Parece
que no son tiempos para hablar de lo opinable. Para dar ejemplos
de temas que en la Iglesia no son opinables, Benedicto XVI
ha dicho, para asombro –o enojo- de muchos, que el matrimonio
es entre dos sexos diferentes (varón y mujer, por si
hay alguna duda). Para dar otro ejemplo, Juan Pablo II tuvo
que decir, en la Veritatis Splendor (1993), a todos los obispos
de la Iglesia Católica, que el pecado se divide en
mortal y venial....
Pero
en el editorial pasado nosotros terminamos diciendo que el
Acton Institute se mueve la mayor parte de las veces en temas
“opinables”. ¿Qué significa eso?
Si nos permite el lector, daremos nuestra opinión...
Los
católicos tienen un ámbito de cuestiones no
opinables que constituyen el “depósito de la
fe”. Las Sagradas Escrituras, la Tradición y
el Magisterio de la Iglesia constituyen las fuentes de la
Revelación que se cree por la Fe: analógicamente,
aquello que es la misma persona de Cristo asentado en nuestra
vida por la Gracia.
En
ese sentido hay cosas que son “de Fe”. Las decimos
cuando decimos el “Credo”.
Pero el Credo no dice, por ejemplo: “creo en Dios, Padre
Todopoderoso, y en la ley de gravedad”. No. Tampoco
en la ley de la oferta y la demanda. ¿Por qué?
¿Acaso porque sean falsas? ¿O acaso porque tenemos
que mirar con sospecha a todo aquello que no sea sagrado,
que no forme parte del orden sobrenatural de la Gracia?
No,
ni una cosa ni otra. Sencillamente el credo no dice eso, porque
esas cosas no fueron reveladas. Y no fueron reveladas porque
la revelación es de aquello que es necesario para la
salvación. Ahora bien, el mundo creado por Dios, tanto
natural como humano, es esencialmente bueno, precisamente
porque está creado por Dios. Pero no todo lo creado
por Dios ha sido revelado por Dios.
En
las cuestiones sociales, hay tres elementos que no forman
parte de la revelación y sin embargo forma parte de
las premisas que asumimos sin darnos cuenta en los debates
sociales. Ellos son: a) la evolución de determinadas
teorías y-o ciencias sociales en determinado contexto
histórico (por ejemplo, la teoría de la democracia
constitucional); b) la evaluación de determinado contexto
histórico a la luz de las teorías anteriores
(por ejemplo, “hay naciones donde la democracia es apenas
incipiente”); c) juicios prudenciales, concretos, sobre
cursos de acción (por ejemplo: “habría
que fortificar la democracia en América Latina”).
Esos supuestos no forman parte del depositum fidei (el deposito
de la Fe) y sin embargo partimos de ellos las más de
las veces en cuestiones sociales. Por eso las conclusiones
emanadas a partir de ellas son opinables en relación
al depósito de la Fe, aunque desde el punto de vista
del “orden natural” podamos tener certeza en nuestros
juicios. Pero, ¿no es que lo Sobrenatural debe abarcar
todo lo natural también, porque, actuando la Gracia
de Dios, lo Sobrenatural supone lo natural y lo eleva? Si.
Por supuesto. Pero ello sucede cuando los fieles –y
especialmente los laicos- santifican todo ello con su acción
cotidiana, especialmente en el mundo social, al estar esa
acción inspirada en la Fe, la Esperanza y la Caridad.
De ese modo lo Sobrenatural, en el mundo social, supone lo
natural y lo eleva. Pero ello no borra la justa autonomía
de las realidades terrenas, realidades en las cuales los fieles
pueden equivocarse, y ese error los compromete a ellos, no
a la Iglesia.
De
ese modo, la Fe llega a todos lados, si, pero a las cosas
que no son “de Fe” llega a través de la
acción de los fieles laicos, que tienen legítima
libertad de opinión en esos temas (CDC 227) mientras
no contradigan, claro, a la misma Fe. Por eso dice el Vaticano
II: “Muchas veces sucederá que la propia concepción
cristiana de la vida les inclinará en ciertos casos
a elegir una determinada solución. Pero podrá
suceder, como sucede frecuentemente y con todo derecho, que
otros fieles, guiados por una no menor sinceridad, juzguen
del mismo asunto de distinta manera. En estos casos de soluciones
divergentes aun al margen de la intención de ambas
partes, muchos tienen fácilmente a vincular su solución
con el mensaje evangélico. Entiendan todos que en tales
casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva
a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia. Procuren
siempre hacerse luz mutuamente con un diálogo sincero,
guardando la mutua caridad y la solicitud primordial pro el
bien común...” (Nro. 43).
Nada
de esto es sencillo. Conviene, sí, no olvidarlo, para
ejercer nuestro derecho a la libertad de opinión en
material temporal, para respetar absolutamente al católico
que no piense como nosotros en el mismo tema, para no comprometer
a la Jerarquía de la Iglesia en materia contingente,
y para respetar al Magisterio de la Iglesia en las cosas que
le son propias.
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