinados a todos. El derecho a la propiedad
privada es válido y necesario, pero no anula el valor
de tal principio. En efecto, sobre ella grava una hipoteca
social, es decir, posee, como cualidad intrínseca,
una función social fundada y justificada precisamente
sobre el principio del destino universal de los bienes"14.
Pero esto es precisamente lo que en el sistema capitalista
tiene lugar, cuando los bienes poseídos en privado
son destinados al proceso de producción, creando puestos
de trabajo y rentas para los demás. El avaricioso atesorador
de bienes, sin provecho para nadie, o el despilfarrador de
los mismos, con injuria de los necesitados, no forman parte
del espíritu del auténtico capitalismo que está
marcado por la magnificencia del emprendedor que arriesga.
El
mecanismo de los precios. Sigamos contrastando los
elementos definitorios del capitalismo con los principios
de la doctrina social. Sobre el segundo de ellos, el mecanismo
de los precios como instrumento para la más eficiente
asignación de los recursos escasos, el magisterio,
como es natural, no ha dicho casi nada, salvo reconocer, como
hace Juan Pablo II en su última Encíclica social,
que "da la impresión que, tanto a nivel de naciones
como de relaciones internacionales, el libre mercado sea el
instrumento más eficaz para colocar los recursos y
responder eficazmente a las necesidades". Esta relativa
carencia de textos sobre los mecanismos de mercado no es de
extrañar ya que se trata de una cuestión técnica,
campo que la Iglesia, respetando la autonomía de las
actividades terrenas, deja a la libre discusión de
los hombres. Lo cual no obsta para que éstos, al hacerlo,
deban respetar las exigencias éticas. En este sentido,
la teología moral, ya desde los escolásticos
salmantinos del siglo XVI, considera que el precio de mercado,
libremente debatido en competencia, es un precio justo, con
la condición de que haya sido fijado en ausencia de
violencia, fraude o dolo. Doctrina que se apropia Juan Pablo
II en la "Centesimus annus" cuando dice que "quien
produce una cosa lo hace generalmente -aparte del uso personal
que de ella pueda hacer- para que otros puedan disfrutar de
la misma, después de haber pagado el justo precio,
establecido de común acuerdo después de una
libre negociación".
La
libertad de iniciativa privada. El tercer elemento
definitorio del capitalismo es la libertad de iniciativa privada,
la cual ha sido siempre defendida y alentada por el Magisterio.
Juan XXIII en la "Mater et magistra" dice que "la
economía debe ser obra, ante todo, de la iniciativa
privada de los individuos, ya actúen éstos por
sí solos, ya se asocien entre sí de múltiples
maneras para procurar sus intereses comunes". Y poco
después, refiriéndose a la intervención
de los poderes públicos, dice que ésta "no
sólo no debe coartar la libre iniciativa de los particulares,
sino que, por el contrario, ha de garantizar la expansión
de esa libre iniciativa, salvaguardando, sin embargo, incólumes
los derechos esenciales de la persona humana", y añade
que "entre éstos hay que incluir el derecho y
la obligación que a cada persona corresponde de ser
normalmente el primer responsable de su propia manutención
y de la de su familia, lo cual implica que los sistemas económicos
permitan y faciliten a cada ciudadano el libre y provechoso
ejercicio de las actividades de producción".
La
intervención del Estado. En efecto; la defensa de la
libre iniciativa privada entronca con el problema de la intervención
del Estado y sus límites. Esta cuestión, abordada
por casi todos los Sumos Pontífices que han tratado
de asuntos económicos, ha tenido un extenso desarrollo
en la última Encíclica social de Juan Pablo
II, de la cual, por su claridad e interés, quiero aportar
algunos párrafos que, salvando la sustancia, procuraré
aligerar para no hacer demasiado larga la cita. Juan Pablo
II empieza insistiendo en que en el campo económico
"la primera responsabilidad no es del Estado, sino de
cada persona y de los diversos grupos y asociaciones en que
se articula la sociedad", precisando que "el Estado
no podría asegurar directamente el derecho a un puesto
de trabajo de todos los ciudadanos sin estructurar rígidamente
toda la vida económica y sofocar la libre iniciativa
de los individuos". Acto seguido, señala que "las
justificables actuaciones del Estado para corregir situaciones
particulares de monopolio que creen rémoras u obstáculos
al desarrollo" o para "ejercer funciones de suplencia
en situaciones excepcionales, deben ser limitadas temporalmente
(...) para no privar establemente de sus competencias a los
sectores sociales y sistemas de empresas y para no ampliar
excesivamente el ámbito de intervención estatal
de manera perjudicial para la libertad tanto económica
como civil". Estado de Bienestar, creado en los últimos
tiempos -dice el Papa- "tratando de remediar formas de
pobreza y de privación indignas de la persona humana",
y sobre el cual advierte que "no han faltado excesos
y abusos", derivados -según el Pontífice-
"de una inadecuada comprensión de los deberes
propios del Estado. En este ámbito -dice Juan Pablo-
también debe ser respetado el principio de subsidiariedad".
Principio que ha estado siempre, junto con el de solidaridad,
en el núcleo de la doctrina social. Principio que conduce
al Papa a afirmar, para acabar esta materia, que "al
intervenir directamente y quitar responsabilidad a la sociedad,
el Estado asistencial provoca la pérdida de energías
humanas y el aumento exagerado de los aparatos públicos,
dominados por lógicas burocráticas más
que por la preocupación de servir a los usuarios, con
enorme crecimiento de los gastos".
Pienso
que con estas citas relativas a la libre iniciativa privada
y a los límites de la intervención subsidiaria
del Estado, principios nucleares del sistema capitalista,
y las antes aportadas sobre la propiedad privada y el mecanismo
de los precios del mercado, queda probado que no hay nada
en la doctrina social católica que se oponga, desde
el punto de vista moral, al sistema capitalista definido -insisto-
de la manera que lo he definido que es, a todas luces, la
manera como, considerado en sí mismo, actualmente existe.
Y
si no hay nada en la doctrina católica que se oponga
al liberalismo económico, es lógico concluir
que la animadversión que algunos católicos sienten
hacia este sistema forzosamente ha de ser debido a un malentendido.
Malentendido que, a mi juicio, debía haberse disipado
después de la aparición, en 1991, de la "Centesimus
annus". No obstante, pienso que no será ocioso
añadir algo sobre los fallos que, a pesar de todo,
se atribuyen al sistema.
LAS
CRÍTICAS AL SISTEMA
Como
puede comprobarse, algunas de las limitaciones al desarrollo
de los principios integrantes de la economía de mercado,
señaladas por el Magisterio, coinciden con las observaciones
que el doctor Molina aporta en su respuesta al profesor Zanotti,
observaciones con las que la inmensa mayoría de los
pensadores liberales,y, desde luego, los liberales católicos,
estamos de acuerdo. Sin embargo, el doctor Molina va más
allá y señala algunas de las lacras morales
que, a su entender, empañan el funcionamiento de la
economía de mercado y pone de relieve las desviaciones
éticas en que pueden incurrir y, sin duda, en algunos
casos, incurren, las personas que se mueven en el sistema.
Ello es tan cierto que el Papa, en su "Centesimus annus",
no se queda corto en las críticas, concretas y muy
severas, que formula ante determinados comportamientos de
las sociedades contemporáneas. Pero ninguna de estas
críticas, censuras y denuncias van dirigidas contra
el capitalismo como sistema económico. El propio Papa
lo aclara cuando dice que: "estas críticas van
dirigidas no tanto contra un sistema económico, cuanto
contra un sistema ético-cultural", señalando
más adelante que "la economía de mercado
no puede desenvolverse en medio de un vacío institucional,
jurídico y político".
En
efecto; el capitalismo no se desarrolla en el vacío;
vive en el entorno constituido por un determinado sistema
ético-cultural y un concreto sistema político-jurisdiccional
que, respectivamente, motiva y enmarca la actuación
de los agentes del sistema económico. Por ello, distintas
axiologías y distintas organizaciones político-jurídicas
producirán resultados económicos y morales distintos
por la mera operación de las mismas leyes económicas
generales. Entendidas las cosas de esta forma, me parece que
resulta sencillo concluir que, ante las lamentables situaciones
que a todos nos es dado observar, la solución no pasa
por interferir en el núcleo invariante de las leyes
económicas, mediante la intervención gubernamental
de los mercados, sino que consiste en intentar mejorar, desde
el punto de vista ético, los resultados del proceso
económico de asignación de recursos, mejorando
el sistema de valores y mejorando el sistema institucional.
CONCLUSIÓN
Esto
es, en definitiva, lo que Juan Pablo II propugna cuando en
el párrafo 42 de la Encíclica "Centesimus
annus" se pregunta: "¿Se puede decir quizá
que, después del fracaso del comunismo, el sistema
vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén
dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de
reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá
éste el modelo que es necesario proponer a los países
del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso
económico y civil?" Y da la contestación
diciendo: "La respuesta obviamente es compleja. Si por
capitalismo se entiende un sistema económico que reconoce
el Papa el fundamental y positivo de la empresa, del mercado,
de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad
para con los medios de producción, de la libre creatividad
humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente
es positiva". Obsérvese que los elementos que
integran la hipótesis pontificia son exactamente los
mismos que constituyen la definición del capitalismo
tal como la di antes y tal como, a mi juicio, se practica
al día de hoy; aunque el Papa añade -como ya
advertí- que "quizás sería más
apropiado hablar de economía de mercado, o simplemente
de economía libre".
Acto
seguido, y en el mismo párrafo, el Papa avanza en la
distinción que quiere hacer entre "capitalismo
bueno" y "capitalismo malo" y añade:
"Pero si por capitalismo se entiende un sistema en el
cual la libertad, en el ámbito económico, no
está encuadrada en un sólido contexto jurídico
que la ponga al servicio de la libertad humana integral y
la considere como una particular dimensión de la misma,
cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta
es absolutamente negativa".
Por
lo tanto, si queremos que nuestro sistema capitalista sea
el capitalismo bien entendido a que se refiere el Papa, es
necesario no precisamente cambiar el sistema económico
liberal que lo sustenta, sino, visto el deterioro de los sistemas
cultural e institucional que lo enmarcan, intentar regenerarlos.
En esta necesaria regeneración moral de nuestras sociedades
y sus instituciones, "el principal recurso del hombre
-dice Juan Pablo II- es el hombre mismo. El hombre, con sus
creencias y con su comportamiento. Es su inteligencia la que
descubre las potencialidades productivas de la tierra y las
múltiples modalidades con que se pueden satisfacer
las necesidades humanas. Es su trabajo disciplinado, en solidaria
colaboración, el que permite la creación de
comunidades de trabajo cada vez más amplias y seguras
para llevar a cabo la transformación del ambiente natural
y la del mismo ambiente humano. En este proceso están
comprometidas importantes virtudes, como son la diligencia,
la laboriosidad, la prudencia en asumir los riesgos razonables,
la fiabilidad y la lealtad en las relaciones interpersonales,
la resolución del ánimo en la ejecución
de decisiones difíciles y dolorosas, pero necesarias
para el trabajo común de la empresa y para hacer frente
a los eventuales reveses de la fortuna".
Creatividad
y cooperación son los términos en que cabría
sintetizar las virtudes enumeradas por el Papa. Pero creatividad
y cooperación son, precisamente, las virtudes propias
del capitalismo. La profunda justificación moral del
sistema capitalista no radica tan sólo en que -imperfecto
como es- sirva a la libertad mejor que cualquier otro conocido;
ni siquiera en que sea la manera práctica de realizar
la opción por los pobres, ya que eleva los niveles
de vida de los pobres más que ningún otro sistema;
ni en que mejore el estado de la salud de los seres humanos
y mantenga el balance entre los hombres y su entorno mejor
que en las socialistas o tradicionales sociedades del tercer
mundo. Todo esto es cierto, pero la verdadera fuerza moral
del capitalismo -que es descubrimiento, innovación
e inversión- radica en su capacidad para promover la
creatividad humana mediante la cooperación.
Sólo
necesitamos pues que los hombres que, dentro del sistema capitalista,
son estimulados, por su propia dinámica, a la creatividad
y a la cooperación, estén adornados de las virtudes
morales que asegurarán, a través de un comportamiento
ético, que los resultados del sistema sean satisfactorios,
no sólo económicamente sino también moralmente,
concurriendo, así, al bien común, entendido
como el bien integral de todo hombre y de todos los hombres.
Y
esto es, afortunadamente, lo que, en la mayoría de
las ocasiones, y cada vez más, sucede; aunque las escandalosas
desviaciones, que son numéricamente minoritarias, produzcan
más ruido. En cualquier caso, puede afirmarse que si
los cristianos que operan en el sistema capitalista, cualquiera
que sea el lugar que en él ocupen, viven, en el ejercicio
de su respectiva actividad, las virtudes cristianas; si los
no cristianos viven las virtudes morales de acuerdo con la
ley natural, que a todos obliga y a todos los que con sinceridad
la buscan les es dado conocer, el sistema tripartito -económico,
cultural y político- proporcionará resultados,
tanto económicos como morales, que no pretendemos que
constituyan un anticipo del paraíso -en clave escatológica
que, con toda razón, repugna al doctor Molina- , pero
sí que sean los mejores que cabe esperar en esta tierra.
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