Comentario del mes
 


El código de la Fe
por Gabriel Zanotti

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Recuerdo que cuando era niño, muy niño, me tenía muy impresionado la iglesia del Instituto Inmaculada Concepciòn de Castelar. Lo que más me llamaba la atención era la sacristía. Pero yo no sabìa lo que era: sólo veía una puerta de la cual salía el sacerdote. Esa puerta me tenìa impactado. Sobre todo, porque mi mente de niño alimentaba la siguiente hipótesis: ¿está Dios ahí dentro? Durante mucho tiempo contemplé, en silencio, y con un indescriptible sentimiento de fascinación (pero sin temor), esa puerta, que simbolizaba (ahora lo sé, retrospectivamente) la absoluta dimensión del misterio. Todavía hoy, cuando entro a una sacristía, donde un sacerdote se viste para la Misa, algo me huele a Dios.

Aunque parezca que no tenga nada que ver, quiero agregar que las diversas épocas tienen diversas formas de probar nuestra Fe. En su momento, en la Iglesia de las catacumbas, los cristianos morìan (pero vivían) ante los leones del imperio. Aún hoy, lamentablemente, esta dimensión del martirio se sigue produciendo. Pero las pruebas de Fe tienen hoy renovadas formas. Al menos, en ciertos lugares, ya no son los soldados del emperador los que amenazan con llevarnos a las arenas de la muerte. Ahora nos carcome la indiferencia (perdemos la fe sin darnos cuenta) o encendemos un televisor, o vamos a una librería, y la duda nos asalta.

Perder la fe sin darnos cuenta es ya bastante terrible, pero concentrémonos en lo segundo. La duda nos asalta. ¿Era Cristo Dios? No, parece que no, o al menos no el Dios que suponemos: se habrìa casado con María Magdalena y sus hijos, sobrevivientes hasta la actualidad, serían perseguidos por una ya bi-milenaria banda de mafiosos asesinos y mentirosos (representantes excelsos de la conspiración) llamada Iglesia Católica.

¿Y no puede ser? Claro que puede ser. No atenta contra el principio de no contradicción. Es posible. ¿Pero entonces puede ser verdad? No. ¿Por qué no? Sencillamente, porque la Fe dice que no. Pero si esa respuesta nos parece ingenua, ¿tenemos fe?

¿Qué es la fe? ¿Puede haber evidencias para la fe? ¿Pruebas para la fe? ¿Vamos a ponernos a debatir con los autores de novelas de misterio y teorías conspirativas? ¿Vamos a contraponer nuestras razones con las de ellos? ¿Vamos a mostrarles más “datos”, más “pruebas”, más “hechos históricos” que contradigan los de ellos? ¿Si? ¿Lo vamos a hacer? ¿Vamos a ser más eruditos que ellos? Entonces no tenemos Fe.

Pero alguien me puede decir: ¿pero acaso la tradición escolástica no habla de “razones para la fe”? ¿Es acaso la fe un salto al vacío del absurdo, sin explicaciones, sin razones, sin un manto de razonabilidad?

Por supuesto que no. Claro que hay “razones” para la fe, pero no son pruebas humanas de ningún tipo, sino una comprensión de la fe, que la hace razonable. Es razonable creer que nací tal día, porque mis padres me lo dijeron. Ejemplo de manual.

Pero en la Fe Revelada, Sobrenatural, hay un elemento, un factor, una eco de la voz de Dios, que es también una de las “razones” más poderosas para la Fe. Es la dimensión del misterio. Ese misterio que nos habla de Dios. Ese misterio que nos habla lejanamente, como en susurros, del rostro escondido de Dios. Ese es el “código” de la fe, esa es su sintaxis, su lenguaje. El misterio de la sacristía de mi infancia.

Donde hay misterio, hay Dios. Donde vislumbramos la infinita compasión de un ser cuya dimensión se nos escapa, esto es, Cristo, está Dios. Ese Dios alojado en el sagrario, en poderoso silencio, alejado de los ruidos humanos, esperando con infinita paciencia que respondamos a su permanente llamado. Un llamado que habla otros lenguajes: sin hechos, sin cálculos, sin testeos empíricos, sin agentes de prensa, sin publicidad. Claro, qué fácil, pero qué humano, sería todo, de lo contrario.

Qué fácil, entonces, suponer de Cristo y la Iglesia cualquier teoría que borre su misterio, y lo abaje a la simplicidad y estrellato de nuestras teorías conspirativas. Cito aquí a Roberto Bosca: cómo atrae a cierta mentalidad querer descubrir, destrás de todo, el plan maestro, la mano humana, la conspiración. Qué fácil, qué sencillo. Cómo cuesta, ser humano, finito, contingente, frágil, casi ciego, abandonarte a la dimensión del misterio de Dios, que acoge en su seno de un modo que no es el nuestro: sin nuestra ciencia, sin nuestro solo pensamiento, sin nuestras armas y defensas. Un modo que horroriza al corazón humano después del pecado original, y que se llama, sencillamente, cruz.

Por ende, qué interesante, qué divertida, qué vendedora, qué humanamente atractiva, la teoría conspirativa. La Iglesia, una conspiración para asesinar a los humanos hijos de Cristo. Qué interesante. Qué sencillamente humano. Què humanamente frágil. Qué humanamente pobre.

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