Por
esas casualidades que tiene la vida, he tenido la suerte de
conocer y trabajar con personas de enorme talento profesional,
especialmente en el campo de la economía y los negocios.
Mi entorno, el mundo de la educación en los principios
fundamentales de la sociedad libre, atrae a gente que no sólo
es brillante, sino que además muestra numerosas características
de generosidad, y en algunos casos especiales, de santidad.
Entre ellos, sin lugar a dudas, don Rafael Termes ocupaba,
y ocupa un lugar preferencial.
En
los últimos tiempos he vivido la muerte de seres muy
queridos, desde grandes amigos, como mi padre, a otros parientes
y colegas; a todos veo y deseo vida eterna pero a Rafael Termes
no sólo lo veo en la Gloria, sino que además,
lo siento presente a través de sus ideas y enseñanzas.
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Su
experiencia intelectual estaba fuertemente encarnada en su
persona. Hasta el último día de su vida nos
contagió con su sano amor por la libertad.
Creo
que nuestro primer encuentro fue hace más de dos décadas,
durante una comida de trabajo en Madrid, y si mal no recuerdo
también estaban allí Luís Reig, Jose
Raga, Lorenzo Bernaldo de Quirós, Lucas Beltrán
y Francisco Cabrillo. Desde ese entonces nunca lo vi abandonar
la tribuna del debate público. Su búsqueda incesante
de la verdad iluminaba sus contribuciones que lo llevaron
a discutir, con amigos y enemigos, sobre todos los temas centrales
que veía afectar a la sociedad civil de su país
y al mundo libre. Su estilo franco, claro y respetuoso, era
un espejo de su personalidad. Es por ello que se ganó
el respeto de tantos.
Me
siento en deuda con él al no haber concretado el proyecto
de traducir al inglés su libro “Antropología
del Capitalismo”, una obra clave que fuera su discurso
de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.
Su libro aporta valiosos argumentos para demostrar que lo
mejor que podemos hacer para que la economía de mercado
rinda sus frutos es “impulsar la mejora del sistema
ético-cultural y del sistema jurídico-institucional
para adecuarlos a una antropología
basada en la naturaleza y valor del hombre, como ser racional
y libre, con un fin propio que es, al mismo tiempo, inmanente
y trascendente.” [Negritas en el original].
Recuerdo que durante un evento muy especial, una especie de
retiro y seminario de economía para obispos de un país
latinoamericano, pude pasar momentos inolvidables con él.
Una tarde, caminando por un espléndido parque tropical,
le pregunté cómo hacía para balancear
sus múltiples obligaciones profesionales, educativas,
y espirituales. “Alejandro”, me dijo, “la
verdad es que en el campo intelectual, las cosas urgentes
siguen desplazando a las cosas importantes.” Esas palabras
me consuelan hoy por no haber avanzado en el proyecto de la
traducción de su libro.
Aparte
de su legado intelectual, espiritual y profesional, también
recordaré su ejemplo de fortaleza física, su
carácter incansable. Seguramente otros que lo hayan
acompañado más que yo tienen muchas anécdotas,
la mía es de no hace muchos años atrás,
cuando después de varios días de trabajo, y
antes de viajar, nos fuimos a la ciudad de Méjico,
que está a casi 2500 metros de altura. Sin tener segundos
de descanso fuimos a visitar la Basílica de Nuestra
Señora de Guadalupe, y luego a conocer, subiendo todos
los pisos a pie, el edificio, en ese momento en construcción,
del Arzobispado. Entre la altura y el ejercicio yo terminé
agotado. Don Rafael, en cambio, sin ningún problema,
pese a que en ese entonces ya llegaba a los 80 años,
¡35 más que yo!
Desde
la empresa, como banquero y presidente de la Asociación
Española de Banca Privada, como profesor en la Universidad
de Navarra, y como escritor y publicista, don Rafael nos deja
un legado que no sólo podemos recordar, sino que también
podemos ver, tocar, y recoger sus frutos. Pero más
importante aún, es que ayudemos con nuestro ejemplo
y trabajo, a seguir construyendo un mundo más parecido
al soñado por él... qué mejor forma de
llegar al mundo que él hoy tan merecidamente habita.
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