El
Papa Juan Pablo II, cuyos 25 años de Pontificado está
celebrando todo el orbe católico, siguiendo la línea
de todos sus predecesores, ha afirmado más de una vez,
que “la Iglesia no propone sistemas o programas económicos
y políticos, ni manifiesta preferencias por unos o
por otros, con tal de que la dignidad del hombre sea debidamente
respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para
ejercer su ministerio en el mundo. Pero la Iglesia –sigue
diciendo Juan Pablo II- es experta en humanidad, y esto la
mueve a extender necesariamente su misión religiosa
a los diversos campos en que los hombres y mujeres desarrollan
sus actividades en busca de la felicidad, aunque siempre relativa,
que es posible en este mundo, de acuerdo con su dignidad de
personas”. “Por esto la Iglesia tiene una palabra
que decir (...) y a este fin utiliza como instrumento su doctrina
social”.
“La
doctrina social de la Iglesia –concluye el Pontífice-
no es, pues, una tercera vía entre el capitalismo liberal
y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa
a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino
que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología,
sino la cuidadosa formulación del resultado de una
atenta reflexión sobre las complejas realidades de
la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional,
a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo
principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad
o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca
del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente,
para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto,
no pertenece –la doctrina social- al ámbito de
la ideología, sino al de la teología, y especialmente
de la teología moral”.
Y
¿dónde está contenida esta Doctrina Social
de la Iglesia? En todo su multisecular Magisterio, pero de
manera especial en los diez documentos capitales, aparecidos
en los diez años que median entre León XIII
y Juan Pablo II, y que son: Rerum novarum (1891),
Quadragesimo anno (1931), Mater et magistra
(1961), Pacem in terris (1963), Gaudium et spes
(1965), Populorum progressio (1967), Octogesima
adveniens (1971), Laborem exercens (1981), Sollicitudo
rei socialis (1987) y Centesimus annus (1991).
Pues bien, de estos diez documentos, que cubren nueve Pontificados,
tres de ellos, las Encíclicas Laborem exercens,
Sollicitudo rei socialis y Centesimus annus, han emanado
de la pluma de Juan Pablo II, poniendo de manifiesto, también
en este campo, el extraordinario dinamismo de su Magisterio.
A
estas tres encíclicas voy, pues, a recurrir para abordar
el tema que los organizadores del acto me han reservado y
que tiene por título “Juan Pablo II y el orden
económico mundial”, aunque dada la interconexión
que existe entre la economía, en general, y la empresa,
en particular, nada tendría de raro que, aun tratando
de evitarlo, pudiera incidir en la materia que en la convocatoria
aparece asignada a Antonio. Estoy seguro que, si así
sucediera, sería para coincidir. Si así no fuere,
serviría, al menos, para el diálogo.
* * *
En
la Sollicitudo rei socialis, de la que proceden los
párrafos que me han servido para definir lo que hay
que entender por Doctrina Social de la Iglesia, cosa no baladí
porque algunos usan este nombre para defender sus propias
ideas sobre los modelos de organización económica;
en la Sollicitudo rei socialis, digo, se abordan
temas de gran calado, como es la situación de la Humanidad
en el momento de publicarse el documento, que, según
afirma el Pontífice, no respondía a los supuestos
de la Populorum progressio que Pablo VI había
suscrito veinte años antes, ya que “la esperanza
de desarrollo, entonces tan viva –dice Juan Pablo II-
aparece en la actualidad muy lejana de la realidad”.
Otro tanto podría decirse hoy, transcurridos más
de 15 años desde la Sollicitudo rei socialis,
aunque, a mi juicio, si bien persisten las diferencias entre
países ricos y países pobres, el desarrollo
de unos y otros ha sido muy notable.
En
la Sollicitudo rei socialis, entre otros temas que
afectan al orden económico mundial, el Papa aborda
el problema de la deuda exterior de los países en desarrollo,
que considera como uno de los indicadores específicos
del subdesarrollo. El Papa invita a los expertos a buscar
soluciones a este problema a la luz de los principios éticos,
pero, como no podía ser de otra forma, no dicta fórmulas
concretas a aplicar, ya que éstas deben ser investigadas
y propuestas por los técnicos. No podía, en
efecto, ser de otra forma, ya que, según ya recordé,
la Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer
al problema del subdesarrollo en cuanto tal, como ya afirmó
el Papa Pablo VI en su encíclica Populorum progressio.
A este propósito, en el que hoy no puedo detenerme,
dediqué un trabajo que figura como uno de los capítulos
de la obra colectiva, coordinada por Aedos y publicada en
1990, sobre la Sollicitudo rei socialis.
Otro
tema tratado en la Sollicitudo rei socialis es el
de la propiedad privada de los bienes, incluidos los de producción,
pilar básico del sistema de economía de mercado.
A este respecto, las citas del magisterio que legitiman tal
propiedad son numerosísimas. Desde la Rerum novarum,
donde leemos que “poseer bienes en privado es derecho
natural del hombre”; pasando por la Mater et magistra
en la que Juan XXIII, declarando que se trata de un principio
enseñado y propugnado firmemente por sus predecesores,
afirma que “el derecho de propiedad privada, aun en
lo tocante a bienes de producción, tiene un valor permanente,
ya que es un derecho contenido en la misma naturaleza; hasta
la Laborem exercens y la Centesimus annus,
documentos en los que Juan Pablo II recuerda que desde la
declaración contundente de León XIII, en contra
del socialismo de su tiempo, “este derecho –a
la propiedad privada- fundamental en toda persona para su
autonomía y su desarrollo –son palabras del Papa-
ha sido defendido siempre por la Iglesia hasta nuestros días”.
Ahora
bien, es tradición igualmente constante del Magisterio
que el derecho a la propiedad privada, reconocido como de
carácter natural, “no es un derecho absoluto”
–en palabras de la Centesimus annus- ya que
en su naturaleza de derecho humano lleva inscrita la propia
limitación. Pero, es precisamente Juan Pablo II quien
en la Sollicitudo rei socialis desarrolla de manera
excelente –en mi opinión- la conexión
que existe entre, por un lado, el legado de carácter
abstracto que Dios, en el origen, otorgó a favor de
todos los hombres, al darles el dominio sobre todas las cosas
de la tierra y, por otro lado, el necesario régimen
de propiedad privada, para que el dominio natural de todos
los hombres sobre las cosas creadas pueda ser real y no teórico,
eficiente y no conflictivo, de acuerdo con la doctrina aristotélica,
magistralmente sintetizada en las tres razones dadas por Santo
Tomás.
Así
es. Juan Pablo II hace esta conexión cuando, en la
Sollicitudo rei socialis, escribe: “Es necesario
recordar una vez más aquel principio peculiar de la
doctrina cristiana: los bienes de este mundo están
originariamente destinados a todos. El derecho a la propiedad
privada es válido y necesario, pero no anula el valor
de tal principio. En efecto, sobre ella grava una hipoteca
social, es decir, posee como cualidad intrínseca, una
función social fundada y justificada precisamente sobre
el principio del destino universal de los bienes”. Observemos,
en primer lugar, que el empleo de la palabra “hipoteca”
para referirse al uso y destino de los bienes materiales,
reafirma la doctrina tradicional católica sobre el
derecho a la propiedad privada, ya que sin propiedad no hay
posibilidad de hipoteca para responder de las obligaciones
del propietario respecto de su acreedor. Pero en la Sollicitudo,
como dice el profesor José Antonio Doral, de la Universidad
de Navarra, parecen invertirse los términos: toda propiedad
está justificada desde la hipoteca social. El tener
sirve al ser o, lo que es lo mismo, el designio social es
preeminente. No hay propiedad sin hipoteca. Luego todo propietario
es, por definición, deudor social. En el pensamiento
de Juan Pablo II el crédito “precede” ontológicamente
a la propiedad, a toda propiedad. En la raíz misma
de la disposición, inherente al dominio sobre los bienes,
sean éstos de la cuantía y calificación
que sean, está el ingrediente de su alteridad, el provecho
de los demás.
Esto
es precisamente lo que, en el sistema de economía de
mercado, tiene lugar cuando los bienes poseídos en
privado son destinados al proceso de producción, creando
puestos de trabajo y rentas para los demás. La avaricia
atesoradora de bienes, sin provecho para nadie, o el despilfarro
de los mismos, con injuria de los necesitados, no forman parte
del espíritu del auténtico empresario que está
marcado por la magnificencia del que arriesga.
*
* *
Otro
aspecto importante del pensamiento de Juan Pablo II en el
orden económico es el que se refiere al trabajo, materia
a la que dedica extensos apartados de la Laborem exercens,
donde, casi al inicio, afirma que “la Iglesia está
convencida de que el trabajo constituye una dimensión
fundamental de la existencia del hombre. La Iglesia halla
ya en las primeras páginas del libro del Génesis
la fuente de su convicción según la cual el
trabajo constituye una dimensión fundamental de la
existencia humana sobre la tierra. El análisis de estos
textos –sigue diciendo el Papa- nos hace conscientes
a cada uno del hecho de que en ellos –a veces aun manifestando
el pensamiento de una manera arcaica- han sido expresadas
las verdades fundamentales sobre el hombre, en el contexto
mismo del misterio de la Creación. Estas son las verdades
que deciden acerca del hombre desde el principio y que, al
mismo tiempo, trazan las grandes líneas de su existencia
en la tierra, tanto en el estado de justicia original como
también después de la ruptura de la alianza
original del Creador con lo creado, provocada por el pecado
del hombre. Cuando éste, hecho a imagen de Dios...
varón y hembra, siente las palabras: Procread
y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla, aunque
estas palabras no se refieran directa y explícitamente
al trabajo, indirectamente indican, sin duda alguna, que se
trata de una actividad a desarrollar en el mundo. Más
aún, demuestran su misma esencia más profunda.
El hombre es imagen de Dios, entre otros motivos, por el mandato
recibido de su Creador de someter y dominar la tierra. En
la realización de este mandato, el hombre, todo ser
humano, refleja la acción misma del Creador del Universo”.
Hasta aquí las palabras del Papa, sobre la misión
conferida por Dios al hombre en orden al trabajo.
Pero
la novedad del pensamiento de Juan Pablo II, en materia de
trabajo, es la que surge cuando nos hace caer en la cuenta
de la diferencia que existe entre trabajo en sentido objetivo
y trabajo en sentido subjetivo. Así, en el
número 5 de la encíclica nos dice que “la
universalidad y a la vez esta multiplicidad del proceso de
someter la tierra iluminan el trabajo del hombre,
ya que el dominio del hombre sobre la tierra se realiza en
el trabajo y mediante el trabajo. Emerge así el significado
del trabajo en sentido objetivo, el cual halla su
expresión en las varias épocas de la cultura
y de la civilización. El hombre domina ya la tierra
por el hecho de que domestica los animales, los cría
y de ellos saca el alimento y vestido necesarios, y por el
hecho de que puede extraer de la tierra y de los mares diversos
recursos naturales. Pero mucho más somete la tierra,
cuando el hombre empieza a cultivarla y posteriormente elabora
sus productos, adaptándolos a sus necesidades”.
Aquí
acaba la cita. Pero tras un recorrido sobre la evolución
de esta actividad del hombre para someter la tierra, desde
la primitiva agricultura y la primera industrialización,
para llegar a la situación actual en la que la técnica,
en cierto modo, parece suplantar al hombre o, incluso, mediante
la exaltación de la máquina, reduce al hombre
a ser su esclavo, Juan Pablo II concluye este apartado de
la Laborem exercens, afirmando que “la época
reciente de la historia de la humanidad, especialmente la
de algunas sociedades, conlleva una justa afirmación
de la técnica como un coeficiente fundamental del progreso
económico; pero, al mismo tiempo, con esta afirmación
han surgido y continúan surgiendo los interrogantes
esenciales que se refieren al trabajo humano en relación
con el sujeto, que es precisamente el hombre. Estos interrogantes
–dice el Papa- encierran una carga particular de contenidos
y tensiones de carácter ético y ético-social.
Por ello, constituyen un desafío continuo para múltiples
instituciones, para los Estados y para los gobiernos, para
los sistemas y las organizaciones internacionales; constituyen
también un desafío para la Iglesia”.
Y
a recoger tal desafío encamina el Papa los párrafos
siguientes de la encíclica, en los cuales afirma que,
“a partir de la relación del trabajo con las
palabras de la Biblia, en virtud de las cuales el hombre ha
de someter la tierra, hemos de concentrar nuestra atención
sobre el trabajo en sentido subjetivo, mucho más
de cuanto lo hemos hecho hablando acerca del significado
objetivo del trabajo. Si las palabras del libro del Génesis,
a las que nos referimos en este análisis –dice
el Papa- hablan indirectamente del trabajo en sentido objetivo,
a la vez hablan también del sujeto del trabajo; y lo
que dicen es muy elocuente y está lleno de un gran
significado”.
“El
hombre –sigue más adelante el Papa- debe someter
la tierra, debe dominarla, porque como imagen de Dios
es una persona, es decir, un ser subjetivo capaz de obrar
de manera programada y racional, capaz de decidir acerca de
sí y que tiende a realizarse a sí mismo. Como
persona, el hombre es pues sujeto del trabajo. Como persona,
él trabaja, realiza varias acciones pertenecientes
al proceso del trabajo; éstas, independientemente de
su contenido objetivo, han de servir todas ellas a la realización
de su humanidad, al perfeccionamiento de esa vocación
de persona, que tiene en virtud de su misma humanidad”.
“Así
-continúa Juan Pablo II- ese dominio del que
habla el texto bíblico que estamos analizando, se refiere
no sólo a la dimensión objetiva del
trabajo, sino que nos introduce contemporáneamente
en la comprensión de su dimensión subjetiva.
El trabajo entendido como proceso mediante el cual el hombre
y el género humano someten la tierra, corresponde a
este concepto fundamental de la Biblia sólo cuando,
al mismo tiempo, en todo este proceso, el hombre se manifiesta
y confirma como el que domina. Ese dominio se refiere,
en cierto sentido, a la dimensión subjetiva
más que a la objetiva: esta dimensión condiciona
la misma esencia ética del trabajo. En efecto, no hay
duda de que el trabajo humano tiene un valor ético,
el cual está vinculado completa y directamente al hecho
de que quien lo lleva a cabo es una persona, un sujeto consciente
y libre, es decir, un sujeto que decide de sí mismo”.
Y
concluye: “En esta concepción desaparece casi
el fundamento mismo de la antigua división de los hombres
en clases sociales, según el tipo de trabajo que realizasen.
Esto no quiere decir que el trabajo humano, desde el punto
de vista objetivo, no pueda o no deba ser de algún
modo valorizado y cualificado. Quiere decir solamente que
el primer fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo,
su sujeto”. Esta observación de la Laborem
excercens es muy importante, a mi juicio, para salir
al paso de los que, pretendiendo ampararse en la Doctrina
Social de la Iglesia, proclaman que el trabajo no puede ser
tratado como una mercancía, cuyo valor se determina
por la oferta y la demanda. La verdad, que el Papa desarrolla
en la continuación del párrafo al que me estoy
refiriendo, es que, si bien el trabajo en sentido subjetivo
escapa de esta ley, y el que trabaja, valga lo que valga lo
que produce, él ha de ser valorado como corresponde
a la dignidad de la persona humana, nada se opone a que el
producto del trabajo sea valorado, es decir, pagado, con los
criterios que determinan el justo precio de las cosas.
Las
reflexiones que vengo comentando forzosamente han de conducir
al Papa a tratar del importante tema de los frutos del trabajo
no sólo desde el punto de vista económico sino
también desde el punto de vista psicológico.
Y así es, en efecto. Después de reafirmar, como
“un principio enseñado siempre por la Iglesia,
el principio de la prioridad del trabajo frente al capital,
en el sentido de que, en el proceso de producción,
el trabajo es siempre una causa eficiente primaria, mientras
el capital, siendo el conjunto de los medios de producción,
es sólo la causa instrumental”, Juan Pablo II
añade que “este postulado tiene importancia clave
tanto en un sistema basado sobre el principio de la propiedad
privada de los medios de producción, como en el sistema
en que se haya limitado, incluso radicalmente, la propiedad
privada de estos medios. El trabajo, en cierto sentido, es
inseparable del capital, y no acepta de ningún modo
aquella antinomia, es decir, la separación y contraposición
con relación a los medios de producción, que
han gravado sobre la vida humana en los últimos siglos,
como fruto de premisas únicamente económicas.
Cuando el hombre trabaja, sirviéndose del conjunto
de los medios de producción, desea a la vez que los
frutos de este trabajo estén a su servicio y al de
los demás y que en el proceso mismo del trabajo tenga
la posibilidad de aparecer como corresponsable y coartífice
en el puesto de trabajo, al cual está dedicado”.
Es decir, como insiste el Papa, “el hombre que trabaja
desea no sólo la debida remuneración por su
trabajo, sino también que sea tomada en consideración,
en el proceso mismo de producción, la posibilidad de
que él, a la vez que trabaja incluso en una propiedad
común, sea consciente de que está trabajando
en algo propio”.
A
pesar de esa desiderata, a cuyo comentario dedica
extensos párrafos de la Laborem exercens,
Juan Pablo II concluye que “el problema clave de la
ética social es el de la justa remuneración
por el trabajo realizado”. Y remacha “el salario,
es decir, la remuneración del trabajo, sigue siendo
una vía concreta, a través de la cual la gran
mayoría de los hombres puede acceder a los bienes que
están destinados al uso común: tanto bienes
de la naturaleza como los que son fruto de la producción.
Los unos y los otros se hacen accesibles al hombre del trabajo
gracias al salario que recibe como remuneración por
su trabajo. De aquí que, precisamente el salario justo
se convierta en todo caso en la verificación concreta
de la justicia de todo el sistema socio-económico”.
Y
a continuación glosa extensamente lo que hay que entender
por salario justo. Se trata de un tema complejo, al que se
refirió sintéticamente Pío XI, en su
Quadragesimo anno, donde después de recordar
que “la cuantía del salario habrá de fijarse
no en función de uno solo, sino de diversos factores,
como ya expresaba sabiamente León XIII”, desarrolla
la idea, diciendo que “ante todo, al trabajador hay
que fijarle una remuneración que alcance a cubrir el
sustento suyo y el de su familia”. Pero acto seguido
añade: “Y si en las actuales circunstancias esto
no siempre fuera posible, la justicia social postula que se
introduzcan lo más rápidamente posible las reformas
necesarias para que se fije a todo ciudadano adulto un salario
de este tipo”. Es decir, en lugar de reclamar la intervención
del Estado para imponer un salario mínimo, Pío
XI recurre a la justicia social, precisando que “para
fijar la cuantía del salario deben tenerse en cuenta
también las condiciones de la empresa y del empresario,
pues sería injusto exigir unos salarios tan elevados
que, sin la ruina propia y la consiguiente de todos los obreros,
la empresa no podría soportar. ¿Quién
ignora, en efecto –añade- que se ha debido a
los salarios (...) excesivamente elevados el que los obreros
se hayan visto privados de trabajo”.
En
el pensamiento de Pío XI, asumido por el sucesivo Magisterio
Pontificio, el salario justo debe cumplir con dos objetivos:
uno, permitir la continuidad de la empresa y, otro, proporcionar
al trabajador un ingreso suficiente para mantenerse él
y su familia. Es decir, el “salario vital” debe
ser también un “salario sostenible”. Porque
una empresa privada cubre sus compromisos salariales con el
valor añadido o renta generada por la venta de sus
productos. En consecuencia, los salarios deben adaptarse a
la realidad del mercado. Cómo resolver, entonces, el
problema si el salario que pueda pagar la empresa para mantenerse
activa cae por debajo del salario vital? La solución
nos la ha dado Pío XI al invocar la justicia social.
Cuando, para hablar en términos técnicos, la
productividad del trabajador no basta para retribuirle con
el salario suficiente para él y su familia, la justicia
social, en el sentido adoptado por Pío XI, exige que
el empresario se esfuerce para incrementar el valor de la
producción de cada trabajador, a fin de que su productividad
gane el salario vital. Es decir, en virtud de la justicia
social, la responsabilidad del empresario no termina pagando
el salario sostenible de acuerdo con la actual productividad
del trabajador, sino que debe hacer lo necesario para mejorarla.
El propio Pío XI, adelantándose a su tiempo,
lo dice con toda claridad: “No debe, sin embargo, reputarse,
como causa justa para disminuir a los obreros el salario el
escaso rédito de la empresa cuando esto sea debido
a incapacidad o abandono o a la despreocupación por
el progreso técnico y económico”. Es lo
que continuamente enseñamos en el IESE: la preocupación
por la excelencia forma parte de la exigencia ética.
*
* *
Unas
palabras, para acabar, sobre la doctrina de Juan Pablo II
en relación con los sistemas de organización
económica, concretamente de los que, para simplificar,
con términos no demasiado acertados, llamamos socialismo
y capitalismo. El autor de la Centesimus annus que,
como Karol Wojtyla, había ya dedicado mucho tiempo
al estudio de la antropología, desarrollando una visión
de la libertad, la responsabilidad y la creatividad de la
persona humana, dice textualmente que “el error fundamental
del socialismo es de carácter antropológico.
Efectivamente, (el socialismo) –dice el Papa- considera
a todo hombre como un simple elemento y una molécula
del organismo social, de manera que el bien del individuo
se subordina al funcionamiento del mecanismo económico-social.
Por otra parte, (el socialismo) considera que este mismo bien
pueda ser alcanzado al margen de su opción autónoma,
de su responsabilidad asumida, única y exclusiva, ante
el bien o el mal. El hombre queda reducido así a una
serie de relaciones sociales, desapareciendo el concepto de
persona como sujeto autónomo de decisión moral
que es quien edifica el orden social, mediante tal decisión”.
En
relación con el otro extremo, el Papa, que se cuenta
entre aquellos a quienes no gusta la palabra capitalismo,
en la Centesimus annus dice que “la moderna
economía de empresa comporta aspectos positivos, cuya
raíz es la libertad de la persona, que se expresa en
el campo económico y en otros campos. En efecto, la
economía es un sector de la múltiple actividad
humana y en ella, como en todos los demás campos, es
tan válido el derecho a la libertad como el deber de
hacer uso responsable del mismo”. Es decir, Juan Pablo
II atribuye a la raíz de este sistema exactamente lo
que sustancialmente echa en falta en el sistema socialista:
el respeto a la libertad de la persona.
Pero
Juan Pablo II es más explícito y, al preguntarse
sobre la aceptación de este sistema, en el famoso número
42 de la Centesimus annus, textualmente dice: “Si
por capitalismo se entiende un sistema económico que
reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del
mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad
para con los medios de producción, de la libre creatividad
humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente
es positiva”. Pero, una vez definido el capitalismo
por sus notas positivas, el Papa completa la determinación
de lo que ha de ser, por exclusión de lo que no ha
de ser, diciendo: “pero si por capitalismo se entiende
un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico,
no está encuadrada en un sólido contexto jurídico
que la ponga al servicio de la libertad humana integral y
la considere como una particular dimensión de la misma,
cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta
es absolutamente negativa”.
La
conclusión que se obtiene de estas palabras de Juan
Pablo II es que los que pensamos que el sistema de libre mercado,
desde el punto de vista económico, es el mejor de los
sistemas posibles, debemos intentar depurarlo de las notas
negativas que, según Juan Pablo II, lo harían
inaceptable. Y para ello, no hay que pretender corregir coactivamente
el sistema, mediante la intervención estatal, sino
que -respetando todo lo que se refiere a la propiedad privada
de los medios de producción; al mecanismo de los precios
para la mejor asignación de recursos; y a la libertad
de emprender- lo que procede es seguir la enseñanza
del Papa recogida en el párrafo que acabamos de leer,
cuando habla de encuadrar el sistema en un sólido
contexto jurídico, y en otro pasaje de la Centesimus
annus, cuando precisa que las críticas al modelo
de mercado “no van dirigidas al sistema económico,
sino al sistema ético-cultural”. Es
decir, lo que procede es encuadrar el funcionamiento de las
invariables leyes económicas en un contexto determinado
por un correcto sistema jurídico-institucional y un
sistema ético-cultural basado en la naturaleza y valor
del hombre, como ser racional y libre. Esta es la enseñanza
de Juan Pablo II para que el sistema de mercado produzca los
resultados que, tanto desde el punto de vista económico,
como desde el punto de vista ético, sean los mejores
posibles.
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