Una
vez más los Obispos argentinos ofrecieron su palabra
sobre la situación social de la Argentina. Y una vez
más los medios de comunicación mayoritariamente
destacaron los aspectos contingentes y olvidaron los esenciales.
En algunos resúmenes de prensa el documento de los
Obispos -"La Doctrina Social de la Iglesia. Una
luz para reconstruir la Nación" (11-11-05)-
apareció simplemente como un diagnóstico de
unos cuantos problemas del país y como una crítica
al gobierno más o menos velada. Los Obispos, en cambio,
tenían otro objetivo:
"Queremos,
simplemente, mostrar la originalidad de los principios y valores
que sustentan esta Doctrina [la Doctrina Social de la Iglesia],
y proponer a la reflexión algunas situaciones y cuestiones.
Y ello para estimular a todos a estudiar la Doctrina Social
de la Iglesia, analizar con su luz algunos aspectos de la
situación del País, y, en conjunción
con la propia ciencia y experiencia, aplicarla al momento
presente. Y, de este modo, trabajando junto con todos los
hombres de buena voluntad, encontrar caminos concretos que
contribuyan a la reconstrucción del tejido social,
afianzar el sentido de pertenencia a la Nación y acrecentar
la conciencia de ser ciudadanos." (5)
Los
Obispos quieren enseñarnos, como pastores, la originalidad
de los principios y valores de la Doctrina Social de la Iglesia,
tal como los expone el recientemente publicado Compendio
de la Doctrina Social de la Iglesia redactado por el
Pontificio Consejo Justicia y Paz. Al mismo tiempo
nos proponen algunas situaciones y cuestiones de actualidad
para reflexionar. Esta propuesta no pretende ser ni un diagnóstico
exhaustivo de la situación del país, ni el único
válido, ni mucho menos una insinuación de las
políticas públicas o de las acciones concretas
a adoptar por el gobierno o los diversos sectores de la ciudadanía.
El objetivo es estimular el estudio de la Doctrina Social
y su puesta en práctica.
En
la encíclica Centesimus Annus -escrita a dos
años de la caída del socialismo en Europa-,
Juan Pablo II movido por la solicitud pastoral, propone un
análisis de los acontecimientos de la historia reciente
y recuerda que esa tarea corresponde a los pastores, puesto
que deben considerar con cuidado, los signos de los tiempos
para discernir las nuevas exigencias de la evangelización.
Pero el mismo Papa aclara que en ese campo no pretende dar
juicios definitivos por porque no pertenece al ámbito
específico del Magisterio (crf. CA, 3). La autoridad
de Magisterio, en cambio, sí está implicada
en la enseñanza de los principios y valores
permanentes de la Doctrina Social de la Iglesia.
Al
ofrecernos una reflexión sobre situaciones y cuestiones
de actualidad, el Episcopado Argentino no pretende imponer
ni siquiera a los propios fieles una única manera de
analizar los problemas del país, y mucho menos un único
camino para el compromiso temporal. Pero sí se empeña
en que los fieles conozcan la orientación ideal
e indispensable que ofrece la Iglesia con su Doctrina
Social (cfr. CA, 43), para que bajo su guía desarrollen
caminos eficaces con la insustituible ayuda de las ciencias
sociales y la experiencia de la propia realidad. Los Obispos
quieren estimularnos para que nos comprometamos cada vez más
firmemente con la tarea que como cristianos y ciudadanos nos
compete en la construcción de una sociedad mejor.
Pero
veamos cuáles son esos principios y valores de la Doctrina
Social que los Obispos quisieron recordarnos.
El
primer principio y fundamento del mensaje social de la Iglesia
es la dignidad de la persona humana, creada a imagen
y semejanza de Dios. Sobre esta base se erigen cinco principios
que sostienen todo el edificio del Magisterio social, saber:
el bien común -conjunto de condiciones para
el desarrollo integral de todos-, el destino universal
de los bienes -del cual deriva el derecho de propiedad
privada-, la subsidiariedad -que previene los abusos
de las instancias sociales superiores sobre la persona, la
familia y los grupos intermedios-, la participación
-como deber de contribuir a la vida cultural, económica,
política y social-, y la solidaridad -determinación
firme de empeñarse por el bien común-. Los valores
fundamentales de la vida social, por otra parte, son también
inherentes a la dignidad de la persona y favorecen su desarrollo;
ellos son la verdad, la libertad, la justicia
y el amor.
Entre
los temas propuestos para la reflexión que más
comentarios han suscitado, se encuentran sin duda el problema
de la falta de trabajo que degrada a amplios sectores del
pueblo, y el crecimiento escandaloso de la desigualdad en
la distribución del ingreso. Los Obispos creen que
para enfrentar el desempleo hacen falta políticas firmes
y duraderas cuyo garante sea el Estado.
En
cuanto al papel del Estado en el sector de la economía,
Juan Pablo II enseña que su misión esencial
es garantizar la seguridad de la libertad individual
y la propiedad, y también un sistema monetario
estable y servicios públicos eficientes. En cuanto
al empleo, no es función del Estado asegurar a cada
uno un puesto de trabajo, sino más bien secundar la
actividad de las empresas creando condiciones que aseguren
mayores oportunidades de trabajo. Entendemos que las principales
condiciones que debe crear el Estado son las relativas a la
seguridad jurídica, "de manera que quien trabaja
y produce pueda gozar de los frutos de su trabajo y, por tanto,
se sienta estimulado a realizarlo eficiente y honestamente."
(cfr. CA, 48) Las condiciones jurídico-institucionales
de la Argentina desde hace ya varias décadas no constituyen
un estímulo a la inversión de largo plazo en
el país y al trabajo eficiente y honesto. Allí
tenemos un grave problema que impide permanentemente a millones
de argentinos tener la posibilidad de vivir dignamente de
su trabajo.
El
problema así llamado de la distribución del
ingreso tiene relación con la falta de trabajo y con
los bajos ingresos que obtienen muchos trabajadores. Mientras
personas y sectores diversos de la economía argentina
pueden crecer e integrarse al mundo desarrollado, amplios
sectores de la población permanecen excluidos, sin
trabajo o con un trabajo por el que obtienen una muy baja
remuneración. Más allá de la auspiciosa
solidaridad voluntaria por la cual muchas personas ayudan
a los más necesitados -cosa que para los cristianos
es un deber de caridad-, la solución de fondo al problema
no es redistribuir lo que se produce quitando al que trabaja
el fruto de su trabajo, sino crear condiciones para favorecer
la inversión y para que así se multipliquen
las oportunidades de trabajo. Sólo un genuino desarrollo
económico hará posible el aumento real de los
ingresos para los más pobres.
Nuestros
Obispos convocan a los laicos con estas palabras,
“Si
bien como Pastores somos los garantes de esta Doctrina, les
corresponde también a ustedes, queridos fieles laicos,
participar en su elaboración, conociendo los postulados
ya adquiridos, iluminando con ellos la situación social
del País, y, a partir de allí, enunciar fórmulas
adecuadas que ayuden a los cristianos y a todo hombre de buena
voluntad a actuar en bien de la República, respetada
la propia opción temporal, sin esperar consignas de
los pastores”.
Haremos
bien en atender a ese llamado recordando las palabras de Juan
Pablo II:
"La
Iglesia no tiene modelos para proponer. Los modelos reales
y verdaderamente eficaces pueden nacer solamente de las diversas
situaciones históricas, gracias al esfuerzo de todos
los responsables que afronten los problemas concretos en todos
sus aspectos sociales, económicos, políticos
y culturales que se relacionan entre sí."
(CA, 43).
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