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Acto de graduación de la promoción de 1998
por Rafael Termes

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Señor Rector Magnífico de la Universidad Francisco Marroquín, Honorable señor Presidente de la Junta de Fiduciarios, Honorables Miembros del Consejo Directivo, Claustro Académico, Rectores Magníficos de las Universidades que nos acompañan en este acto, Graduandos, Señoras y Señores.

Quiero, en primer lugar, expresar mi más sincera y profunda gratitud a la Universidad Francisco Marroquín por el gran honor que me ha conferido al otorgarme el grado de Doctor Honoris Causa en Ciencias Sociales. Mi agradecimiento se hace más notorio al contemplar la lista de las eminentes personalidades que me han precedido en la investidura de tal doctorado, entre las cuales no puedo dejar de citar al primero de ellos, mi compatriota el doctor Joaquín Reig, empresario, banquero e intelectual, primer traductor al español de la Acción Humana de von Mises y pionero en la introducción en España de la doctrina misiana. Doctrina que también forma parte del acerbo cultural que inspira la misión de esta Universidad, conocida en el mundo entero por la defensa del pensamiento liberal, y que hoy me distingue al incorporarme a su Claustro de Doctores.

Mi agradecimiento va también hacia el señor Ramón Parellada, Tesorero de esta Institución, que ha tenido la amabilidad de hacer el preceptivo elogio de mis méritos para la colación del grado, labor en la que su afecto a mi persona, al que sinceramente correspondo, se ha puesto de manifiesto al valorar más que generosamente mi ejecutoria.

Sé muy bien que la misión que se ha asignado esta Universidad, de la que ya me siento miembro, consiste en la enseñanza y difusión de los principios éticos, jurídicos y económicos de una sociedad de personas libres y responsables. Y no dejo de advertir que tal misión queda perfectamente resumida en el lema que campea en su escudo: veritas, libertas, justitia.

El protocolo de esta ceremonia exige que mi intervención sea corta. Por ello, en las palabras que, de acuerdo con lo que la Maestra de Ceremonias ha anunciado, voy a dirigir ahora a los graduados, me limitaré, como modesta correspondencia a la distinción de que he sido objeto, a glosar tan sólo la primera de las palabras del tripartito lema: la verdad.

Toda Universidad que se precie de este nombre ha de estar firmemente comprometida en la búsqueda de la verdad, la científica y la moral, con respeto, desde luego, a la libertad. Sin embargo, esta preocupación por la verdad no ha de quedar ceñida al mundo de la elocubración, sino que ha de transcender al orden práctico, ya que la verdad es el valor por antonomasia en todos los ámbitos de la convivencia; al mismo tiempo, que su contrario, la mentira, es la llaga que puede malear cualquier relación humana.

Pero, desde hace veinte siglos resuenan en nuestros oídos las palabras de aquel que, teniéndola delante de sus ojos, preguntaba ¿qué es la verdad? No pretendo yo ahora darle una respuesta filosófica que, más o menos, se formularía diciendo que "la verdad es la adecuación de la cosa y el intelecto", lo cual nos obligaría a distinguir ente la "verdad de las cosas" y la "verdad del intelecto". Me conformaré con lo que Aristóteles, llama la verdad práctica y que, en lenguaje corriente, puede definirse como la conformidad del intelecto con la buena voluntad; entendida ésta como la voluntad que busca el bien, aprehendido por el intelecto. Es decir, la verdad práctica implica tanto la bondad del fin como la bondad de los medios. De ahí que, como acabo de decir, me quede con esta acepción de la verdad, ya que el significado moral implícito en la "verdad práctica" la hace idónea para los fines propios de las relaciones humanas.

Dicho esto, me interesa, ante todo, llamar la atención sobre la propiedad de la inmutabilidad que adorna a la verdad y que -diríase que con resonancias agustinianas- hizo afirmar a Antonio Machado, uno de nuestros buenos poetas, que "la verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés". Es decir, de acuerdo con la filosofía, no subjetivista ni relativista, sino realista, en la que las cosas son como son y no como alguien quisiera que fueran, aunque nuestro conocimiento sea incierto, la verdad objetiva existe, incluso en el campo de las realidades terrenas. Si la verdad no existiera, si todo fuera, como dicen relativo, si todo pudiera ser, al mismo tiempo, verdad y mentira, si cada uno pudiera tener su propia verdad, no valdría la pena pensar. Afortunadamente, la verdad -no tu verdad, ni mi verdad, sino la verdad- la verdad existe y podemos acceder a ella por el camino de la evidencia, por la concluyente demostración o por el fidedigno testimonio ajeno. Lo que no podemos hacer es someterla a votación ni acomodarla a un cambiante consenso; lo que no impide buscarla en colaboración con otros, a través de un diálogo racional.

La constante fidelidad a la verdad conocida produce en el sujeto la virtud de la veracidad, a la que se asimilan la sinceridad y la lealtad. Estas virtudes son indispensables -aunque no suficientes, si pensamos en el resto de las virtudes morales- para el buen funcionamiento de las relaciones humanas, tanto en el ámbito privado como en el público, sea este social, empresarial o político; de la misma forma que se opone a la convivencia, hasta el extremo de poder destruirla, la mentira con sus secuelas, la falsedad y la simulación. La verdad conduce a la confianza, y por la confianza se llega a la colaboración entre las personas. La mentira corroe y desestabiliza cualquier intento de colaboración.

Sin embargo, el servicio de la verdad exige la coherencia de comportamiento, en todas las circunstancias. Para poner un ejemplo sacado del mundo de los negocios, pero que es extensible a cualquier otra situación, si en una empresa concreta, está prohibido faltar a la veracidad en la información sobre la situación financiera de la compañía, pero la ética de los altos ejecutivos de esta sociedad no pasa de la relativista, puede llegar un momento en el que, por haber cambiado las circunstancias -la competencia no lo hace- o las posibles consecuencias -bajaría la cotización de las acciones-, la dirección decida modificar, de hecho, el código de conducta, de forma que la información mentirosa deje de estar prohibida. Esta sería una manera de entender la ética que, amparándose en la distinción weberiana entre "ética de la convicción" y "ética de la responsabilidad", tanto abunda entre los políticos y que, a mi juicio, no es correctamente asumible. Pueden darse, ciertamente, circunstancias en las que la "responsabilidad" aconseje, y hasta exija, no decir la verdad o toda la verdad; pero ninguna circunstancia puede derribar la "convicción" -si se tiene- de que no hay que mentir. Por eso, la única ética capaz de asentar firmemente la convivencia es la ética que vengo llamando realista, basada en la verdad objetiva y en la que normas universales y constantes nos dice siempre el "deber ser".

Tom Morris, profesor que fue de filosofía en Notre Dame, en su libro "Si Aristóteles dirigiera General Motors", comentando la regla "acerquémonos al cliente con la verdad por delante", cuenta lo que le sucedió cuando, con su familia, fue a comer a un determinado restaurante. Después de pedir lo que deseaban, como sea que la espera se hacía más larga de lo razonable, cuando el camarero pasó sin detenerse junto a la mesa, le preguntó si tardaría mucho en traerles la sopa. "Me miró asombrado -dice Morris- como si fuera la primera vez que le hablábamos y dijo: espere un momento. Al cabo de unos instantes apareció el encargado y se disculpó, diciendo que nuestra orden se había perdido en la cocina y que la comida correría por cuenta de la casa. Ese acto de decirnos la verdad y asumir la responsabilidad de las consecuencias hizo que, de ser clientes ocasionales, pasáramos a ser clientes asiduos. El encargado podría haber atribuido el retraso a la cantidad de trabajo que tenían en la cocina y sacársenos de encima de ese modo, pero no lo hizo. Nos dijo la verdad. Y, por supuesto, no es irrelevante el hecho de que nos invitara a comer, pero, incluso sin ese amable gesto adicional, el Rockola Cafe se habría ganado nuestra confianza de una manera nueva: mediante la verdad". Y concluye: "en cualquier faceta de la vida, las relaciones rigen el mundo. Una relación basada en la falsedad es como una casa construida sobre arena. Una relación basada en la verdad es como una fortaleza sobre una roca". No en balde -añado yo- Goethe dijo que todas las leyes y normas morales se pueden reducir a una: la verdad. Por esto, puesto en el trance de glosar tan sólo uno de los tres pilares del lema de esta Universidad, no he dudado en inclinarme por la verdad. Si se vive libremente de acuerdo con la verdad, la justicia se dará por añadidura.

La antropología implícita en lo que acabo de exponer es que el ser humano es libre y responsable y que, por ser libre, puede obrar mal pero también puede, y debe, obrar bien; puede ser mentiroso, pero también puede, y debe ser siempre sincero; puede ser egoísta, pero precisamente por ser libre, puede, y debe, usar esa libertad responsablemente para hacer cosas que redunden en beneficio de otras personas.

Ustedes, los que hoy se gradúan en esta Universidad, formados en sus aulas en los valores de la libertad y la responsabilidad, van a emprender una carrera profesional, de acuerdo con las respectivas titulaciones. Yo les felicito por ello y les deseo largo y fecundo éxito. Pero al mismo tiempo les animo para que, en su actuación profesional, sea la que sea, con el más exigente e inquebrantable compromiso con la verdad, sean capaces de utilizar su libertad en servicio de la justicia, que quiere decir en beneficio de los demás, empezando por aquellos a los que la vida les ponga más cerca.

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Nuestra misión es promover una sociedad libre y virtuosa, caracterizada por la libertad de la persona a la luz de la ética cristiana.