El
11 de Agosto de este año murió, en París,
a los 99 años, Manuel Río, uno de los filósofos
y juristas argentinos más comprometidos con una sociedad
libre y virtuosa.
Manuel
Río, como muchos sabios, murió en la humildad
del silencio, de ese silencio creador que manifiesta que el
bien no hace ruido y que el ruido no hace bien. No es nuestra
intención, por ende, cambiar esa situación y
hacer ruidos, pero sí recordar sus enseñanzas
y su ejemplo, para que la antorcha que él dejó
sea seguida por las nuevas generaciones.
Cuando
en las décadas del 20 y del 30 muchos cristianos creyeron
ver en Mussolini y Franco la solución al problema de
una democracia corrupta, Jacques Maritain, uno de los tomistas
más importantes del siglo XX –a la altura de
Gilson, Fabro, Pieper- marcó, con lucidez y anticipación,
otro camino. El camino de una democracia cristiana, donde
los valores de la modernidad política fueran basados
en la ley natural como fuente de los derechos personales –la
libertad religiosa, entre ellos- y la limitación del
poder. Hoy todo ello puede parecer obvio para muchos: decirlo
antes del Vaticano II era un acto de valentía al mismo
tiempo que de anticipación. Era el camino que ya habían
marcado Rosmini, Acton, Lacordaire, Ozanam y Sturzo.
En
Argentina, pocos siguieron ese camino, cuando después
de terminada la segunda guerra nuestro país adopta
formas autoritarias de gobierno precisamente al mismo tiempo
que Europa intentaba desprenderse de ellas para siempre. Entre
esos pocos, Manuel Ordóñez, Ambrosio Romero
Carranza, Monseñor Miguel de Andrea, y otros más
jóvenes como Jorge Luis García Venturini, recogieron
la bandera de Jacques Maritain: se trataba de un espíritu,
más que de debates filosóficos técnicos
sobre el individuo y la persona. Entre ellos había
alguien cuya erudición era notable: Manuel Río.
Manuel Río conjugaba ya, entonces, aspectos que habitualmente
eran difíciles de sintetizar en una sola persona. El
vasto conocimiento de la filosofía universal y particularmente
la filosofía de Santo Tomás de Aquino; el derecho
constitucional y la defensa del sistema democrático
y republicano de gobierno, y especialmente (como casi nadie
en la Argentina de entonces) el conocimiento de la Escuela
Austriaca de Economía, y particularmente sus primeros
y precursores intentos de mostrar su compatibilidad con la
filosofía cristiana que él había aprendido
de Santo Tomás de Aquino. Dos de sus más importantes
libros, que hemos recomendado en esta página (La Libertad
y La esencia del Derecho, la Justicia, La ley) así
lo testimonian. Una de sus expresiones, “la sociedad
de mercado”, ¿no adelantaba, al colocar “sociedad”
en vez de “economía” lo que luego en el
Acton Institute predicamos como defensa de una sociedad libre
y virtuosa? Decía Manuel Río: “...Los
tres elementos que acabamos de indicar –ley pareja,
propiedad privada y democracia fundamental- constituyen la
estructura institucional de la “sociedad de mercado”
de que hablan los economistas. Así, pues, es inexorable
reconocer que la sociedad de mercado corresponde a las exigencias
primeras, conjuntamente, del Derecho y de la Economía,
y exclusivamente en ella los requisitos de uno y de otra encuentran
satisfacción” . Y citaba más abajo
a un autor que ningún tomista argentino leía
entonces, excepto él: “...El propio Mises
ha expresado ese resultado....”.
Fue
un ejemplo de conciliación y de espíritu eclesial:
él nos enseñó que todo documento pontificio
debe ser interpretado conforme a su contexto eclesial. En
momentos en que muchos se escandalizaban por citas pontificias
que, sacadas de contexto, podían leerse de cualquier
manera, él conservó incólume su fe en
la Iglesia y enseñó a distinguir lo esencial
de lo opinable.
El
mejor homenaje que le podemos hacer a Manuel Río es
seguir sus enseñanzas. No a modo de repetición
de detalles, no a nivel de reiteración de la letra,
sino como continuidad del espíritu: el espíritu
de sus actitudes, de su fe y de su apertura a la libertad.
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