Comentario del mes
 


Comentario a "Deus Caritas Est"
por Gabriel Zanotti

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Dice José María Escrivá de Balaguer (hoy San José María) que cuanto él era niño trabajaba en su casa una señora que tenía un cuento tan bueno, que todos se le acercaban y le pedían que les contara “el” cuento. Bien, concluye Escrivá de Balaguer, así es el cristianismo: es como un relato que se repite, tan importante, tan fundamental, que siempre es nuevo.

Creo que esto puede servir de introducción para explicar el sentido de una encíclica que nos dice –de la mano de un Papa cuyo oficio de teólogo se advierte en cada línea- que Dios es amor. Algunos esperaban algo “nuevo”, y, efectivamente, no lo encontraron; otros se afanaron por encontrar algo “nuevo”, como si pudiera hacerlo, más allá del personal horizonte del que la escribe, que ahora ha pasado a ser parte del patrimonio universal de la Iglesia, pues J. Ratzinger, de oficio teólogo, ahora oficia de Sumo Pontífice.

De todos modos, cabe reconocer que el cristiano frecuentemente olvida su identidad. Preocupado por cosas buenas, como la política, la economía, el destino de este mundo, puede percibir como nuevo al mensaje de siempre. El cristianismo puede y debe iluminar todo lo humano, pero no debe dejarse absorber por lo humano. Esto sucede muchas veces, no en el cristianismo como mensaje de Cristo, pero sí en el cristiano que desdibuja el mensaje y se presenta ante el mundo como una ideología más, como un partido más, como un grupo más de presión. La confusión es doble: del cristiano, que pierde su identidad, y del no cristiano, quien claramente pregunta, ¿pero quieren ustedes gobernar el mundo?

Antes que gobernar el mundo, el cristiano debería preocuparse más por su vida interior, y para ello, esta encíclica dice otra vez lo de siempre: el abandono del yo del hombre viejo, el hombre del pecado, para ya no ser él, sino Cristo. El abandono de sí, la donación de sí mismo, totalmente, a Dios, para encontrar, sólo de ese modo, la plenitud del propio ser. La esencia última de la vida interior, tal como enseñó San Agustín, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Edith Stein, y tantos otros grandes místicos que explicaron como pudieron, con el lenguaje humano, el misterio de la vida de la Gracia. Y en medio de ellos, Santo Tomás de Aquino, sistematizando la armonía de razón y fe que da luz al “rayo de tinieblas”: en lo humano, lo finito sólo alcanza en Dios infinito su plenitud (I-II, Q. 2 a. 8c).

En medio de todo esto, cabe destacar algunos puntos de este recordatorio:

a) Con el cristianismo, la noción de “prójimo” pasa a una universalidad absoluta. Pero “amor a la humanidad”, sino a cada persona. El amor al prójimo es universal y concreto a la vez (nro. 15). Como dice Edith Stein: “para el cristiano no hay extraños”.

b) La caridad (en tanto amor a Dios que se expresa en el amor al prójimo) nunca es un medio de proselitismo. No hay marketing o plan de ventas en el cristianismo. Jamás se debe utilizar al amor al otro como un medio para “ganarlo para sí”, so pena de prostituir ese amor y desdibujarlo precisamente ante el otro a quien se quiere amar. La desesperación proselitista de muchos cristianos es anticristiana: “....El cristiano sabe cuándo es el tiempo de hablar de Dios y cuándo es oportuno callar sobre él, dejando que hable sólo el amor” (nro. 31,c). Esto no se entiende si nos regimos sólo por una razón instrumental y calculante, que ante cada cosa pregunta “cómo se hace”; “cuándo”; “cuál es la norma”, y pretende tener evaluaciones de ganancia y calidad de producto. El cristiano aplica ese tipo de razón cuando es necesario, pero su caridad es otra cosa: deriva de un abandono al misterio de Dios.

c) La caridad no se ejerce desde la superioridad personal hacia el otro (nro. 35), sino desde la posición humilde del que sirve como instrumento. El cristiano es un ex -presidiario, que ha sido sacado gratuitamente de la cárcel de su pecado por la sangre derramada por Cristo. Ante esa vivencia de la Gracia, ¿quién puede caer en la soberbia de sentirse superior? Sólo aquel, precisamente, que ha olvidado su cristianismo. Que el Papa se lo recuerde, una y otra vez (“el” cuento) no está precisamente de más...

d) Finalmente, la paz interior, fruto de la unión con Cristo, frente a este mundo (nros. 36 en adelante). Las ideologías, que ponen toda su esperanza en este mundo, en un futuro liberado para siempre de los males del pecado (ilusión del iluminismo) comienzan primero en nerviosismo, y terminan en fanatismo y en violencia. Los cristianos ya sabemos la tragedia de la politización de nuestra fe, ya de derechas o de izquierdas: es perder la fe, es haberla confundido con un proyecto temporal y haber olvidado el abandono y la confianza en Dios. Vivir en la Gracia, en cambio, es liberarse de la “tentación de desaliento” (nro. 35). Quien se sabe instrumento de Dios “...se liberará así de la presunción de tener que mejorar el mundo –algo siempre necesario- en primera persona y por sí solo” (idem). Este es un mensaje, también, contra un activismo desenfrenado que quita el valor de la contemplación y de la vida interior. En efecto, ¿para qué sirve “hacer algo” si no sabemos quiénes somos? ¿Qué hace la araña, sino tejer su tela? ¿Qué hace el árbol, sino dar su sombra? ¿Y qué hace el cristiano, sino amar al prójimo desde Dios? Pero eso lo “hace” el cristiano (Marta) cuando sabe quién es (María)...

Ante todo esto, muchos comentaristas pusieron todas sus expectativas en la relación que el Papa establece entre fe y justicia (nros. 26-29) tratando de ver el aspecto “social” de la encíclica, siempre buscado obsesivamente cuando sale alguna. El Papa utiliza dos palabritas que resumen siglos (y no sólo el Vaticano II) de pensamiento católico al respecto: en el orden social, la tarea de la Iglesia es mediata (nro 29), por cuanto su misión específica, y de ese modo, inmediata, es la conversión del corazón y, de ese modo, fomentar, si, la búsqueda de la justicia. Y quienes tienen inmediatamente el deber de concretar esa búsqueda, proponiendo, por medio de su prudencia, soluciones personales y opinables, son los fieles laicos.

Yo no tengo más remedio que opinar –también como laico- que lamentablemente, aún después de 40 años del Vaticano II, estas distinciones, en la praxis cotidiana de jerarquía y laicos, no son más que meras palabras cansinas y vacías. Que el Papa haya recordado estas distinciones, en medio del eje central del mensaje de la Iglesia (Dios es amor) es, evidentemente, un signo de esperanza. Esperanza, en cuando a la vivencia de estas cuestiones en nuestra praxis como cristianos. Porque la esperanza en la Iglesia, como cuerpo Místico de Cristo, no es necesaria, de igual modo que un niño, que está en la casa del padre, no espera: está adentro.

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