Comentario del mes
 


Una nueva Carta pastoral de los Obispos argentinos
por Gustavo Hasperué

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Una vez más los Obispos argentinos ofrecieron su palabra sobre la situación social de la Argentina. Y una vez más los medios de comunicación mayoritariamente destacaron los aspectos contingentes y olvidaron los esenciales. En algunos resúmenes de prensa el documento de los Obispos -"La Doctrina Social de la Iglesia. Una luz para reconstruir la Nación" (11-11-05)- apareció simplemente como un diagnóstico de unos cuantos problemas del país y como una crítica al gobierno más o menos velada. Los Obispos, en cambio, tenían otro objetivo:

"Queremos, simplemente, mostrar la originalidad de los principios y valores que sustentan esta Doctrina [la Doctrina Social de la Iglesia], y proponer a la reflexión algunas situaciones y cuestiones. Y ello para estimular a todos a estudiar la Doctrina Social de la Iglesia, analizar con su luz algunos aspectos de la situación del País, y, en conjunción con la propia ciencia y experiencia, aplicarla al momento presente. Y, de este modo, trabajando junto con todos los hombres de buena voluntad, encontrar caminos concretos que contribuyan a la reconstrucción del tejido social, afianzar el sentido de pertenencia a la Nación y acrecentar la conciencia de ser ciudadanos." (5)

Los Obispos quieren enseñarnos, como pastores, la originalidad de los principios y valores de la Doctrina Social de la Iglesia, tal como los expone el recientemente publicado Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia redactado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz. Al mismo tiempo nos proponen algunas situaciones y cuestiones de actualidad para reflexionar. Esta propuesta no pretende ser ni un diagnóstico exhaustivo de la situación del país, ni el único válido, ni mucho menos una insinuación de las políticas públicas o de las acciones concretas a adoptar por el gobierno o los diversos sectores de la ciudadanía. El objetivo es estimular el estudio de la Doctrina Social y su puesta en práctica.

En la encíclica Centesimus Annus -escrita a dos años de la caída del socialismo en Europa-, Juan Pablo II movido por la solicitud pastoral, propone un análisis de los acontecimientos de la historia reciente y recuerda que esa tarea corresponde a los pastores, puesto que deben considerar con cuidado, los signos de los tiempos para discernir las nuevas exigencias de la evangelización. Pero el mismo Papa aclara que en ese campo no pretende dar juicios definitivos por porque no pertenece al ámbito específico del Magisterio (crf. CA, 3). La autoridad de Magisterio, en cambio, sí está implicada en la enseñanza de los principios y valores permanentes de la Doctrina Social de la Iglesia.

Al ofrecernos una reflexión sobre situaciones y cuestiones de actualidad, el Episcopado Argentino no pretende imponer ni siquiera a los propios fieles una única manera de analizar los problemas del país, y mucho menos un único camino para el compromiso temporal. Pero sí se empeña en que los fieles conozcan la orientación ideal e indispensable que ofrece la Iglesia con su Doctrina Social (cfr. CA, 43), para que bajo su guía desarrollen caminos eficaces con la insustituible ayuda de las ciencias sociales y la experiencia de la propia realidad. Los Obispos quieren estimularnos para que nos comprometamos cada vez más firmemente con la tarea que como cristianos y ciudadanos nos compete en la construcción de una sociedad mejor.

Pero veamos cuáles son esos principios y valores de la Doctrina Social que los Obispos quisieron recordarnos.

El primer principio y fundamento del mensaje social de la Iglesia es la dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios. Sobre esta base se erigen cinco principios que sostienen todo el edificio del Magisterio social, saber: el bien común -conjunto de condiciones para el desarrollo integral de todos-, el destino universal de los bienes -del cual deriva el derecho de propiedad privada-, la subsidiariedad -que previene los abusos de las instancias sociales superiores sobre la persona, la familia y los grupos intermedios-, la participación -como deber de contribuir a la vida cultural, económica, política y social-, y la solidaridad -determinación firme de empeñarse por el bien común-. Los valores fundamentales de la vida social, por otra parte, son también inherentes a la dignidad de la persona y favorecen su desarrollo; ellos son la verdad, la libertad, la justicia y el amor.

Entre los temas propuestos para la reflexión que más comentarios han suscitado, se encuentran sin duda el problema de la falta de trabajo que degrada a amplios sectores del pueblo, y el crecimiento escandaloso de la desigualdad en la distribución del ingreso. Los Obispos creen que para enfrentar el desempleo hacen falta políticas firmes y duraderas cuyo garante sea el Estado.

En cuanto al papel del Estado en el sector de la economía, Juan Pablo II enseña que su misión esencial es garantizar la seguridad de la libertad individual y la propiedad, y también un sistema monetario estable y servicios públicos eficientes. En cuanto al empleo, no es función del Estado asegurar a cada uno un puesto de trabajo, sino más bien secundar la actividad de las empresas creando condiciones que aseguren mayores oportunidades de trabajo. Entendemos que las principales condiciones que debe crear el Estado son las relativas a la seguridad jurídica, "de manera que quien trabaja y produce pueda gozar de los frutos de su trabajo y, por tanto, se sienta estimulado a realizarlo eficiente y honestamente." (cfr. CA, 48) Las condiciones jurídico-institucionales de la Argentina desde hace ya varias décadas no constituyen un estímulo a la inversión de largo plazo en el país y al trabajo eficiente y honesto. Allí tenemos un grave problema que impide permanentemente a millones de argentinos tener la posibilidad de vivir dignamente de su trabajo.

El problema así llamado de la distribución del ingreso tiene relación con la falta de trabajo y con los bajos ingresos que obtienen muchos trabajadores. Mientras personas y sectores diversos de la economía argentina pueden crecer e integrarse al mundo desarrollado, amplios sectores de la población permanecen excluidos, sin trabajo o con un trabajo por el que obtienen una muy baja remuneración. Más allá de la auspiciosa solidaridad voluntaria por la cual muchas personas ayudan a los más necesitados -cosa que para los cristianos es un deber de caridad-, la solución de fondo al problema no es redistribuir lo que se produce quitando al que trabaja el fruto de su trabajo, sino crear condiciones para favorecer la inversión y para que así se multipliquen las oportunidades de trabajo. Sólo un genuino desarrollo económico hará posible el aumento real de los ingresos para los más pobres.

Nuestros Obispos convocan a los laicos con estas palabras,

“Si bien como Pastores somos los garantes de esta Doctrina, les corresponde también a ustedes, queridos fieles laicos, participar en su elaboración, conociendo los postulados ya adquiridos, iluminando con ellos la situación social del País, y, a partir de allí, enunciar fórmulas adecuadas que ayuden a los cristianos y a todo hombre de buena voluntad a actuar en bien de la República, respetada la propia opción temporal, sin esperar consignas de los pastores”.

Haremos bien en atender a ese llamado recordando las palabras de Juan Pablo II:

"La Iglesia no tiene modelos para proponer. Los modelos reales y verdaderamente eficaces pueden nacer solamente de las diversas situaciones históricas, gracias al esfuerzo de todos los responsables que afronten los problemas concretos en todos sus aspectos sociales, económicos, políticos y culturales que se relacionan entre sí." (CA, 43).

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