Cuando
en una reunión de la naturaleza de la que estamos celebrando,
el título de una ponencia o intervención está
formulado en forma de pregunta, el orador, por lo general,
pretende dar la respuesta al final de las reflexiones que
sobre la materia en cuestión va desgranando a lo largo
del discurso.
En
esta ocasión me vais a permitir que responda de entrada
a la pregunta. Hay que ser ético en los negocios por
la sencilla razón de que los negocios tienen lugar
entre personas y las personas tienen que ser éticas;
deben comportarse éticamente, es decir,
de acuerdo con la norma moral derivada de su propia y exclusiva
condición de persona humana, racional y libre. De aquí
que la respuesta sea la misma tanto si se formula en relación
con la profesión, sea liberal sea por cuenta de terceros,
o en relación con la vida social, familiar e individual.
El hombre debe ser siempre ético, en todas las situaciones
y circunstancias, porque no hay más que una ética.
No hay una ética individual -privada como le llaman
algunos- una ética familiar, una ética social,
una ética profesional, una ética empresarial.
No hay más que una sola y única ética
y esta ética hay que vivirla en la vida individual,
en la vida familiar, en la vida social, en la vida profesional
y en la vida empresarial.
¿QUE
ES LA ETICA?
Otra
cosa distinta es responder a la pregunta que inmediatamente
viene a la mente después de la rotunda afirmación
que acabo de hacer. Y la pregunta es: ¿qué se
entiende, o qué hay que entender, por comportamiento
ético? ¿Qué cosa es la ética?
Puestos a responder lacónica y lapidariamente diré
que ética se define como la ciencia que se
refiere al estudio filosófico de la acción y
conducta humana en relación con la moralidad.
La ética es, por lo tanto, una parte de la filosofía,
la Filosofía Moral. Etica y moral
son, pues, dos vocablos sinónimos. Lo mismo da hablar
de ética que de moral; de valores éticos que
de valores morales. No ignoro que, hoy en día, algunos
pretenden distinguir entre ética y moral, dando a la
distinción un contenido ideológico que algo
tiene que ver con las creencias. Sin discutir la buena intención
de esta postura, sin duda motivada por el deseo de hallar
un consenso que permita definir normas de comportamiento en
una sociedad pluralista, a mi entender, la preocupación
a que esta distinción apunta se satisface mejor aclarando
a qué clase de ética o de moral quiere uno referirse.
Porque
ahora se habla mucho de ética, pero ¿qué
ética? La elección del modelo ético es
una cuestión antropológica. La ética
que, como ciencia del comportamiento del hombre, nos sintamos
inclinados a escoger y propagar dependerá de la antropología
que adoptemos, es decir, de nuestra concreta idea sobre el
hombre. La ética basada en una antropología
materialista no podrá ser nunca igual a la que se sustenta,
al margen de cualquier opción confesional, sobre un
concepto del hombre como ser formado de alma y cuerpo. Lo
cual no obsta, si uno es liberal, para respetar, sin abdicar
de las propias convicciones, la ética definida por
otros, partiendo de una distinta antropología. Como
es bien sabido, las normas para conseguir que convivan libremente
distintas convicciones morales deriva del principio de la
tolerancia. Pero esta tolerancia no me impide
decir que una ética subjetivista, relativista, que
-en vez de anclarse en la existencia de normas objetivas,
inscritas en la misma naturaleza humana, válidas siempre
y para todos- se base en el consenso de opiniones,
cambiantes con las culturas, los tiempos y las circunstancias,
no es, a mi entender, una moral que pueda garantizar el fundamento
ético de la convivencia social, tanto nacional como
internacional.
La
ética en la que yo creo, y que espero
pueda ser de amplia aceptación, tanto para los que
somos cristianos, como para los que pertenecen a otra confesión
o son agnósticos, es la ética fundada en la
tradición filosófica realista y teleológica
que arranca en Aristóteles y que considera que el
hombre es un ser racional, social, libre (es decir,
dueño de sus actos), capaz de organizarse para
la consecución de sus fines y de poner los medios para
lograrlos; capaz de aprender (en lo intelectual y
en lo moral), de mejorar (en el plano intelectual
y moral) y de progresar hacia la consecución
de sus fines personales y sociales. Pienso que este
hombre es un ser imperfecto pero perfectible, que puede ser
ético y, de hecho, muchos hombres lo son.
Esta
ética es una ética racional,
en el sentido de que la razón, la inteligencia humana,
puede descubrir las reglas de la moralidad. El razonamiento
moral parte de la consideración del hombre como
es, lo enfrenta con el hombre como debería
ser -de acuerdo con su fin-, y deduce de ahí
las reglas morales para pasar del hombre
como es al hombre como debería ser. Esta ética
racional discrepa, por ejemplo, de la ética nominalista,
producto de la modernidad, en la que lo que
hay que hacer, lo ético, no se deduce
por la razón, sino que simplemente
procede del precepto.
LA
ETICA DE LAS VIRTUDES
En
la ética racional, el fin
del hombre es la felicidad que, también
desde Aristóteles, no consiste en el placer sino en
la perfecta realización de todas las potencialidades
humanas. En esta ética, los medios
para alcanzar el fin son las virtudes, todas
las virtudes. Pero, ya se ve enseguida que
la mera enumeración del fin, buscar la felicidad
o la autorrealización, no puede ser una guía
práctica para la acción. En cambio, sí
lo es, con ejemplos que afectan al hombre de empresa, decir
la verdad; explicar claramente lo que se hace y por qué
se hace; mantener la palabra dada; cumplir el compromiso adquirido
sobre el importe y la fecha de pago; desempeñar fiel,
eficaz y puntualmente el cometido profesional; remunerar justamente
el trabajo; vivir la disciplina, con obediencia, adhesión
y subordinación al legítimo superior; exigir
el cumplimiento de los subordinados y ser leal con ellos;
servir la calidad anunciada, sin disimular los defectos; soportar
con espíritu de sacrificio las dificultades y contradicciones;
obrar de conformidad con el honor y la honra; guardar leal
y sigilosamente el secreto de oficio y el confiado; afrontar
con valor las responsabilidades; comportarse correctamente
con los compañeros, sin murmurar en su ausencia o ponerles
zancadillas en su camino profesional; etc. etc. Hacerlo así
siempre, tanto cuando es fácil como cuando es difícil,
cuando todos lo hacen y cuando los demás no lo hacen,
es poner en juego los medios para el fin, que es la felicidad
propia y la de los demás.
De
intento no he incluido entre la relación de algunos
medios, guías del obrar en orden al fin, ejemplos de
lo que no se debe hacer, reglas negativas,
como prevaricar, corromper, defraudar, etc., porque la ética
que estoy describiendo es una ética de las
virtudes y en esta ética lo que no
se debe hacer es simplemente lo que va contra las
virtudes. La sencillez y al mismo tiempo firmeza o solidez
que caracteriza a la ética de las virtudes
contrasta con la confusión y falta de concreción
en las que, por lo general, se debaten los que postulan la
ética de los valores. Ante la dificultad
práctica de decir a qué valores se están
refiriendo, estas éticas, a mi juicio, quedan muchas
veces en meras declaraciones utópicas. Por esto, entiendo
que hay que sustituir la palabra valores
por la palabra virtudes, sin miedo a ser
tachados de confesionales ya que las virtudes humanas -sobre
las que se asientan, elevándolas de orden, las virtudes
cristianas- se hallan en el pensamiento filosófico
griego, cinco siglos antes de Cristo.
VIRTUDES
Y SENTIMIENTOS
Hay
que hablar de virtudes, pero sin confundirlas con los sentimientos,
porque la confusión entre virtudes y sentimientos es
una forma de suicidio moral, tanto en el plano social como
en el individual. En el caso concreto, por ejemplo, de la
solidaridad de la que tanto y tan sin sentido se habla hoy
en día, es paradigmática la corrosión
de los valores éticos que se produce al confundir el
sentimiento de solidaridad con la virtud
de la solidaridad.
El
sentimiento de solidaridad conduce a la postulación
del Estado del Bienestar en el que la solidaridad
se organiza burocráticamente con cargo al Presupuesto
del Estado, con exposición a toda clase de abusos y
corruptelas, pero sin el menor compromiso de los individuos
que tienden a sentirse descargados de todo sacrificio personal
en la acción benefactora del Estado. La virtud
de la solidaridad -valoración del "otro"
como "otro yo", de cuyo bien soy responsable en
la medida en que puedo influirlo- empuja, en cambio,
a la generosa realización de actuaciones concretas
de ayuda, material, moral, cultural, con sacrificio personal,
de que está llena la historia de la humanidad, sobre
todo cuando la solidaridad burocratizada no enerva, en la
forma dicha, la virtud de la solidaridad personal.
Las
virtudes son hábitos que desarrollan
las potencias operativas del hombre en orden al bien, es decir,
que le llevan a hacer y a hacer bien
lo que hay que hacer. Pero
los hábitos -buenos, virtudes o malos,
vicios- se adquieren por aprendizaje, por
la reiteración de los actos. Si siempre digo la verdad,
aunque alguna vez me cueste, adquiero el hábito de
la veracidad; me hago veraz. Si digo una mentira de vez en
cuando, esto no me hace mentiroso, aunque, una mentira aislada
pueda tener efectos muy desastrosos. Una mentira no me hace
mentiroso, pero a fuerza de decir mentiras voy aprendiendo
a hacer el mal, voy adquiriendo el hábito contrario
a la veracidad; me hago mentiroso. Y poco o mucho, me he envilecido
como hombre, me he deteriorado como persona. Es más:
si miento para enriquecerme o para ascender, pronto estaré
dispuesto a realizar otras acciones tanto o más incorrectas
éticamente con la misma finalidad.
LA
ETICA RACIONAL Y EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA
La
ética a la que me estoy refiriendo, y que he llamado
la ética de las virtudes, no es, ya
lo dije, una ética específicamente cristiana.
Para participar de esta concepción ética, no
es necesario ser cristiano, ni siquiera ser creyente, aunque
en el fondo de toda pregunta ética late, consciente
o inconscientemente, una preocupación religiosa trascendente.
Puede haber no cristianos, y sin duda los hay, que, de acuerdo
con su moral de base objetiva, universal y constante estarán
más de acuerdo conmigo que yo pueda estarlo con algunos
cristianos partidarios de morales subjetivistas, relativistas
y circunstanciales. En cualquier caso, la ética cristiana
no solamente no contradice la ética de las virtudes
sino que la potencia o sublima. Por ello, en un momento en
que nuestras sociedades se hallan sacudidas por una profunda
crisis de valores morales, lo que hace decir a muchos que
hay que volver a las raíces éticas,
pienso que nada mejor para enraizar nuestro comportamiento
ético, tanto en el ámbito personal como en el
profesional y el empresarial, que acudir al sólido
fundamento de la auténtica interpretación
de la moral natural y universal que, no sólo para los
católicos, sino también para muchos otros hombres
de buena voluntad, ofrece el Magisterio de la Iglesia
Católica al amparo de la Revelación.
De
hecho, después de que durante más de dos siglos
y hasta hace bien poco, las relaciones entre economía
y moral han sido inexistentes, hoy, afortunadamente, las cosas
parecen estar volviendo hacia donde siempre debieron haber
estado, y los economistas, los empresarios y los moralistas
declaran que la cooperación entre
economía y ética es necesaria para el buen funcionamiento
del mercado. Los empresarios se muestran dispuestos a escuchar
a los profesores de ética y los moralistas, por lo
menos algunos de ellos, se esfuerzan por entender los fundamentos
de la ciencia económica. Prueba de este cambio son
las innumerables conferencias, congresos, mesas redondas y
reuniones de todo orden que se están organizando sobre
esta materia, como lo es la aparición de diversas obras
colectivas en las que prestigiosos cultivadores del saber
económico han vertido sus comentarios sobre las Encíclicas
Laborem Exercens (1981), Sollicitudo Rei Socialis
(1987) y Centesimus Annus (1991), que son los tres
importantes documentos con que, por el momento, el actual
Pontífice cierra cien años de Doctrina Social
de la Iglesia. En la misma línea se inscribe el hecho
de que algunos economistas, que se denominan católicos,
afirmen, como recientemente ha hecho el Profesor Juan Velarde,
que se consideran en el deber de "exponer, con claridad,
sus puntos de vista sobre la situación nacional en
el ámbito de su especialidad", añadiendo
que estas opiniones deben ser escuchadas con atención
por la Jerarquía. Y esto es lo importante en orden
a la recuperación del deseable diálogo.
Porque,
ciertamente, la Iglesia -como afirma Juan Pablo II
en la Encíclica Sollicitudo Rei Socialis- no propone
sistemas o programas económicos y políticos,
ni manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal de
que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida
y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio
en el mundo. Pero la Iglesia -sigue diciendo
Juan Pablo II- es experta en humanidad, y por esto tiene
una palabra que decir y a este fin utiliza como instrumento
su doctrina social.
La
doctrina social de la Iglesia -concluye
el Pontífice- no es, pues, una tercera vía
entre el capitalismo liberal y el colectivismo
marxista, y ni siquiera una posible alternativa a
otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que
tiene una categoría propia. No es
tampoco una ideología, sino la cuidadosa
formulación del resultado de una atenta reflexión
sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la
sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe
y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es
interpretar esas realidades, examinando su conformidad
o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca
del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente,
para orientar en consecuencia la doctrina
cristiana. Por tanto, no pertenece -la doctrina social- al
ámbito de la ideología, sino
al de la teología, y especialmente
de la teología moral.
LA
ENCICLICA VERITATIS SPLENDOR
Luego,
si la Doctrina Social de la Iglesia, como dice el Papa Juan
Pablo II, es una parte de la teología moral,
parece lógico que busquemos nuevas luces en el análisis
y aplicación práctica de la Encíclica
Veritatis Splendor que el mismo Pontífice
publicó con fecha 6 de agosto de 1993. En efecto, al
abordar los fundamentos de la vida moral,
dando claras orientaciones ante las voces confusas y contradictorias
que, en materia moral, surgen incluso en el seno de la propia
Iglesia, esta Encíclica, que puede ser calificada,
en palabras del Cardenal Ratzinger, como el documento más
trascendental del Pontificado de Juan Pablo II, es, junto
con el Catecismo de la Iglesia Católica, una norma
segura para lo que hay que creer y practicar.
LAS
ETICAS CONSECUENCIALISTAS
Y
esta norma segura nos es hoy altamente necesaria porque una
gran parte de la literatura actual sobre ética de la
empresa se centra en enfatizar la conveniencia de obrar éticamente
dadas las consecuencias sociales que tal
obrar ocasiona, con lo cual, prescindiendo del valor ético
de las acciones medido por el efecto que producen en el interior
del agente, la pretendida ética de la empresa,
plasmada en los proliferantes códigos
de comportamiento, se convierte en una lista de normas
o reglas de carácter sociológico
sin auténtico fundamento ético. A esta clase
de discurso pertenece, por ejemplo, decir que la dureza del
mercado tendría que ser corregida por los buenos
sentimientos de los poderosos hacia los desposeídos,
ya que de esta forma se logrará la
concordia y la paz social. Otras veces se pretende vender
esta misma ética consecuencialista
no ya insistiendo en las consecuencias para los demás
sino afirmando e, incluso, intentando demostrar que ser ético
resulta rentable para la propia empresa.
Es probablemente verdad, pero ésta no es la razón
para ser ético.
El
error, de carácter antropológico, que se oculta
bajo las aparentemente buenas intenciones de esta moral
consecuencialista es denunciado por Juan Pablo II,
cuando en la Veritatis Splendor recuerda que los actos
humanos son actos morales, porque expresan y deciden la bondad
o malicia del hombre mismo que realiza esos actos. Estos no
producen sólo un cambio en el estado de cosas externas
al hombre, sino que, en cuanto decisiones deliberadas, califican
moralmente a la persona misma que los realiza y determinan
su profunda fisonomía espiritual. Es decir, el
valor más importante de los actos humanos no es el
que produce al exterior de la persona sino
el que tiene lugar en su interior. Cualquier
cosa que el hombre haga, aunque esta cosa no dañe a
sus semejantes, es más, aunque les produzca beneficios,
si el acto -de acuerdo con la norma objetiva
convertida por la conciencia subjetiva en
regla próxima del obrar- ha sido un acto éticamente
incorrecto, el hombre se ha degradado,
ha envilecido, en poco o en mucho, su dignidad de persona,
aunque nada de esto haya traslucido. Y esta degradación
de la persona es mucho más importante que todo lo que
el acto humano haya podido provocar exteriormente.
Por
tanto, dice el Papa, el obrar humano no puede ser valorado
moralmente bueno sólo porque sea funcional para alcanzar
éste o aquel fin que persigue, o simplemente porque
la intención del sujeto sea buena. La vida moral posee
un carácter "teleológico" esencial,
porque consiste en la ordenación deliberada de los
actos humanos a Dios, sumo bien y fin (telos) último
del hombre. Pero esta ordenación al fin último
no es una dimensión subjetivista que dependa sólo
de la intención. Aquélla presupone que tales
actos sean en sí mismos ordenables a este fin, en cuanto
son conformes al auténtico bien moral del hombre, tutelado
por los mandamientos.
LAS
FUENTES DE MORALIDAD
Es
la aplicación de la doctrina tradicional sobre las
fuentes de moralidad, que como es bien sabido
son tres: el objeto o fin de la obra, la
intención o fin del agente, y las
circunstancias, entre las que ocupan lugar
destacado las consecuencias. La sana doctrina
moral ha enseñado, siempre, que el elemento primario
y decisivo para el juicio moral es el objeto del acto humano,
el cual, recuerda el Papa, decide sobre su "ordenabilidad"
al bien y al fin último que es Dios. De forma
que, si bien una intención torcida puede pervertir
un acto bueno o indiferente por su objeto, ninguna intención
por buena que sea, puede convertir en bueno un objeto intrínsecamente
malo. Y si es cierto también que las circunstancias
pueden atenuar e incluso eliminar la imputabilidad moral de
un acto malo por su objeto, ninguna circunstancia podrá
nunca cambiar la especie moral de tal acto, haciéndolo
pasar de malo a bueno.
De
aquí que el Papa advierta sobre el error de las corrientes
llamadas consecuencialistas y proporcionalistas.
El error consiste en que determinados actos, que la tradición
moral de la Iglesia denomina intrínsecamente
malos, es decir, que lo son siempre y por sí
mismos, con independencia de las interiores intenciones de
quien actúa y de las circunstancias concurrentes, los
partidarios de estas corrientes dicen que no serían
ilícitos si tales actos fueran puestos con la intención
de producir un estado de cosas mejor para todas las personas
interesadas. Es decir, para este pensamiento, sería
recto el comportamiento capaz de maximizar
las consecuencias buenas y minimizar las
malas. De esta forma, la intención del sujeto, concentrada,
dicen, en una responsable ponderación
de los bienes implicados en la acción, podría
hacer que un acto que viola preceptos graves de la moral tradicional
debiera ser considerado como moralmente bueno para un sujeto
concreto en una situación concreta.
Ante
esta desviación doctrinal, el Papa reafirma que la
Iglesia, al acoger la doctrina de la Sagrada Escritura, enseña
que, sin negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad
tienen las circunstancias y, sobre todo, las intenciones existen
actos que, por sí en sí mismos, independientemente
de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos
por razón de su objeto. Y, citando a Pablo VI,
recuerda que, si es lícito alguna vez tolerar un
mal menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien
más grande, no es lícito, ni aun por razones
gravísimas hacer el mal para conseguir el bien, es
decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que
es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno
de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar
o promover el bien individual, familiar o social.
EL
MUNDO DE LA EMPRESA
Qué
duda cabe que los errores denunciados por el Papa pueden hacer
mella en el mundo de la empresa, donde existe una clara tendencia
a medirlo todo por los resultados, es decir, las consecuencias.
Y contra este error hay que precaverse partiendo de que la
empresa, en palabras preferidas de Juan Pablo
II, es una comunidad de personas, personas
que, añado yo, unas aportan capital, otras trabajo,
y todas, bajo la dirección del empresario, se proponen
el logro de un objetivo que constituye el fin de la empresa.
Este objetivo, para que la empresa se justifique económica
y moralmente, debe ser bifronte: por un lado, añadir
valor económico, es decir, crear riqueza para todos
los participantes en la empresa; y, por otro lado, prestar
verdadero servicio a la sociedad en la que la empresa se halla
ubicada. Sin estas dos condiciones -prestar servicio
y crear riqueza- la empresa mercantil no se justifica. Precisemos
los términos. Por un lado, prestar servicio, verdadero
servicio, es decir, un servicio que contribuya al bien común;
si no es así, la empresa no se justifica moralmente.
De aquí que haya empresas que, a pesar de crear riqueza,
no se justifican moralmente por la naturaleza dañina,
material o espiritualmente, de la actividad a que se dedican.
Por otro lado, crear riqueza, añadir valor económico,
es decir, generar rentas para los que integran la empresa
como aportantes de capital, trabajo y dirección. Por
eso hay empresas que, aun cuando la naturaleza de su actividad
sea irreprochable desde el punto de vista moral, no se justifican
económicamente al no llegar a generar rentas suficientes
para remunerar satisfactoriamente tanto el trabajo como el
capital empleados.
En
la actividad empresarial, así definida, aparecen los
tres elementos necesarios para calificar la moralidad
de las actuaciones. En primer lugar el objeto,
los bienes o servicios que la empresa produce; luego, la intención
del empresario; finalmente el beneficio que
la actividad genera. Distinguir entre las tres cosas ayuda
mucho para saber a qué atenerse. En cuanto al objeto,
nunca será moralmente aceptable, por muy filantrópicas
que fueran las intenciones del empresario, una empresa que
se dedicara, por ejemplo, a la pornografía, a la comercialización
de la droga, al tráfico de armas, a la práctica
del aborto y de la eutanasia, a la fabricación de anticonceptivos,
a la prostitución, a la trata de blancas y de jóvenes,
o, para no hacer demasiado larga la lista, a cualesquiera
otras actividades que atenten a la dignidad de la persona
humana.
En
cuanto a la intención, si el fin del
empresario fuera poner al servicio de causas innobles los
beneficios obtenidos en una actividad en sí misma correcta,
es evidente que esta intención hubiera hecho moralmente
inaceptable la empresa dedicada a un objetivo bueno. En cuanto
a las circunstancias, digamos en primer lugar algo sobre las
consecuencias, es decir, los resultados.
Toda la sana doctrina afirma que, con independencia del objeto
y de la intención, que pueden, como hemos visto, calificar
negativamente el negocio, el beneficio, en
sí mismo, cualquiera que sea su tamaño, es totalmente
legítimo si ha sido obtenido en un mercado
libre, con suficiente número de compradores
y vendedores, es decir, en ausencia de monopolio, y sin fraude,
coacción o engaño. La Veritatis Splendor, citando
el Catecismo de la Iglesia Católica, enumera algunas
acciones moralmente inaceptables porque van contra la rectitud
exigible en el mercado, tales como: el robo, el retener
deliberadamente cosas recibidas como préstamo u objetos
perdidos, el fraude comercial, la subida de precios especulando
sobre la ignorancia y las necesidades ajenas, la falsificación
de cheques y de facturas , etc..
Esto
en relación con la manera cómo ha sido obtenido
el beneficio en el exterior, por así
decir, de la empresa. Pero, entre otras circunstancias -tercera
fuente de la moralidad- merece la pena detenerse en la manera
cómo se ha logrado el beneficio dentro de la
empresa. Es decir, si al obtenerlo se ha respetado
la dignidad de las personas que la componen o, por contra,
tal dignidad ha sido violada. La Encíclica viene también
en nuestra ayuda y, después de citar como actos reprobables
los salarios injustos, la apropiación y el uso
privado de bienes sociales de la empresa, los trabajos mal
realizados, los fraudes fiscales, los gastos excesivos y el
derroche, proscribe, en general, los actos que, por
una u otra razón, egoísta o ideológica,
mercantil o totalitaria, conducen a esclavizar seres humanos,
a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos
y a cambiarlos como mercancía.
LOS
CODIGOS EMPRESARIALES Y LAS VIRTUDES
Vemos,
pues, cómo es necesario conocer con claridad las normas
objetivas que ayudan al hombre a tomar, libre y responsablemente,
decisiones conformes con su naturaleza racional, es decir,
adhiriéndose voluntariamente a la verdad y al bien,
evitando aquello que no se debe hacer si
uno quiere comportarse éticamente. Esto es lo que,
al parecer, pretenden hacer los códigos de
conducta de las empresas. En este sentido deben ser
tenidos por bienvenidos. Pero, en algunos casos, estos códigos
se limitan a aportar reglas prohibitorias. El inconveniente
de este enfoque es doble. Por un lado, al que no tiene motivaciones
profundas para comportarse éticamente le induce -y
la experiencia nos confirma esta imputación- a buscar
la manera de soslayar las prohibiciones, de forma que, en
la práctica, acaba resultando que lo importante no
es cumplir, sino ver la manera de que no le sorprendan a uno
en el incumplimiento. Por otro lado, al que rectamente se
somete a las prohibiciones, le deja la sensación de
que a fuerza de abstenerse de todo lo que no se puede
hacer, está sacrificando
su excelencia profesional en aras de una mínima honradez
humana. La verdadera solución para salir de esta reductiva
interpretación de la ética, consiste en entender
que no hay contradicción alguna entre
calidad profesional y calidad humana.
Es más, que no puede haber calidad humana sin calidad
profesional. Es decir, la excelencia profesional
exige como condición necesaria, aunque no suficiente,
el desarrollo de todas las virtudes humanas
vividas, precisamente, en el ejercicio de
la propia profesión. Es un error pensar que las exigencias
éticas son algo ajeno a la profesión, es decir,
que afectan a las personas en cuanto personas, pero que no
tienen nada que ver con su profesión. La verdad es
que las virtudes -que, efectivamente, todo hombre debe vivir-
se concretan y especifican en la profesión.
La
actividad empresarial resulta, pues, ser campo adecuado para
la práctica de las virtudes; de todas las virtudes.
Entre ellas, la Veritatis Splendor cita expresamente la virtud
de la templanza, para moderar el apego a
los bienes de este mundo y la virtud de la justicia,
para preservar los derechos del prójimo y darle lo
que le es debido. Pero qué duda cabe que las otras
dos virtudes cardinales -así llamadas
porque en ellas se apoyan todas las demás- deben también
ser especialmente vividas por los empresarios. La fortaleza
para exigir, y exigirse, en el cumplimiento del deber y para
resistir las tentaciones de aceptar las posibilidades oportunistas
no éticas que ofrece el entorno. Y, sobre todo, la
virtud de la prudencia que es la que informa
las restantes virtudes al tiempo que constituye la medida
de todas ellas. Desgraciadamente, la idea que la sociedad
contemporánea se hace de la prudencia es totalmente
errónea. Cuando no se interpreta como
astucia, esta especie de sentido simulador
que busca el fin por vías torcidas, prudencia,
más que un medio para alcanzar el bien, parece consistir
en una manera de eludirlo, mediante la tópica prudente
adaptación a las circunstancias. Pero la prudencia
verdadera es algo mucho más noble. La prudencia
es la virtud que asegura que el querer y el obrar sean
conformes a la verdad, es decir, a la realidad objetiva,
lo cual significa que la actuación del hombre prudente
presupone la atenta, rigurosa y objetiva consideración
de las realidades concretas. Partiendo de esta aprehensión
de la realidad, el hombre prudente dirige sus operaciones
sobre la misma realidad de la que parte, a fin de transformarla
de acuerdo con la verdad y el bien. Y, así, con sus
decisiones y acciones, el hombre prudente se va realizando
a sí mismo y a los demás.
Al
llegar a este punto es muy posible que, en nuestras mentes,
vuelva a surgir la antigua pregunta sobre la compatibilidad
de la ética con las exigencias del negocio y con los
condicionantes a que la actividad empresarial se ve sometida,
por mor del entorno en que ha de desenvolverse. ¿Es
posible comportarse siempre éticamente? Ante la necesidad
de sobrevivir, ¿puede uno negarse a las prácticas
claudicantes, corruptas o prevaricadoras empleadas o aceptadas
necesariamente, se dice, por la competencia? ¿No será
que en determinadas circunstancias en las que el cumplimiento
de la ley moral resulta prácticamente imposible, esta
ley deja de obligar? Así lo piensan algunos con evidente
desviación de la norma verdadera, como el Papa señala
y censura en su Encíclica.
Pero
el Papa, al hacerlo, no se limita a enumerar, de manera fría,
lo que no es moralmente aceptable, porque sabe que habla en
nombre de la Iglesia, que si es Maestra también es
Madre. Por esto, al abordar el tema que ahora nos ocupa, lo
hace desde el conocimiento de la debilidad del hombre pero
también de la fidelidad de Dios a sus promesas. La
observancia de la ley de Dios en determinadas situaciones
-dice el Papa- puede ser difícil, muy difícil:
sin embargo, jamás es imposible. Esta es una enseñanza
constante de la tradición de la Iglesia, expresada
así por el Concilio de Trento: "Nadie puede considerarse
desligado de la observancia de los mandamientos, por muy justificado
que esté; nadie puede apoyarse en aquel dicho temerario
y condenado por los Padres: que los mandamientos de Dios son
imposibles de cumplir por el hombre justificado. 'Porque Dios
no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda,
te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas'
y te ayuda para que puedas".
Es
el caso, por ejemplo, de la pretendida necesidad de sobornar
a los funcionarios o de acceder a las solicitudes de los prevaricadores,
a fin de obtener determinados contratos u otras concesiones
para poder desarrollar el negocio, bajo la justificación
de que todos lo hacen y si no se hace no hay manera de competir.
Aceptarlo así y pensar que la necesidad obliga a no
respetar las normas morales, sería caer, nos dice el
Papa, en el error gravísimo (de)... que la norma
enseñada por la Iglesia -en este caso el séptimo
mandamiento de la ley de Dios- es un "ideal"
que ha de ser luego adaptado, proporcionado, graduado a las
-se dice- posibilidades concretas del hombre: según
un "equilibrio de los varios bienes en cuestión".
Para
resolver la situación descrita, el Papa, siguiendo
el viejo aforismo "a Dios rogando y con el mazo dando",
nos ha invitado a hacer lo que podamos y pedir lo que no podamos.
Lo cual quiere decir que, ante casos como el señalado,
el empresario, aparte de confiar en Dios, que sin duda puede
sacarle del atolladero en que se halla por fidelidad a la
norma moral, como salvó a Susana de los jueces inicuos
-es uno de los ejemplos citados en la Encíclica-, debe
esforzarse, con imaginación y espíritu
de iniciativa, para encontrar salidas éticas
al problema -y la experiencia nos dice que muchas veces las
hay- en vez de plegarse cómodamente a lo que, al parecer,
todos hacen, con lo cual, lo único que se logra es
que la situación de corrupción se vaya asentando
en el país. Cierto que, si bien nunca es lícito
tomar la iniciativa de sobornar, alguna vez,
con los requisitos que establecen las reglas de la cooperación
indirecta al mal, podrá serlo aceptar la extorsión,
pero, a la luz de la doctrina moral perenne recordada por
el Papa, quiero decir que es más conforme con las exigencias
éticas hacer todo lo posible por evitarlo, contribuyendo
así a sanear el ambiente. Adoptar
sin resistencia las costumbres éticamente incorrectas,
dice el Papa, corrompe la moralidad de la sociedad entera,
porque enseña a dudar de la objetividad de la ley moral
en general y a rechazar las prohibiciones morales absolutas
sobre determinados actos humanos, y termina por confundir
todos los juicios de valor. El hecho de que algunos creyentes
actúen sin observar las enseñanzas del Magisterio,
no puede constituir un argumento válido para rechazar
la verdad de las normas morales.
LOS
DISCURSOS SOBRE LA ETICA EMPRESARIAL
Queda
claro, pues, me parece a mí, que es necesario actuar
éticamente en el mundo de la empresa como en cualquier
otro ámbito. Es más, esta afirmación
es aceptada, al parecer, por cada vez más gente, si
nos atenemos a los muchos discursos que se oyen en favor de
la ética empresarial. Sin embargo, una gran parte de
estos discursos encaminados a convencer a los directivos y
a los futuros directivos de empresa de la importancia de que
se comporten éticamente, se apoyan en que, según
sus autores, ese tipo de comportamiento es económicamente
rentable para la empresa. Reconociendo la buena voluntad
que está detrás de la mayoría de esos
intentos, los argumentos incluyen tal mezcla de verdad y de
mentira que, lo mínimo que cabe achacarles es
su falta de seriedad científica.
Cuando
se intenta argumentar de ese modo a los jóvenes que
se preparan en nuestras Escuelas de Dirección, y comparan
este tipo de enseñanza con las enseñanzas
rigurosas que reciben en los campos meramente técnicos,
no es extraño que acaben pensando que, de
lo que se les está enseñando, lo que verdaderamente
importa es lo técnico. La ética no pasaría
de ser un adorno. Así se explica que algunos lleguen
a concluir "que las escuelas de negocios estrechan la
mente, endurecen el corazón, empequeñecen el
alma". No es ciertamente así, gracias a Dios,
en la Escuela a la que yo pertenezco, la cual, como Facultad
de la Universidad de Navarra, se beneficia del espíritu
de su Fundador y Primer Gran Canciller, el Beato Josemaría
Escrivá de Balaguer, para quien la misión de
la Universidad es la formación humana integral
de las personas que pasan por sus aulas.
Es
cierto que resulta fácil demostrar que un comportamiento
ético es condición necesaria,
aunque no suficiente, para la maximización
de valores económicos futuros, y que, por lo tanto,
la ética, a la larga, resultará económicamente
rentable. Pero esta es la razón para
ser ético; ésta es simplemente una propiedad
de las decisiones éticamente correctas. Pretender que
un empresario se comporte éticamente por motivos económicos
es tan insensato como pretender que una persona
se abstenga de beber un veneno porque tiene muy mal sabor.
Ese tipo de formación terminaría educando empresarios
que estarían condenados a morir envenenados en cuanto
se tropezasen con venenos cuyo sabor les resultase agradable.
Los
enfoques rigurosos de la ética van por caminos absolutamente
distintos. La ética no se justifica por sus
resultados externos. La ética se justifica por la consecución
del fin auténtico del hombre. Del propio agente,
en primer lugar, pero también o además de todos
los sujetos pasivos de su obrar. Perseguir otro fin con la
ética es forzar los medios, es utilizarlos
para lo que no sirven. El que miente para vender un producto
defectuoso sacrifica muchas cosas -su compromiso con la verdad,
su realidad como hombre cabal, su sociabilidad- y las sacrifica
a la consecución de un fin, el beneficio. El que utiliza
la ética con el fin de obtener un
beneficio, está haciendo una violencia parecida, y
está aprendiendo a poner el fin del beneficio por delante
del fin de la realización como hombre: está
haciendo trampas consigo mismo. Y no es de extrañar
que, si comprueba que la ética no le proporciona buenos
resultados económicos, lo cual puede suceder, decida
abandonar un comportamiento que ya no estima rentable, y acabe,
tarde o temprano, recurriendo a medios ilícitos para
la consecución del resultado que esperaba haber obtenido,
según le pronosticaban, comportándose éticamente.
ETICA
Y BENEFICIO
¿Quiere
esto decir que la decisión de comportarse éticamente
supone renunciar al beneficio? ¿Atentar contra la rentabilidad?
No ciertamente. Lo único que decimos es que la razón
para ser ético no es que la ética
pague. Hay que ser ético aunque la ética
no pague, si buen puede suceder que resulte
rentable serlo, si se entiende bien lo que hay que entender
por "rentable".
En
primer lugar, una sociedad ética es una sociedad económicamente
más eficiente. En este sentido, la ética
es económicamente rentable, pero para todos,
para la sociedad, no necesariamente para el individuo
que se comporta éticamente. En efecto, ante cualquier
situación yo puedo decidir cumplir las reglas éticas
siempre -no disimular los efectos de un producto, por ejemplo-
lo cual resulta rentable para todos, excepto,
a primera vista, para mí si los demás
no cumplen las reglas. He aquí un caso en que comportarse
éticamente resulta rentable para los demás pero
no lo es para mí. Pero puede suceder lo contrario,
si yo decido no cumplir las reglas éticas,
sabiendo que los demás las cumplen.
Este comportamiento éticamente incorrecto no es rentable
para los demás, que resultan engañados,
pero parece que es rentable para mí,
al menos a corto plazo; si nadie disimula los defectos de
sus productos, los clientes no sospecharán que yo sí
los disimulo, con lo que saldré beneficiado (es el
caso del "viajero sin billete": si el tren funciona
normalmente porque todos pagan, el "aprovechado"
sale ganando). Ahora bien, el resultado de mi comportamiento
es, a la larga, la creación de un incentivo
a no cumplir con las reglas éticas: si yo
disimulo los defectos de los productos, cada vez habrá
más vendedores que también lo harán.
Y cuando muchos lo hagan, todos saldrán perdiendo,
porque se crearán situaciones del tipo "dilema
del prisionero": si todos dicen la verdad, todos salen
ganando; si alguno no dice la verdad, el mundo resultante
es el peor de todos.
En
definitiva, para decir las cosas como son, sin pretender inducir
a portarse bien con falsos pero atractivos argumentos, la
falta de ética, económicamente hablando,
puede ser rentable, a corto plazo, para algunos, en
algunas ocasiones. La ética es siempre
rentable económicamente, a largo plazo, para el conjunto
de la sociedad, pero no necesariamente,
desde el punto de vista económico, para los
individuos que se comportan éticamente. Para
el empresario que decide comportarse éticamente, la
ética puede que no le sea económicamente rentable
a corto plazo. Sin embargo, le es siempre "rentable",
si se entiende que es rentable aquel comportamiento
que se ordena a la consecución de su fin como hombre.
Pero además puede, y no tiene por qué no, serle
rentable económicamente, a largo plazo,
si el empresario se comporta no movido por el sentimentalismo,
que no puede conducir a buenas decisiones, sino por la
virtud de la prudencia.
Tomar
prudentes decisiones en función no sólo del
valor económico sino además del valor ético
de nuestros actos, para nosotros mismos y para todos los que
nos rodean, puede, ciertamente, suponer un coste de
oportunidad; es decir, el empresario renuncia a un
cierto beneficio a corto plazo que otra alternativa no ética
podía haberle aportado. Sin embargo, al hacerlo, el
verdadero empresario es consciente de que, al hacerlo así,
ha elegido la mejor alternativa para los
demás y para él mismo, en términos de
desarrollo integral de las personas. Por otra parte, aunque
esta no sea la razón última para ser éticos,
la experiencia nos dice que, a la larga,
los beneficiosos efectos psicológicos y éticos
de las decisiones así tomadas, en todas las
personas que forman la empresa o están en contacto
con ella, conducirán a mejores resultados también
económicos. Porque los valores éticos
son valores subjetivos, es decir, expresan
realidades que se producen en el interior de las personas
y, en consecuencia, no pueden ser objeto del mercado; la confianza,
el afecto, la sinceridad, la lealtad, la honradez, etc. no
podrán ser nunca materia de compraventa, pero la
influencia de estas cualidades personales es decisiva para
la generación de valor económico real.
Así lo testifican multitud de profesionales y empresarios
que saben renunciar al enriquecimiento rápido o al
beneficio inmediato en aras de la rentabilidad sostenida a
largo plazo, que es la garantía de la continuidad,
el desarrollo y la expansión; lo cual constituye el
fin último de la empresa como comunidad de
personas.
Pero
este no es un logro automático. Comportarse
éticamente y al mismo tiempo lograr resultados económicos
satisfactorios; no hacer lo que hacen los competidores cuando
lo que hacen no es ético y triunfar; tomar decisiones
económicas en función del valor ético
de esta decisión y obtener un buen nivel de beneficios,
supone que el dirigente empresarial, en vez de actuar de manera
rutinaria y mediocre, ponga en juego la investigación,
la imaginación y la creatividad, es decir, la
excelencia profesional. De hecho, el esfuerzo por
alcanzar la excelencia forma parte del comportamiento ético
del empresario, hasta el punto de que una ejecutoria profesionalmente,
técnicamente, deficiente, no es ética por muy
"buenos sentimientos" que tenga el supuesto empresario.
Podríamos
aquí citar ejemplos de empresas con gran calidad técnica
y ética que, en una cuestión concreta, como
puede ser la remuneración de los trabajadores y el
despido, han actuado de manera distinta a la que actuaba su
entorno para defender sus beneficios y, sin embargo, en razón
de su excelencia en la gestión, figuran
en la cabecera de los rankings por rentabilidad sobre ventas,
sobre activos y sobre fondos propios, a lo largo de veinticinco
o cincuenta años. No lo haré porque no puedo
abusar de vuestra atención, pero estoy seguro de que,
sin necesidad de esta prueba, estáis convencidos de
que lo que digo es verdad.
CONCLUSION
Sin
embargo, no quiero caer en lo que antes he criticado, dejando
la impresión de que pretendo defender la falsa idea
de que tenemos que comportarnos bien porque así nos
irá mejor. No. Eso sería tanto como intentar
vender mercancía averíada. Tenemos que comportarnos
éticamente, siempre, con independencia de las
consecuencias que de ello se sigan. Lo que
importa es la virtud, el premio de la virtud es ella misma.
Hay que ser ético no sólo aunque no haya premio
para ello sino incluso en el supuesto de que, como ahora desgraciadamente
contemplamos con demasiada frecuencia, la sociedad aplauda
al inmoral y desprecie al virtuoso. Si yo me comporto en contra
de la moral, puede ser que obtenga beneficios en ello, pero
internamente valdré menos. Si me porto
correctamente, conmigo y con mis semejantes, valdré
más, aunque externamente tenga menos.
La aplicación de esta cultura del ser
frente a la cultura del tener me conducirá,
como ya decía Aristóteles, a la felicidad, la
felicidad que deriva de la conciencia del deber cumplido,
aunque, a consecuencia de mi comportamiento moralmente correcto,
mi vida, a los ojos del mundo, parezca un infortunio. Espero
que las reflexiones que me he permitido aportar, en especial
a la luz de la Veritatis Splendor, sirvan para afirmar nuestras
convicciones éticas y nos ayuden a obrar en consecuencia.
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