Señor
Rector Magnífico de la Universidad Francisco Marroquín,
Honorable señor Presidente de la Junta de Fiduciarios,
Honorables Miembros del Consejo Directivo, Claustro Académico,
Rectores Magníficos de las Universidades que nos acompañan
en este acto, Graduandos, Señoras y Señores.
Quiero, en primer lugar, expresar mi más
sincera y profunda gratitud a la Universidad Francisco Marroquín
por el gran honor que me ha conferido al otorgarme el grado
de Doctor Honoris Causa en Ciencias Sociales. Mi agradecimiento
se hace más notorio al contemplar la lista de las eminentes
personalidades que me han precedido en la investidura de tal
doctorado, entre las cuales no puedo dejar de citar al primero
de ellos, mi compatriota el doctor Joaquín Reig, empresario,
banquero e intelectual, primer traductor al español
de la Acción Humana de von Mises y pionero en la introducción
en España de la doctrina misiana. Doctrina que también
forma parte del acerbo cultural que inspira la misión
de esta Universidad, conocida en el mundo entero por la defensa
del pensamiento liberal, y que hoy me distingue al incorporarme
a su Claustro de Doctores.
Mi agradecimiento va también hacia
el señor Ramón Parellada, Tesorero de esta Institución,
que ha tenido la amabilidad de hacer el preceptivo elogio
de mis méritos para la colación del grado, labor
en la que su afecto a mi persona, al que sinceramente correspondo,
se ha puesto de manifiesto al valorar más que generosamente
mi ejecutoria.
Sé muy bien que la misión que
se ha asignado esta Universidad, de la que ya me siento miembro,
consiste en la enseñanza y difusión de los principios
éticos, jurídicos y económicos de una
sociedad de personas libres y responsables. Y no dejo de advertir
que tal misión queda perfectamente resumida en el lema
que campea en su escudo: veritas, libertas, justitia.
El protocolo de esta ceremonia exige que mi
intervención sea corta. Por ello, en las palabras que,
de acuerdo con lo que la Maestra de Ceremonias ha anunciado,
voy a dirigir ahora a los graduados, me limitaré, como
modesta correspondencia a la distinción de que he sido
objeto, a glosar tan sólo la primera de las palabras
del tripartito lema: la verdad.
Toda Universidad que se precie de este nombre
ha de estar firmemente comprometida en la búsqueda
de la verdad, la científica y la moral, con respeto,
desde luego, a la libertad. Sin embargo, esta preocupación
por la verdad no ha de quedar ceñida al mundo de la
elocubración, sino que ha de transcender al orden práctico,
ya que la verdad es el valor por antonomasia en todos los
ámbitos de la convivencia; al mismo tiempo, que su
contrario, la mentira, es la llaga que puede malear cualquier
relación humana.
Pero,
desde hace veinte siglos resuenan en nuestros oídos
las palabras de aquel que, teniéndola delante de sus
ojos, preguntaba ¿qué es la verdad? No pretendo
yo ahora darle una respuesta filosófica que, más
o menos, se formularía diciendo que "la verdad
es la adecuación de la cosa y el intelecto", lo
cual nos obligaría a distinguir ente la "verdad
de las cosas" y la "verdad del intelecto".
Me conformaré con lo que Aristóteles, llama
la verdad práctica y que, en lenguaje corriente,
puede definirse como la conformidad del intelecto con la buena
voluntad; entendida ésta como la voluntad que busca
el bien, aprehendido por el intelecto. Es decir, la verdad
práctica implica tanto la bondad del fin como la bondad
de los medios. De ahí que, como acabo de decir, me
quede con esta acepción de la verdad, ya que el significado
moral implícito en la "verdad práctica"
la hace idónea para los fines propios de las relaciones
humanas.
Dicho
esto, me interesa, ante todo, llamar la atención sobre
la propiedad de la inmutabilidad que adorna a la
verdad y que -diríase que con resonancias agustinianas-
hizo afirmar a Antonio Machado, uno de nuestros buenos poetas,
que "la verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque
se piense al revés". Es decir, de acuerdo con
la filosofía, no subjetivista ni relativista, sino
realista, en la que las cosas son como son y no como alguien
quisiera que fueran, aunque nuestro conocimiento sea incierto,
la verdad objetiva existe, incluso en el campo de las realidades
terrenas. Si la verdad no existiera, si todo fuera, como dicen
relativo, si todo pudiera ser, al mismo tiempo, verdad y mentira,
si cada uno pudiera tener su propia verdad, no valdría
la pena pensar. Afortunadamente, la verdad -no tu verdad,
ni mi verdad, sino la verdad- la verdad existe y podemos acceder
a ella por el camino de la evidencia, por la concluyente demostración
o por el fidedigno testimonio ajeno. Lo que no podemos hacer
es someterla a votación ni acomodarla a un cambiante
consenso; lo que no impide buscarla en colaboración
con otros, a través de un diálogo racional.
La
constante fidelidad a la verdad conocida produce en el sujeto
la virtud de la veracidad, a la que se asimilan la
sinceridad y la lealtad. Estas virtudes
son indispensables -aunque no suficientes, si pensamos en
el resto de las virtudes morales- para el buen funcionamiento
de las relaciones humanas, tanto en el ámbito privado
como en el público, sea este social, empresarial o
político; de la misma forma que se opone a la convivencia,
hasta el extremo de poder destruirla, la mentira
con sus secuelas, la falsedad y la simulación.
La verdad conduce a la confianza, y por la confianza se llega
a la colaboración entre las personas. La mentira corroe
y desestabiliza cualquier intento de colaboración.
Sin embargo, el servicio de la verdad exige
la coherencia de comportamiento, en todas las circunstancias.
Para poner un ejemplo sacado del mundo de los negocios, pero
que es extensible a cualquier otra situación, si en
una empresa concreta, está prohibido faltar a la veracidad
en la información sobre la situación financiera
de la compañía, pero la ética de los
altos ejecutivos de esta sociedad no pasa de la relativista,
puede llegar un momento en el que, por haber cambiado las
circunstancias -la competencia no lo hace- o las posibles
consecuencias -bajaría la cotización de las
acciones-, la dirección decida modificar, de hecho,
el código de conducta, de forma que la información
mentirosa deje de estar prohibida. Esta sería una manera
de entender la ética que, amparándose en la
distinción weberiana entre "ética de la
convicción" y "ética de la responsabilidad",
tanto abunda entre los políticos y que, a mi juicio,
no es correctamente asumible. Pueden darse, ciertamente, circunstancias
en las que la "responsabilidad" aconseje, y hasta
exija, no decir la verdad o toda la verdad; pero ninguna circunstancia
puede derribar la "convicción" -si se tiene-
de que no hay que mentir. Por eso, la única ética
capaz de asentar firmemente la convivencia es la ética
que vengo llamando realista, basada en la verdad objetiva
y en la que normas universales y constantes nos dice siempre
el "deber ser".
Tom
Morris, profesor que fue de filosofía en Notre Dame,
en su libro "Si Aristóteles dirigiera General
Motors", comentando la regla "acerquémonos
al cliente con la verdad por delante", cuenta lo que
le sucedió cuando, con su familia, fue a comer a un
determinado restaurante. Después de pedir lo que deseaban,
como sea que la espera se hacía más larga de
lo razonable, cuando el camarero pasó sin detenerse
junto a la mesa, le preguntó si tardaría mucho
en traerles la sopa. "Me miró asombrado -dice
Morris- como si fuera la primera vez que le hablábamos
y dijo: espere un momento. Al cabo de unos instantes apareció
el encargado y se disculpó, diciendo que nuestra orden
se había perdido en la cocina y que la comida correría
por cuenta de la casa. Ese acto de decirnos la verdad y asumir
la responsabilidad de las consecuencias hizo que, de ser clientes
ocasionales, pasáramos a ser clientes asiduos. El encargado
podría haber atribuido el retraso a la cantidad de
trabajo que tenían en la cocina y sacársenos
de encima de ese modo, pero no lo hizo. Nos dijo la verdad.
Y, por supuesto, no es irrelevante el hecho de que nos invitara
a comer, pero, incluso sin ese amable gesto adicional, el
Rockola Cafe se habría ganado nuestra confianza
de una manera nueva: mediante la verdad". Y concluye:
"en cualquier faceta de la vida, las relaciones rigen
el mundo. Una relación basada en la falsedad es como
una casa construida sobre arena. Una relación basada
en la verdad es como una fortaleza sobre una roca". No
en balde -añado yo- Goethe dijo que todas las leyes
y normas morales se pueden reducir a una: la verdad. Por esto,
puesto en el trance de glosar tan sólo uno de los tres
pilares del lema de esta Universidad, no he dudado en inclinarme
por la verdad. Si se vive libremente de acuerdo con la verdad,
la justicia se dará por añadidura.
La antropología implícita en
lo que acabo de exponer es que el ser humano es libre y responsable
y que, por ser libre, puede obrar mal pero también
puede, y debe, obrar bien; puede ser mentiroso, pero también
puede, y debe ser siempre sincero; puede ser egoísta,
pero precisamente por ser libre, puede, y debe, usar esa libertad
responsablemente para hacer cosas que redunden en beneficio
de otras personas.
Ustedes, los que hoy se gradúan en
esta Universidad, formados en sus aulas en los valores de
la libertad y la responsabilidad, van a emprender una carrera
profesional, de acuerdo con las respectivas titulaciones.
Yo les felicito por ello y les deseo largo y fecundo éxito.
Pero al mismo tiempo les animo para que, en su actuación
profesional, sea la que sea, con el más exigente e
inquebrantable compromiso con la verdad, sean capaces de utilizar
su libertad en servicio de la justicia, que quiere decir en
beneficio de los demás, empezando por aquellos a los
que la vida les ponga más cerca.
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