Comentario del mes
 


Rafael Termes: recuerdos de su legado
por Alejandro Chafuen

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Por esas casualidades que tiene la vida, he tenido la suerte de conocer y trabajar con personas de enorme talento profesional, especialmente en el campo de la economía y los negocios. Mi entorno, el mundo de la educación en los principios fundamentales de la sociedad libre, atrae a gente que no sólo es brillante, sino que además muestra numerosas características de generosidad, y en algunos casos especiales, de santidad. Entre ellos, sin lugar a dudas, don Rafael Termes ocupaba, y ocupa un lugar preferencial.

En los últimos tiempos he vivido la muerte de seres muy queridos, desde grandes amigos, como mi padre, a otros parientes y colegas; a todos veo y deseo vida eterna pero a Rafael Termes no sólo lo veo en la Gloria, sino que además, lo siento presente a través de sus ideas y enseñanzas.

Su experiencia intelectual estaba fuertemente encarnada en su persona. Hasta el último día de su vida nos contagió con su sano amor por la libertad.

Creo que nuestro primer encuentro fue hace más de dos décadas, durante una comida de trabajo en Madrid, y si mal no recuerdo también estaban allí Luís Reig, Jose Raga, Lorenzo Bernaldo de Quirós, Lucas Beltrán y Francisco Cabrillo. Desde ese entonces nunca lo vi abandonar la tribuna del debate público. Su búsqueda incesante de la verdad iluminaba sus contribuciones que lo llevaron a discutir, con amigos y enemigos, sobre todos los temas centrales que veía afectar a la sociedad civil de su país y al mundo libre. Su estilo franco, claro y respetuoso, era un espejo de su personalidad. Es por ello que se ganó el respeto de tantos.

Me siento en deuda con él al no haber concretado el proyecto de traducir al inglés su libro “Antropología del Capitalismo”, una obra clave que fuera su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Su libro aporta valiosos argumentos para demostrar que lo mejor que podemos hacer para que la economía de mercado rinda sus frutos es “impulsar la mejora del sistema ético-cultural y del sistema jurídico-institucional para adecuarlos a una antropología basada en la naturaleza y valor del hombre, como ser racional y libre, con un fin propio que es, al mismo tiempo, inmanente y trascendente.” [Negritas en el original].

Recuerdo que durante un evento muy especial, una especie de retiro y seminario de economía para obispos de un país latinoamericano, pude pasar momentos inolvidables con él. Una tarde, caminando por un espléndido parque tropical, le pregunté cómo hacía para balancear sus múltiples obligaciones profesionales, educativas, y espirituales. “Alejandro”, me dijo, “la verdad es que en el campo intelectual, las cosas urgentes siguen desplazando a las cosas importantes.” Esas palabras me consuelan hoy por no haber avanzado en el proyecto de la traducción de su libro.

Aparte de su legado intelectual, espiritual y profesional, también recordaré su ejemplo de fortaleza física, su carácter incansable. Seguramente otros que lo hayan acompañado más que yo tienen muchas anécdotas, la mía es de no hace muchos años atrás, cuando después de varios días de trabajo, y antes de viajar, nos fuimos a la ciudad de Méjico, que está a casi 2500 metros de altura. Sin tener segundos de descanso fuimos a visitar la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, y luego a conocer, subiendo todos los pisos a pie, el edificio, en ese momento en construcción, del Arzobispado. Entre la altura y el ejercicio yo terminé agotado. Don Rafael, en cambio, sin ningún problema, pese a que en ese entonces ya llegaba a los 80 años, ¡35 más que yo!

Desde la empresa, como banquero y presidente de la Asociación Española de Banca Privada, como profesor en la Universidad de Navarra, y como escritor y publicista, don Rafael nos deja un legado que no sólo podemos recordar, sino que también podemos ver, tocar, y recoger sus frutos. Pero más importante aún, es que ayudemos con nuestro ejemplo y trabajo, a seguir construyendo un mundo más parecido al soñado por él... qué mejor forma de llegar al mundo que él hoy tan merecidamente habita.

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