Recuerdo
que cuando era niño, muy niño, me tenía
muy impresionado la iglesia del Instituto Inmaculada Concepciòn
de Castelar. Lo que más me llamaba la atención
era la sacristía. Pero yo no sabìa lo que era:
sólo veía una puerta de la cual salía
el sacerdote. Esa puerta me tenìa impactado. Sobre
todo, porque mi mente de niño alimentaba la siguiente
hipótesis: ¿está Dios ahí dentro?
Durante mucho tiempo contemplé, en silencio, y con
un indescriptible sentimiento de fascinación (pero
sin temor), esa puerta, que simbolizaba (ahora lo sé,
retrospectivamente) la absoluta dimensión del misterio.
Todavía hoy, cuando entro a una sacristía, donde
un sacerdote se viste para la Misa, algo me huele a Dios.
Aunque
parezca que no tenga nada que ver, quiero agregar que las
diversas épocas tienen diversas formas de probar nuestra
Fe. En su momento, en la Iglesia de las catacumbas, los cristianos
morìan (pero vivían) ante los leones del imperio.
Aún hoy, lamentablemente, esta dimensión del
martirio se sigue produciendo. Pero las pruebas de Fe tienen
hoy renovadas formas. Al menos, en ciertos lugares, ya no
son los soldados del emperador los que amenazan con llevarnos
a las arenas de la muerte. Ahora nos carcome la indiferencia
(perdemos la fe sin darnos cuenta) o encendemos un televisor,
o vamos a una librería, y la duda nos asalta.
Perder
la fe sin darnos cuenta es ya bastante terrible, pero concentrémonos
en lo segundo. La duda nos asalta. ¿Era Cristo Dios?
No, parece que no, o al menos no el Dios que suponemos: se
habrìa casado con María Magdalena y sus hijos,
sobrevivientes hasta la actualidad, serían perseguidos
por una ya bi-milenaria banda de mafiosos asesinos y mentirosos
(representantes excelsos de la conspiración) llamada
Iglesia Católica.
¿Y
no puede ser? Claro que puede ser. No atenta contra el principio
de no contradicción. Es posible. ¿Pero entonces
puede ser verdad? No. ¿Por qué no? Sencillamente,
porque la Fe dice que no. Pero si esa respuesta nos parece
ingenua, ¿tenemos fe?
¿Qué
es la fe? ¿Puede haber evidencias para la fe? ¿Pruebas
para la fe? ¿Vamos a ponernos a debatir con los autores
de novelas de misterio y teorías conspirativas? ¿Vamos
a contraponer nuestras razones con las de ellos? ¿Vamos
a mostrarles más “datos”, más “pruebas”,
más “hechos históricos” que contradigan
los de ellos? ¿Si? ¿Lo vamos a hacer? ¿Vamos
a ser más eruditos que ellos? Entonces no tenemos Fe.
Pero
alguien me puede decir: ¿pero acaso la tradición
escolástica no habla de “razones para la fe”?
¿Es acaso la fe un salto al vacío del absurdo,
sin explicaciones, sin razones, sin un manto de razonabilidad?
Por
supuesto que no. Claro que hay “razones” para
la fe, pero no son pruebas humanas de ningún tipo,
sino una comprensión de la fe, que la hace razonable.
Es razonable creer que nací tal día, porque
mis padres me lo dijeron. Ejemplo de manual.
Pero
en la Fe Revelada, Sobrenatural, hay un elemento, un factor,
una eco de la voz de Dios, que es también una de las
“razones” más poderosas para la Fe. Es
la dimensión del misterio. Ese misterio que nos habla
de Dios. Ese misterio que nos habla lejanamente, como en susurros,
del rostro escondido de Dios. Ese es el “código”
de la fe, esa es su sintaxis, su lenguaje. El misterio de
la sacristía de mi infancia.
Donde
hay misterio, hay Dios. Donde vislumbramos la infinita compasión
de un ser cuya dimensión se nos escapa, esto es, Cristo,
está Dios. Ese Dios alojado en el sagrario, en poderoso
silencio, alejado de los ruidos humanos, esperando con infinita
paciencia que respondamos a su permanente llamado. Un llamado
que habla otros lenguajes: sin hechos, sin cálculos,
sin testeos empíricos, sin agentes de prensa, sin publicidad.
Claro, qué fácil, pero qué humano, sería
todo, de lo contrario.
Qué
fácil, entonces, suponer de Cristo y la Iglesia cualquier
teoría que borre su misterio, y lo abaje a la simplicidad
y estrellato de nuestras teorías conspirativas. Cito
aquí a Roberto Bosca: cómo atrae a cierta mentalidad
querer descubrir, destrás de todo, el plan maestro,
la mano humana, la conspiración. Qué fácil,
qué sencillo. Cómo cuesta, ser humano, finito,
contingente, frágil, casi ciego, abandonarte a la dimensión
del misterio de Dios, que acoge en su seno de un modo que
no es el nuestro: sin nuestra ciencia, sin nuestro solo pensamiento,
sin nuestras armas y defensas. Un modo que horroriza al corazón
humano después del pecado original, y que se llama,
sencillamente, cruz.
Por
ende, qué interesante, qué divertida, qué
vendedora, qué humanamente atractiva, la teoría
conspirativa. La Iglesia, una conspiración para asesinar
a los humanos hijos de Cristo. Qué interesante. Qué
sencillamente humano. Què humanamente frágil.
Qué humanamente pobre.
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