Dice
José María Escrivá de Balaguer (hoy San
José María) que cuanto él era niño
trabajaba en su casa una señora que tenía un
cuento tan bueno, que todos se le acercaban y le pedían
que les contara “el” cuento. Bien, concluye Escrivá
de Balaguer, así es el cristianismo: es como un relato
que se repite, tan importante, tan fundamental, que siempre
es nuevo.
Creo
que esto puede servir de introducción para explicar
el sentido de una encíclica que nos dice –de
la mano de un Papa cuyo oficio de teólogo se advierte
en cada línea- que Dios es amor. Algunos esperaban
algo “nuevo”, y, efectivamente, no lo encontraron;
otros se afanaron por encontrar algo “nuevo”,
como si pudiera hacerlo, más allá del personal
horizonte del que la escribe, que ahora ha pasado a ser parte
del patrimonio universal de la Iglesia, pues J. Ratzinger,
de oficio teólogo, ahora oficia de Sumo Pontífice.
De
todos modos, cabe reconocer que el cristiano frecuentemente
olvida su identidad. Preocupado por cosas buenas, como la
política, la economía, el destino de este mundo,
puede percibir como nuevo al mensaje de siempre. El cristianismo
puede y debe iluminar todo lo humano, pero no debe dejarse
absorber por lo humano. Esto sucede muchas veces, no en el
cristianismo como mensaje de Cristo, pero sí en el
cristiano que desdibuja el mensaje y se presenta ante el mundo
como una ideología más, como un partido más,
como un grupo más de presión. La confusión
es doble: del cristiano, que pierde su identidad, y del no
cristiano, quien claramente pregunta, ¿pero quieren
ustedes gobernar el mundo?
Antes
que gobernar el mundo, el cristiano debería preocuparse
más por su vida interior, y para ello, esta encíclica
dice otra vez lo de siempre: el abandono del yo del hombre
viejo, el hombre del pecado, para ya no ser él, sino
Cristo. El abandono de sí, la donación de sí
mismo, totalmente, a Dios, para encontrar, sólo de
ese modo, la plenitud del propio ser. La esencia última
de la vida interior, tal como enseñó San Agustín,
San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Edith Stein, y tantos otros
grandes místicos que explicaron como pudieron, con
el lenguaje humano, el misterio de la vida de la Gracia. Y
en medio de ellos, Santo Tomás de Aquino, sistematizando
la armonía de razón y fe que da luz al “rayo
de tinieblas”: en lo humano, lo finito sólo alcanza
en Dios infinito su plenitud (I-II, Q. 2 a. 8c).
En
medio de todo esto, cabe destacar algunos puntos de este recordatorio:
a)
Con el cristianismo, la noción de “prójimo”
pasa a una universalidad absoluta. Pero “amor a la humanidad”,
sino a cada persona. El amor al prójimo es universal
y concreto a la vez (nro. 15). Como dice Edith Stein: “para
el cristiano no hay extraños”.
b)
La caridad (en tanto amor a Dios que se expresa en el amor
al prójimo) nunca es un medio de proselitismo. No hay
marketing o plan de ventas en el cristianismo. Jamás
se debe utilizar al amor al otro como un medio para “ganarlo
para sí”, so pena de prostituir ese amor y desdibujarlo
precisamente ante el otro a quien se quiere amar. La desesperación
proselitista de muchos cristianos es anticristiana: “....El
cristiano sabe cuándo es el tiempo de hablar de Dios
y cuándo es oportuno callar sobre él, dejando
que hable sólo el amor” (nro. 31,c). Esto no
se entiende si nos regimos sólo por una razón
instrumental y calculante, que ante cada cosa pregunta “cómo
se hace”; “cuándo”; “cuál
es la norma”, y pretende tener evaluaciones de ganancia
y calidad de producto. El cristiano aplica ese tipo de razón
cuando es necesario, pero su caridad es otra cosa: deriva
de un abandono al misterio de Dios.
c)
La caridad no se ejerce desde la superioridad personal hacia
el otro (nro. 35), sino desde la posición humilde del
que sirve como instrumento. El cristiano es un ex -presidiario,
que ha sido sacado gratuitamente de la cárcel de su
pecado por la sangre derramada por Cristo. Ante esa vivencia
de la Gracia, ¿quién puede caer en la soberbia
de sentirse superior? Sólo aquel, precisamente, que
ha olvidado su cristianismo. Que el Papa se lo recuerde, una
y otra vez (“el” cuento) no está precisamente
de más...
d)
Finalmente, la paz interior, fruto de la unión con
Cristo, frente a este mundo (nros. 36 en adelante). Las ideologías,
que ponen toda su esperanza en este mundo, en un futuro liberado
para siempre de los males del pecado (ilusión del iluminismo)
comienzan primero en nerviosismo, y terminan en fanatismo
y en violencia. Los cristianos ya sabemos la tragedia de la
politización de nuestra fe, ya de derechas o de izquierdas:
es perder la fe, es haberla confundido con un proyecto temporal
y haber olvidado el abandono y la confianza en Dios. Vivir
en la Gracia, en cambio, es liberarse de la “tentación
de desaliento” (nro. 35). Quien se sabe instrumento
de Dios “...se liberará así de la presunción
de tener que mejorar el mundo –algo siempre necesario-
en primera persona y por sí solo” (idem). Este
es un mensaje, también, contra un activismo desenfrenado
que quita el valor de la contemplación y de la vida
interior. En efecto, ¿para qué sirve “hacer
algo” si no sabemos quiénes somos? ¿Qué
hace la araña, sino tejer su tela? ¿Qué
hace el árbol, sino dar su sombra? ¿Y qué
hace el cristiano, sino amar al prójimo desde Dios?
Pero eso lo “hace” el cristiano (Marta) cuando
sabe quién es (María)...
Ante
todo esto, muchos comentaristas pusieron todas sus expectativas
en la relación que el Papa establece entre fe y justicia
(nros. 26-29) tratando de ver el aspecto “social”
de la encíclica, siempre buscado obsesivamente cuando
sale alguna. El Papa utiliza dos palabritas que resumen siglos
(y no sólo el Vaticano II) de pensamiento católico
al respecto: en el orden social, la tarea de la Iglesia es
mediata (nro 29), por cuanto su misión específica,
y de ese modo, inmediata, es la conversión del corazón
y, de ese modo, fomentar, si, la búsqueda de la justicia.
Y quienes tienen inmediatamente el deber de concretar esa
búsqueda, proponiendo, por medio de su prudencia, soluciones
personales y opinables, son los fieles laicos.
Yo
no tengo más remedio que opinar –también
como laico- que lamentablemente, aún después
de 40 años del Vaticano II, estas distinciones, en
la praxis cotidiana de jerarquía y laicos, no son más
que meras palabras cansinas y vacías. Que el Papa haya
recordado estas distinciones, en medio del eje central del
mensaje de la Iglesia (Dios es amor) es, evidentemente, un
signo de esperanza. Esperanza, en cuando a la vivencia de
estas cuestiones en nuestra praxis como cristianos. Porque
la esperanza en la Iglesia, como cuerpo Místico de
Cristo, no es necesaria, de igual modo que un niño,
que está en la casa del padre, no espera: está
adentro.
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