La
muerte de Juan Pablo II y la elección de su sucesor,
Benedicto XVI, han despertado una serie de comentarios que
revelan expectativas un tanto curiosas y una crisis en la
noción de autoridad del Sumo Pontífice.
Desde
fuera de la Iglesia –aunque sólo Dios sabe quiénes
están “fuera”- ello no es novedad. Pero
en los fieles de la Iglesia Católica, las divisiones
entre quienes esperaban un papa “reformista” y
otros que esperaban a uno “conservador”, han llegado
esta vez a un nivel de disenso interno que no es algo nuevo
en la historia de la Iglesia, pero no por ello deja de preocupar
de algún modo (decimos de algún modo porque
ninguna preocupación humana debe afectar nuestra fe
en la indefectibilidad de la Iglesia).
Espero
desde luego la corrección de los biblistas y expertos
en Sagradas Escrituras, pero, si mal no recuerdo, Jesús
dijo a Pedro “confirma a los hermanos en la fe”.
En la fe. ¿En cuál? ¿En la de ayer, en
la de hoy? ¿En la fe de la Iglesia tal o cual? ¿En
la fe de tal o cual pontífice? ¿En la fe de
tal o cual teólogo?
Tal
vez quepa alguna de estas preguntas en los debates que tenemos
con los hermanos separados. Pero parece que hoy en día
para un católico romano no hay nada peor que otro católico
romano…
Fe.
Sencillamente fe. La fe que ilumina al ignorante, a los que
no sabemos nada, pero que por fe sabemos que la Iglesia es
Espíritu: es el Cuerpo Místico de Cristo, cuya
cabeza visible es el Sumo Pontífice, cuya misión
es nada más ni nada menos que confirmarnos en nuestra
fe. Una misión de hermenéutica sobrenatural;
una misión de interpretación iluminada por el
Espíritu Santo, misión que con divina sabiduría
deja Jesús a Pedro sabiendo que de lo contrario, después
del pecado original, iba a haber tantas “iglesias”
como personas humanas hubiere.
Ante
esa misión del Pontífice, todo lo demás
es contingente. Puede ser un sabio teólogo y vivir
en el actual estado del Vaticano; puede ser un humilde viejito
que viva en una cueva, puede ser que tengamos que volver a
las antiguas catacumbas. Puede ser que tenga diplomacia o
que no la tenga; puede ser que viaje en avión o camine
pidiendo limosna por las calles. Todo eso es contingente.
Lo necesario, lo que pertenece a la indefectibilidad de la
Iglesia, es que el Sumo Pontífice nos confirmará
en la fe, y de ese modo la conservará.
Desde
esta perspectiva, cabe reenfocar nuestros debates sobre la
autoridad del pontífice. El Instituto Acton Argentina,
cuya misión se mueve en un ámbito opinable la
mayor de las veces, por eso mismo no tiene más que
decir, ante Benedicto XVI, “tu es Petrus”,
y nada más, sencillamente nada más.
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