1-
INTRODUCCIÓN
Una
apreciación global del pontificado de Juan Pablo II
es tentadora, pero, a la vez, sería demasiado apresurada.
Su período aún no ha concluído (1); su
producción magisterial es vasta, compleja y diversa,
de modo tal que la tarea se dificulta sumamente; pero, sobre
todo, creo que evaluaciones de ese tipo pueden realizarse
mucho mejor con una mirada retrospectiva que nuestro presente
no permite realizar.
De
todos modos, es ilustrativa esta expresión que alguna
vez se escuchó en la Argentina: “estricto en
lo teológico, generoso en lo social”. Con ello
se quería decir que en materias de Fe y Moral Juan
Pablo II se mostraba proclive a definiciones exactas y totalmente
conformes con la tradición, mientras que en temas “sociales”
su pensamiento parecía ser más innovador. Más
allá de todas las matizaciones y distinciones que deberían
hacerse para analizar esa opinión, podríamos
conjeturar que sus primeras intervenciones en el ámbito
económico-social daban fundamentos a tal interpretación.
Alguien
podría decir, en efecto, que desde Laborem exercens
(LE) hasta la famosa Centesimus annus (CA) hubo una transformación
desde una visión al parecer no favorable de las economías
capitalistas hasta llegar a una aprobación, matizada,
pero aprobación al fin, de esas mismas economías.
Si
eso es así, ¿cómo se inserta ese proceso
en la Doctrina Social de la Iglesia, y cuál ha sido
y/o debería ser su significado cultural? Trataré,
en los siguientes puntos, de dar una respuesta conjetural
a esas preguntas.
2-
APORTES A LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA
Concretamente,
cuáles fueron los principales “novedades”
que introdujo Juan Pablo II, hasta ahora, en el “corpus”
de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI)?
En
mi opinión, las siguientes:
a)
En la encíclica LE (1981) establece tres cuestiones
muy debatidas en su momento:
a.1. Una apreciación positiva de las propuestas de
co-propiedad de los medios de producción y cogestión
en todo aquello que se refiera a la organización empresarial
(2);
a.2. la afirmación de que el primer fundamento del
valor del trabajo es la dignidad de la persona (3);
a.3: una recomendación sobre algún tipo de “planificación”
para solucionar el problema del desempleo (4).
b) En Sollicitudo rei socialis (SRS) -1988- parece haber un
primer signo de lo que después será la CA, al
plantear con toda claridad un “derecho de iniciativa
económica” (5). Empero, gran debate ocasiona
un importante párrafo posterior (punto 21) cuando reitera
que la doctrina social de la Iglesia asume una actitud crítica
tanto ante el capitalismo liberal (6) como ante el colectivismo
marxista. Ante un proceso mundial que, en 1988, preanunciaba
ya la globalización de la economía y la liberalización
de los mercados posterior a la caída del muro (1989),
este párrafo fue interpretado como una clara advertencia
de que Juan Pablo II no estaba dispuesto a realizar “concesiones”
en ese ámbito.
c) En CA (1991) hay, por supuesto, muchos elementos que destacar.
Entre ellos:
c.1. Ante los cambios internacionales ocurridos después
de la caída del muro, Juan Pablo II realiza una aclaración
terminológica cuyo análisis e interpretación
ya es un clásico: la distinción entre “capitalismo”
entendido como el papel positivo y co-creador de la empresa
privada, al que aprueba sin ambigüedades y prefiere llamar
economía de mercado o economía libre, y “capitalismo”
entendido como una concepción de libertad económica
no enmarcada jurídicamente y contraria a la libertad
humana integral, al cual obviamente condena (7).
c.2. Un reconocimiento expreso de que el orden social será
más fructífero en tanto reconozca al interés
individual como constitutivo de la naturaleza humana y no
lo oponga a la sociedad en su conjunto (punto 25);
c.3. Un reconocimiento del “factor conocimiento”
como básico de la iniciativa privada y el espíritu
empresarial. Ese factor conocimiento se refiere más
que nada a la capacidad de conocer oportunamente las necesidades
de los demás hombres, y se afirma que este factor es
en los tiempos actuales el factor decisivo de producción,
como en otros tiempos lo fueron la tierra y luego el capital
(punto 32);
c.4. Una crítica negativa al “Estado de bienestar”
en tanto contrario al principio de subsidiariedad (punto 33).
Vuelvo a reiterar que mi criterio de selección de estos
puntos es su novedad, real o aparente, en el conjunto de la
DSI. De lo contrario parecería que estamos manipulando
los documentos pontificios en función de nuestra propia
posición, cosa que jamás me permitiría
hacer. Simplemente, parece claro que, a la luz de estos puntos,
muchos opinaron que la DSI, de la mano de Juan Pablo II, había
pegado un giro de 180 grados hacia la economía de mercado
y, consiguientemente, hacia las democracias capitalistas de
origen occidental, cuando en 1988 había querido mantenerse
equidistante. Obviamente, muchos recibieron con gran alegría
este giro, real o aparente (M. Novak es uno de ellos); otros
no, otros callaron. No hay que olvidar, por otra parte, que
en medio de estos documentos, en 1984, la Congregación
para la Doctrina de la Fe realiza una dura crítica
a la teología de la liberación de origen marxista
(en el documento del 7/3/1984). Podríamos llegar a
conjeturar que este importante episodio prepara el terreno,
de algún modo -no siendo ese su fin- para ese “giro”
posterior.
3-
HACIA UNA MAYOR PRECISIÓN DEL ÁMBITO PROPIO
DE LA DSI
No
dejaré, naturalmente, de dar mi opinión sobre
el problema planteado. Pero, para ello, debo analizar un tema
en el cual Juan Pablo II ha colaborado también.
Las mayores dificultades de interpretación de la DSI
provienen de no distinguir en ella el núcleo central
del mensaje de cada documento, que pertenece al ámbito
de la teología moral y tiene un valor universal y permanente,
de aquellas cuestiones que, dependiendo más de circunstancias
históricas, de aspectos prudenciales y de ciencias
humanas que no comprometen al invariable depósito de
la Fe, son por ello más contingentes y variables. Esa
es la distinción entre lo opinable y lo no opinable
dentro de la DSI.
Esta
distinción no es ajena al mismo magisterio pontificio,
en todas las épocas. Se podría decir que no
todos los pontífices lo han destacado con el mismo
vigor, o que no lo han advertido cuando hubiera sido necesario
hacerlo explícito, pero puedo afirmar en conciencia
que todos los pontífices que han escrito documentos
sociales, desde León XIII hasta Juan Pablo II, tienen
algún párrafo donde la distinción está
realizada (8). Para citar sólo un ejemplo, que no corresponde
a un pontífice en particular sino al Concilio Vaticano
II, es interesante ver lo afirmado por el documento Gaudium
et Spes en su Nro. 43, al hablar de la actividad temporal
de los laicos: “...Con frecuencia sucederá que
simplemente el sólo concepto cristiano de las cosas
los inclinará en ciertos casos a determinadas soluciones;
otros fieles, sin embargo, guiados con no menos sinceridad,
como sucede con frecuencia y con todo derecho, juzgarán
en lo mismo de otro modo; pues bien, si se da el caso de que
las soluciones propuestas de una y otra parte, aún
sin expresa intención de ellos, muchos las presentan
como derivadas del mensaje evangélico, recuerden que
a nadie le es lícito en esos casos invocar a su manera
la autoridad de la Iglesia en su favor exclusivo”.
Cual
es el fundamento e importancia de esta distinción?
Con respecto a su fundamento, radica en que la Iglesia tiene
una competencia indirecta en todo lo temporal, ya sea enseñando
los principios generales a nivel social (por ejemplo, la importancia
del bien común como legitimación del régimen
político, etc.) o rechazando aquellos sistemas político-sociales
contradictorios con el Evangelio y por ende con la salvación
de las personas (como, por ejemplo, la condena a los regímenes
totalitarios). Pero ello no implica que la Iglesia pueda directamente
proponer -y menos aún de modo infalible- sistemas sociales
en particular, dado que dichas propuestas deben tener la mediación
de elementos que no forman parte de la Fe revelada por Cristo:
cuestiones técnicas de ciencias sociales; circunstancias
históricas concretas y consiguientes juicios de prudencia
política específicos a fin de aplicar principios
generales a casos concretos (9).
La
importancia de esta distinción es que es una herramienta
indispensable cuando llega el momento de interpretar adecuadamente
un documento de la doctrina social de la Iglesia. Cada uno
de ellos ha surgido en un momento histórico concreto,
respondiendo a situaciones concretas. Llevan consigo ese marco
cultural y por ende una terminología que puede ser
cambiante y propuestas prudenciales que no tienen por qué
ser permanentes. Entre medio de dichos aspectos contingentes,
hay un núcleo de mensaje de ética social que
“in abstracto” es verdadero para todos los lugares
y tiempos y que forma parte de la teología moral. Como
se puede observar, qué forma parte de esta última,
y cuáles son los aspectos más contingentes,
no es algo fácil de distinguir, y esto ha llevado a
muchos católicos a todo tipo de enfrentamientos entre
sí sobre la base de unos mismos documentos en una misma
Iglesia.
Lo
interesante, a efectos de nuestro ensayo, es que Juan Pablo
II ha realizado aportes a esta distinción. Ya en la
SRS afirma, en el Nro. 41, que la Iglesia no tiene soluciones
técnicas que ofrecer al problema del subdesarrollo
en cuanto tal, y más abajo, en el mismo Nro., dice
claramente que DSI no pertenece al ámbito de la ideología,
sino al de la teología, y especialmente al ámbito
de la teología moral.
Opino
que en su momento no se prestó suficiente atención
a este aspecto. Sigo opinando que lo mismo ocurre con otro
aporte de Juan Pablo II. Raramente un pontífice declara
explícitamente la contingencia de sus propias expresiones
cuando éstas están afectadas por las circunstancias
históricas que rodean al documento. Pues bien, Juan
Pablo II así lo hizo en el punto 3 de la CA, que citaremos
expresamente (10): “La presente encíclica trata
de poner en evidencia la fecundidad de los principios expresados
por León XIII, los cuales pertenecen al patrimonio
doctrinal de la Iglesia y, por ello, implican la autoridad
del Magisterio. Pero la solicitud pastoral me ha movido además
a proponer el análisis de algunos acontecimientos de
la historia reciente. Es superfluo subrayar que la consideración
atenta del curso de los acontecimientos, para discernir las
nuevas exigencias de la evangelización, forma parte
del deber de los pastores. Tal examen sin embargo no pretende
dar juicios definitivos, ya que de por sí no atañe
al ámbito específico del Magisterio”.
Podemos
pues concluír que Juan Pablo II ha contribuído
a recordar el ámbito propio de la DSI: la teología
moral, no comprometida en su esencia con cuestiones opinables.
Con esta herramienta de interpretación, entre otras,
trataré de analizar el problema planteado en el punto
1.
4-
LAS ENSEÑANZAS ÉTICO-ECONÓMICAS DE JUAN
PABLO II: ¿GIRO O CONTINUIDAD?
Si
por “giro” se entiende un giro de 180 grados que
implique una contradicción, no creo que en Juan Pablo
II haya habido tal cosa, ni con el magisterio anterior ni
consigo mismo en períodos distintos. A su vez, si por
“continuidad” se entiende meramente repetir lo
anterior, tampoco creo que en Juan Pablo II se pueda hablar
de tal cosa. Por el contrario, opino que Juan Pablo II ha
realizado importantes aportes en conformidad con la tradición
anterior. Sin contradecirla, la ha innovado. Y en ese sentido
puede hablarse de una “continuidad” en el pensamiento
social de Juan Pablo II.
Sin
embargo, tal como hemos presentado sus aportes en el punto
1, sería comprensible una interpretación según
la cual la LE sería un punto de partida “estatista”
de su pensamiento, SRS un punto intermedio y CA un punto de
llegada “capitalista”. Pero no es esa mi interpretación.
Vamos
a hacer una relectura, documento tras documento, parte por
parte.
3.a.
LE.
3.a.1. La copropiedad de los medios de producción.
No hay ningún párrafo dentro del documento que
implique que dicha organización deba ser legalmente
coactiva y/o derivada de un derecho del trabajador (11) (aunque
es obvio que una explícita aclaración al respecto
hubiera evitado debates innecesarios). Como propuesta prudencial
no coactiva, sino libre, es una de las tantas formas que la
empresa privada puede adoptar en un sistema de economía
libre. Debe entenderse, además, desde la filosofía
personalista de Juan Pablo II, según la cual es conveniente
que cada persona trabaje “en algo propio”, con
lo cual esta propuesta tiene una ventaja moral sobre las otras.
Su aplicabilidad depende obviamente de circunstancias contingentes.
3.a.2. La dignidad humana como primer criterio del salario
justo.
Que la dignidad de la persona entre como criterio fundante
de la justicia en el salario es algo tradicional en la DSI,
y nunca ha implicado una contradicción con la consideración
de la productividad del trabajo. Juan Pablo II aclara expresamente
esta cuestión, a la cual llama “trabajo en sentido
objetivo” (punto 6). Por otra parte, los medios concretos
de política económica para elevar el salario
y lograr así el ideal ético del salario justo
son una cuestión opinable en el sentido aclarado en
el punto 2.
3.a.3. La “planificación”.
La palabra latina utilizada en el versión oficial del
documento es “temperatio” (11), cuyos sentidos
son diversos y complementarios: “disposición”,
“ordenación”, etc. Por otra parte, aún
traducida como “planificación”, el contexto
del párrafo (punto 18) no implica de ningún
modo una recomendación de una planificación
central al estilo socialista antiguo, y menos aún cuando
Juan Pablo II aclara que en esa “temperatio” debe
quedar “garantizada la iniciativa” de las personas.
Y, nuevamente, si esto implica una mayor o menor intervención
del gobierno en el mercado, es una cuestión opinable.
Obviamente, esta aclaración no implica negar que hubiera
sido deseable otro término que diera lugar a menos
conflictos.
3.a.4. Las anteriores aclaraciones no deben hacer perder de
vista el contexto teológico global de la LE, que permite
entender el impulso que toma el tema de la iniciativa privada
en posteriores documentos. El capítulo II de esta encíclica
nos recuerda la relación esencial del hombre con el
trabajo, al analizar el relato de la creación del hombre
en el Génesis. Allí recibe el hombre un mandato
de Dios, conforme a su naturaleza, de “someter y dominar
la tierra”. Este es un contexto de antropología
teológica más propio del núcleo central
de la DSI, que destaca el carácter “co-creador”
del hombre, e implica que el sentido actual de la expresión
“iniciativa privada” -si bien sometido a aspectos
históricos y contingentes- no sea totalmente “accidental”
al pensamiento social católico.
3.b. La SRS.
3.b.1. El “derecho a la iniciativa económica”.
Juan Pablo II innova en este punto en el sentido de agregar
el concepto de “derecho” a la iniciativa económica.
Empero, la importancia de la iniciativa privada es una constante
en todo el magisterio pontificio. Los matices han sido distintos,
obviamente, pero el eje central del concepto ha sido el mismo.
Desde León XIII, con su defensa del derecho de propiedad
frente al socialismo de su época, pasando por Pío
XI, quien insiste en el principio de subsidiariedad, siguiendo
por Pío XII, quien llega a decir que la economía
es el fruto de la libre iniciativa de los individuos (12);
llegando hasta Juan XXIII, quien da a la iniciativa privada
“la parte principal” en el orden económico
(13). Que esta tradición haya sido olvidada se debe,
creo, fundamentalmente a dos razones: primero, que estos textos
quedaban “oscurecidos” frente a la condena constante
a un capitalismo “liberal” (en el sentido de liberalismo
clásico); segundo, quedaron aún más oscurecidos
por el auge de las teologías de la liberación
de origen marxista de la década del 70 y frente a interpretaciones
más estatistas de la DSI -que no es lo mismo- también
en pleno “éxito” de los años 70
para adelante. Por este motivo, la fuerte defensa de la iniciativa
económica por parte de Juan Pablo II pareció
una novedad, cuando en realidad estaba retomando una tradición,
dentro, obviamente, de su estilo propio y agregando, sin contradicción,
la noción de “derecho” a la iniciativa
económica.
3.b.2. La “condena por igual” al capitalismo y
al marxismo.
Quedó aclarado que el rechazo del capitalismo “liberal”
(en el sentido aclarado) fue permanente en el magisterio.
Luego, desde el punto de vista de la lógica interna
de los documentos pontificios, esto no fue ninguna novedad.
Quedó sin embargo así frente a la circunstancia
histórica en la cual la condena se reiteraba: el preludio
(1988) de la globalización mundial de los mercados
y la caída del muro. Por otra parte, habiendo aclarado,
en el punto anterior, la defensa constante de la libre iniciativa
privada por parte del magisterio, no de difícil inferir
que el la condena al “capitalismo liberal” no
era al capitalismo o al mercado en sí mismo, sino a
un capitalismo no jurídicamente enmarcado en orden
al bien común (que es no casualmente el sentido “negativo”
del capitalismo rechazado en la CA, como se ha visto). Luego,
en este caso como en tantas cuestiones culturales, estamos
frente a una cuestión terminológica de fuertes
consecuencias político-sociales. Para decirlo en pocas
palabras, un agudo caso de “malentendido”. Juan
Pablo II dice una cosa y casi toda la opinión pública
internacional entendió otra.
3.c. La CA.
Frente
a todo lo anterior, no resulta difícil sostener la
tesis de que la distinción terminológica que
Juan Pablo II hace entre un capitalismo “aceptable”
y otro que no lo es, no sólo resulta conforme y coherente
con su propio magisterio, sino también con toda la
tradición de la DSI. El papel positivo de la libre
iniciativa y del mercado en sí mismo jamás fue
rechazado por la DSI, y eso es lo que hace más de 10
años afirmé explícitamente (14). Pero
aunque esto sea así, no hay duda de que, nuevamente,
los términos tienen su importancia. Por primera vez,
en el magisterio, aparecen los términos “economía
de mercado” y “economía libre” en
un contexto de positiva aprobación. Si bien, volvemos
a decir, la novedad de esto es terminológica, para
la opinión pública internacional -y para todos
los católicos, sea cual fuere su tendencia política-
esto fue impactante. Caído ya el muro de Berlín
y afirmándose el proceso de “internacionalización”
de los mercados libres (15), Juan Pablo II aparece “acompañando”
el proceso desde su propio magisterio. En realidad, más
estrictamente, no hacía más que decir: realizadas
las convenientes distinciones y aclaraciones, nada de esto
contradice a la DSI.
En
cuanto a los demás temas que en su momento señalé
como relevantes, podríamos decir que fueron más
novedosos pero menos comentados. Opino que es la primera vez
que un documento pontificio hace un reconocimiento tan expreso
del papel positivo del interés individual en cuanto
a su articulación con el bien común, tema, como
se sabe, típico de la filosofía política
y especialmente apreciado por la economía política
clásica. Igual impresión me merece la afirmación
del “factor conocimiento” como principal factor
de producción, cuestión que pone al magisterio
a tono de los más modernos avances de la economía
política contemporánea. Y la advertencia sobre
los peligros del estado benefactor, si bien no ajena a la
tradición del principio de subsidiariedad, equilibra
un tanto las aguas con respecto a cierta interpretación
de la DSI donde la distribución del ingreso era casi
el factor clave de la justicia económica.
5-
¿HACIA UN CLERICALISMO DE MERCADO?
Queda
un punto, sin embargo, importantísimo, que trataré
de analizar en función de lo visto en el punto 2. Alguien
podría decir u objetar que, según lo que estamos
diciendo, la economía de mercado, sobre todo a partir
de Juan Pablo II, parece ser “el” sistema recomendado
por la DSI, como una especie de desprendimiento necesario
de la concepción cristiana de las cosas, cuando al
mismo tiempo he afirmado, con el mismo Juan Pablo II de mi
lado, que la Iglesia no recomienda sistemas sociales en particular.
Habría allí no sólo una contradicción,
sino también un cierto “clericalismo de mercado”.
“Clerical” es toda posición en la cual
un sistema político determinado es concebido como un
derivado necesario de la Fe. “Clericalismo de mercado”
sería una sacralización del mercado, según
la cual la economía de mercado es “el”
sistema de la DSI, que se deriva, en última instancia,
de los Evangelios.
No
es tal, desde luego, mi posición, pero cabe reconocer
que es un riesgo, sobre todo para aquellos que son favorables
a la economía de mercado.
El
problema se soluciona, a mi juicio, recurriendo a la fundamental
herramienta de interpretación señalada en el
punto 2: la distinción entre lo teológico-moral
(en relación con la Fe) y lo contingente dentro de
la DSI.
Con
dicha distinción en mano, podríamos decir que
la afirmación del derecho de propiedad con su función
social, y la libre iniciativa consiguiente, forma parte de
aquellos principios universales y permanentes de la DSI. Y,
en ese sentido, es que hay un capitalismo o economía
libre sanos derivados de dichos principios. Pero la instrumentalización
técnica del capitalismo y el grado de iniciativa privada
en relación a la intervención del estado es
un tema intrínsecamente opinable, en relación
a la Fe, por los motivos aludidos (esto es, circunstancias
históricas, juicios prudenciales y cuestiones técnicas
de ciencias sociales que no forman parte, de ningún
modo, del depósito de la Fe). Por ende, dentro de un
marco general -la afirmación de la importancia de la
iniciativa privada- quedan infinidad de matices y diversas
opiniones en cuanto a la interacción el gobierno, temas
en los cuales, consiguientemente, los católicos, ahora
como antes, tendrán legítimas y diversas opiniones.
Nuevamente, fue el mismo Juan Pablo II quien aclaró
esta cuestión, cuando refiriéndose a la subsidiariedad
del estado, afirmó: “...Dentro de este marco
caben figuras muy diversas de correlación entre la
autoridad pública y la iniciativa privada” (16).
Por lo tanto, si alguien opina -como es mi caso- que la intervención
del gobierno en las variables económicas debe ser mínima,
debe dar para ello los argumentos racionales correspondientes
y no intentar comprometer al magisterio pontificio con su
propia propuesta, por más que a nivel de los “grandes
principios” se haya explicitado terminológicamente
lo que estaba tácito: que el mercado en cuando tal
no es contrario a la DSI. Y lo mismo debe hacer aquel que
opine que una mayor intervención del gobierno es necesaria,
por más que el magisterio haya dicho, a nivel de principios
generales, lo que siempre dijo: que el mercado es inaceptable
si no está jurídicamente articulado con el bien
común (17).
6-
HACIA UNA REFLEXIÓN CULTURAL FINAL
Que
la actividad económica forma parte esencial de la cultura
humana, y que un cierto grado de libertad económica
forma parte esencial de los derechos del hombre, son cuestiones
que dí por asumidas. A partir de este supuesto, no
es difícil inferir la importancia cultural que el pensamiento
ético-económico de Juan Pablo II ha tenido y
tiene, en un mundo que parece encaminarse hacia sistemas políticos
en los que la globalización y liberalización
de los mercados es algo fundamental.
A
todos nos preocupa, sin embargo, una singular paradoja, y
Juan Pablo II es especialmente sensible a este tema. El mercado
tiene un singular efecto cultural: da a los consumidores lo
que ellos demandan. Este sencillo efecto, que parece sacado
de Economics 101, presenta un complejo problema moral. El
mercado es bueno en sí mismo, al estar fundado en el
derecho natural a la iniciativa económica y al favorecer
la creatividad y el espíritu de iniciativa en el ser
humano, además de ser garantía de su libertad
integral. Pero, qué “sentimos” cuando de
ese mercado emanan, con superabundancia de oferta, productos
que han sido demandados por lo más innoble del corazón
humano? La respuesta es amplia, y de ningún modo quiero
agotarla o dar la impresión de simplicidad. Sólo
quiero afirmar algo que muchas veces se olvida: todas las
“ofertas” de baja calidad moral e intelectual
-independientemente de su valor en el mercado- no emanan del
mercado, como si éste fuera su causa originaria, sino
del corazón humano, herido por el pecado original.
Es la proclamación del Evangelio, y no la abolición
del mercado, la actitud correcta ante ese problema. Y decimos
“actitud” y no “solución”,
porque no es un problema que tenga una solución definitiva,
excepto en esquemas utópicos que concluyen en el totalitarismo.
El mercado está lejos de ser redentor; la redención
viene sólo de Cristo. En este tema, como en tantos
otros, no debemos olvidar que la tolerancia debida de lo imperfecto
tiene la perfección de lo debido (18).
(1)
Período que nos depara constantemente nuevas sorpresas,
como sus últimas declaraciones acerca del evolucionismo,
no innovadoras por su contenido pero sí por su contexto.
(2)
AAS vol. 73, p. 615.
(3)
AAS vol. 73, p. 591.
(4)
AAS vol. 73, p. 632-634.
(5)
En L'Osservatore Romano, Edición Semanal en Lengua
Española, año XX, Nro. 9. Punto 15.
(6)
"Liberal" en el sentido de "classical liberal".
(7)
En L'Osservatore Romano, Nro. 235, punto 42.
(8)
He analizado más detalladamente esta cuestión
en mi artículo "Iglesia y política",
en el diario (newspaper) La Prensa, del 2/7/1989.
(9)
Ver Spaemann, R.: Crítica de las utopías políticas;
Eunsa, Pamplona, 1980, cap. IV.
(10)
L'Osservatore Romano, op. cit.
(11)
Ver Ferrari Toniolo, A.: "Reforma y humanización
de las estructuras sociales", en L'Osservatore Romano,
Nro. 671, del 11/8/1981.
(11)
AAS vol. 73, p. 623-624.
(12)
Discurso "Avec Une Egalle Sollicitude", del 5/7/1949;
AAS vol. 41, p. 285. En francés en las Actas.
(13)
Nro. 51 de la enc. Mater et magistra.
(14)
En mi libro Economía de mercado y Doctrina social de
la Iglesia; Editorial de Belgrano, Buenos Aires, 1985.
(15)
No se preveían tanto, en ese momento, los problemas
de los nacionalismos de todo tipo que ahora estamos sufriendo.
(16)
Discurso
a la Cepal en Santiago de Chile, del 4/3/1987, publicado en
el libro Cristianismo, sociedad libre y opción por
los pobres, Centro de Estudios Públicos, Santiago de
Chile, 1988.
(17)
Yo me atrevería a decir que, en ese caso, no hay mercado
propiamente hablando, pero en ese caso entramos en una cuestión
terminológica.
(18)
Dice el Padre Fr. R. Sirico: "While few disagree that
the market is the most efficient means of producing all manner
of goods, many remain uncomfortable with it. These people
are concerned because, with the good, the market also produces
things that are stupid and vulgar, noxious and immoral. This
valid concern deserves a response. Should we reject a free
economy on the basis of this critique?". El eje central
de su respuesta es, más adelante: "...Because
people's behavior drives a market economy, the solution is
to transform their behavior, not to regulate the market. This
is why an active Christian witness in the marketplace is so
important. And the way to correct the sinful inclinations
manifest in the market is through the redemption of those
who participate in the market. We must place our hope, not
in the regulatory state or the free market, but in the salving
power of Jesus Christ". Acton Notes, September 1996,
Volume 6, Number 9; President's Message.
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